GUERRA DE LAS ALPUJARRAS, POR
LUIS DEL MÁRMOL CARVAJAL
Cuando uno lee la obra escrita
por el granadino Luis del Mármol Carvajal, impenitente viajero y gran conocedor
de la cultura de Occidente y Oriente entre los años 1568 y 1600, sobre la
rebelión de los moriscos en Granada, particularmente en el Albayzín y en la
Alpujarra, que volviera a ser editada como Historia
del Rebelion y Castigo de los Moriscos del Reyno de Granada en Madrid, en
la imprenta de Sancha allá por el año de MDCCXCVII, en el castellano que
entonces se hablaba, se percata que el paisano granadino fue contemporáneo de
esos hechos, que tuvieron lugar entre 1568 y 1571, con estallido inicial un día
de Navidad, durante el reinado de Felipe II, en clara protesta contra la
Pragmática Sanción real de 1567, que limitaba las libertades culturales de esta
población y les forzaba decididamente a abandonar sus ritos, sus costumbres, su
lengua, su hábito, sus libros como todo su pasado, de manera a verse inmersos
en el costumbrismo de los nuevos pobladores católicos que, aún desde la
conquista por los RRCC, incluso bajo el mandato de Carlos V y su hija Juana la
Loca, a pesar de los bautismos forzados o interesados, una enorme población de
Granada, parte de Málaga y la Alpujarra, es decir los últimos reductos de los
nazaríes, seguían rezando a Alah, escribían y hablaban el árabe, se vestían al
modo musulmán, aun cuando fueran a misa y quisieran pasar por conversos.
Los principales actores de esta
guerra fueron del lado granadino Aben Haboo, Aben Humeya, originario de Válor y
conocido como Hernando, Farax Aben Farax. El primero como el traidor que
asesinara a Aben Humeye y Farax como Aben Humeya, los líderes de esa rebelión
que estalló una noche de Navidad en el pueblo de Béznar, en el valle de Lecrín,
mientras que por parte real y militar, lo harían el Marquez de Mondéjar, su
hijo el conde de Tendilla y el Marqués de los Velez, intentando que el Albayzín
también se sublevara en la misma ciudad de Granada, hecho éste que no logaron
los insurgentes, mayormente monfíes o
bandoleros moriscos que acostumbraban a asaltar a los viajeros.
La crueldad de los moriscos,
quemando iglesias, asesinando a sacerdotes y cristianos, del modo más brutal e
inhumano, hizo que Felipe II terminara levantando un ejército a cuyo frente
puso a su mismo hermanastro, don Juan de Austria, el vencedor de Lepanto y que
hallaría la muerte delante de la ciudadela de Namur, para poner fin a lo que
lograban desde el gobierno de la Alhambra ni desde la Cancillería, pues las
disputas por el mando, como el modo de dirigir la reconquista del territorio
alzado, así como el mismo modo vengativo de las fuerzas reales, hicieron que
estos hechos se prolongaran, además de lo escarpado del territorio.
Los moriscos, es decir la
población descendiente de los musulmanes que un día poblaran y ocuparan Granada
y su reino, eran un reducto de habitantes concentrados en el Albayzín y por las
Alpujarras, razón de los estallidos y batallas que hubo en sitios como Almería,
Adra, Frigiliana, están, Guadix, Baza, galera, Purchena, Albox, Berja, Dalías,
Ugíjar, Örgiva, Los Guájares, Juviles, Cádiar, Laujar, Poqueira, Beznar, entre
las localidades más conocidas.
Los derrotados fueron vendidos
como esclavos o dispersos en amplias zonas de Castilla o la misma Galicia,
perdiéndose una población con un gran conocimiento agrícola, sobre todo en el
campo de la seda y los telares, además de la ruina que en todas esas comarcas
donde el incendio, los asesinatos, el pillaje, se llevaron a cabo, con muestras
de barbarie insospechadas, es otra de las tragedias de España, nada fácil de
entender en el siglo XXI, pero que en aquella época de enfrentamiento entre el
Cristianismo y la Media Luna, o entre Occidente y Oriente, o entre el Imperio
español y los Otomanos en el Mediterráneo tenía su propia lógica y comprensión.
Detallado libro sobre los
avances, muertes y lugares de esa bella Granada que aún en este siglo XXI,
tanto en el Albayzín como en la misma Alpujarra, conservan un cierto recuerdo
amargo a tanta incomprensión religiosa y cultural en unos parajes de una
belleza sobrecogedora, que hoy son lugares turísticos, pero que ayer tuvieron
un ajetreado pasado.

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