domingo, 15 de diciembre de 2024

 


LOS CUATRO PRESIDENTES DE UNA REPÚBLICA EFÍMERA

Para aquellos españoles que no quieren que el pretérito se convierta dentro del presente en una triste realidad, como para aquellos otros que poco hayan oído hablar de estos personajes, valga este humilde recuerdo de un siglo XIX aciago para España, pues la pérdida de sus colonias como la última derrota de 1898 en Santiago de Cuba y la pérdida de las Filipinas y el resto de posesiones de Asia como de Puerto Rico y Cuba, antes el resto de América,  no fueron los únicos hechos noticiables de un siglo enormemente convulso de progresiva decadencia para España que intentó, allá por 1873, en una República, recomponer el desbarajuste político que hasta entonces sufría una nación bajo la égida monárquica.

La huida de Amadeo I, como el asesinato de su patrocinador, el capitán  general Prim y las continuas disputas en todo el territorio nacional, lo mismo que en las colonias, forzaron la aparición a cuatro eminentes intelectuales y políticos, amén de grandes oradores, que se encaramaron en los bancos de las Cortes para tomar las riendas de España a modo de República.

Cuatro fueron estos actores que se subieron al estrado de Las Cortes y se propusieron enderezar de otro modo los destinos de los españoles de entonces, bajo las reglas de la Constitución de 1869, que no establecía el Poder moderador, dejando que los diputados eligieran el presidente del Consejo y los Ministros, no existía la Presidencia de la República;  estos fueron: Figueras, Pi y Margall, Salmerón y Castelar.

Los cuatro fueron bendecidos por una gran elocuencia parlamentaria, una brillante cultura, enorme talento y superior moralidad, aunque como gobernantes se estrellaron, ya que el acierto no les acompañó.

Al comenzar la sesión de las Cortes del 11 de febrero de 1873, a las tres de la tarde, Ruíz Zorrilla, primer ministro, presentaba la carta de dimisión de don Amadeo I, dándose cuenta de inmediato Figueras como toda aquella mayoría de diputados monárquicos que poblaban las gradas del Congreso, que la Monarquía estaba perdida, y que se devolvía a las Cortes españolas la integridad de la soberanía y la autoridad, por lo que el Congreso y el Senado, ambos cuerpos colegisladores y representantes de la Soberanía Nacional, aprobaron por unanimidad tomar las riendas del gobierno, entonces ausente del banco azul, por lo que dos tercios elegidos como monárquicos y el resto de diputados y senadores se constituían de inmediato en Asamblea nacional y proclamaban la República, con 258 votos a favor y 32 en contra, siendo proclamado su Poder Ejecutivo en las personas de:

Presidente, Figueras.

Estado (Asuntos Exteriores, hoy), Castelar

Gobernación (Ministerio del Interior, hoy), Pi y Margall

Gracia y Justicia, Nicolás Salmerón

Hacienda, Echegaray

Guerra (Ministerio de la Defensa, hoy), Córdoba

Marina, Beránger

Fomento, Becerra

Ultramar, Francisco Salmerón (hermano de don Nicolás Salmerón)

 


Figueras, don Estanislao Figueras y Moragas, quizás fuera el menos notorio de las tres figuras que ostentarían el poder republicano, era un catalán de pura cepa, estudiante en la Universidad de Barcelona y abogado en Madrid. Era estimado por su gran bondad, como también algo denostado por el gran dominio que sobre él ejercía su esposa, muy beata. Dominaba perfectamente el habla castellana con un deje en su pronunciación del catalán. Aun cuando en las Constituyentes fue uno de los 21 diputados que votaron contra la Monarquía, sin embargo protestó enérgicamente contra el intento frustrado de regicidio del cura Merino contra Isabel II. Participó en los hechos revolucionarios de 1866 y 1868, por lo que fue encarcelado y sufrió destierro, con el triunfo de la Revolución se hizo un fervoroso e impenitente republicano.

Los diarios de la época cuentan que en la sesión en que se debatiría el advenimiento de la República, que duró cerca de 50 horas,fue uno de los principales animadores, por lo que sería elegido su presidente.

 

Quince días escasos duró el primer Gabinete de la República, ya que la disputa entre republicanos y radicales era extrema, razón primordial de que no arraigara la República como de su débil raíz, pues estaba cimentada sobre el despecho de los monárquicos (algo así ocurriría de nuevo en 1931).

 

Harto de las disputas, una crisis ministerial anterior,  la falta de entendimiento, la presión extraordinaria de la calle en toda España, como la pérdida de su esposa, sin hijos  y la única compañera de su vida, sin previo aviso y tras un paseo por el Retiro, en Atocha tomó un tren que le llevaría directamente a París, sin que nadie supiera de su partida y terminara la trayectoria presidencial de este hombre, cansado e incapaz de evitar la deplorable situación social, política y de guerra civil que se vivía.

 

Le sucedería otro catalán, don Francisco Pi y Margall, cuando por todas partes se escuchaban gritos de muerte contra la unidad nacional, la propiedad, la autoridad, la familia, la Iglesia y Cataluña, además, se insubordinaba, mientras la indisciplina del Ejército se apoderaba de los soldados contra sus Jefes, gritándoles en los cuarteles “que bailen”, y los Carlistas se levantaban también en Cataluña. Dos asesinatos hechos por la tropa sobre dos militares que luchaban contra los Carlistas: Cabrineti y Martínez Llagostera, presagiaban lo peor para España.

 

Este barcelonés, de familia humilde, fue siempre un brillante estudiante de los Escolapios como luego en la Universidad, conocedor del latín, el griego, el francés, el inglés y el italiano, aunque estos últimos no los hablara con la misma facilidad que era capaz de hacerlo en la lengua del Lacio como en la de Aristóteles. Fue siempre un hombre tenaz, superior a Figueras, doctor por la Universidad de Madrid en Derecho, con un una maestría insuperable en la lengua castellana y autor de libros de excelente ejecutoria y observación, como el de Recuerdos y bellezas de España, con un referente a Granada de una profunda investigación y cuidado.

 

Su pensamiento, por su convencimiento filosófico, era de íntimo sentido panteísta y en política era el principal abanderado del Estado Federal, como también admirador de la obra de Proudhon.

 

Cuando se debatía sobre la reforma arancelaria, se mostró contrario al librecambio y protector a ultranza de la industria catalana, aunque fuera perjudicial para la economía y el avance de otras regiones españolas.

 

Manifestó que: el catolicismo había muerto en la conciencia de la humanidad y en la conciencia del pueblo español, adelantándose así a Azaña, cuando dijo que España ha dejado de ser católica, esto ya sería años más tarde y en otra frustrada y sangrienta IIª República.



Su ministerio fue el siguiente:

Francisco Pi y Margall, Presidencia y Gobernación

Nicolás Estévanez, Guerra

José Cristóbal Sorní, Ultramar

José López Salgado, Estado

Federico Aurich, Marina

José Fernando González, Gracia y Justicia

Teodoro Ladico y Fon,  Hacienda

Eduardo Benot, Fomento

 

Los gabinetes ministeriales se sucedieron, ya que no contaban con la aprobación del resto de la Cámara, ni él tampoco había podido hacerse acompañar de sus amigos, mientras las escenas sangrientas de Alcoy, Sevilla, Málaga, Cádiz y Córdoba, le hicieron comprender que necesitaba poderes dictatoriales,  además los cantonales se hacían fuertes en Cartagena y en Alcoy el alcalde Albor era asesinado y las turbas lo arrastraban por las calles del pueblo.

 

Desesperado, e incapaz de poner fin a la barbarie y guerra civil que ardía por todos los costados de tan frágil Estado, terminó por abdicar de su cargo, declarando: En épocas bien recientes, así la administración como la política, ha sido un mar revuelto, donde han naufragado por cientos los funcionarios públicos . Se han creado multitud de plazas sólo para corresponder a servicios políticos y domésticos y satisfacer hambrientos. Gente inepta ha escalado los más altos destinos (Lo que en 2024 hace el PSOE en España con el liderazgo de Pedro Sánchez y su camarilla). El Estado ha sido pasto de fieras, merienda de negros”.

 

Nicolás Salmerón Alonso, abogado destacado, catedrático de Filosofía en la Universidad Central, este almeriense originario de Alhama la Seca, en cuanto resignó su poder Pi y Margall y él se hacía cargo de la República, se impuso derrotar el movimiento cantonal y la guerra civil, por lo que llamó a filas a ochenta mil reclutas, atacó a la escuadra pirata del cantón de Cartagena, a las órdenes del general Contreras, que para proveerse de recursos bombardeaba Almería y Alicante, designó a generales monárquicos como Martínez Campos y Pavía, quien después le daría la puntilla a la República, para reducir el cantobalismo en Valencia y Andalucía.

 

La indisciplina del ejército aún seguía candente, como los principios de Salmerón que tiempo antes había jurado su oposición a la pena de muerte y a la gracia del indulto, por lo que cuando en Barcelona la justicia militar sentenciaba a ocho soldados a ser pasados por las armas, por traidores, condenados por delitos de sedición e inobediencia,  presentaba su dimisión. Se exiliaría en París y a su regreso, en las Cortes de la Restauración, declaró su inquina a la Regente doña María Cristina y colaboró en el movimiento catalanista que se iniciaba en 1917 bajo el nombre de Solidaridad y la dirección de Francisco Cambó.

 

No fue la política lo que más le sedujera, a pesar de su larga actuación, él mismo dirá: Los altos cargos a  que en ella llegué no los considero serios motivos de seducción, apenas como medio para demostrar cómo se debe vivir para buscar la estimación propia. La filosofía es lo que profeso, lo que yo puedo ofrecer como fruto más preciado y esto es en suma, aquello con lo cual, cuando me toque la hora de declinar mi cuerpo a la madre tierra, yo podré pedir a las gentes un recuerdo, si no eterno, porque nada hay eterno en lo humano, al menos respetuoso.

 

Emilio Castelar y Ripoll, famoso por su elocuencia, fue el que más descolló de los cuatro, siendo quizás la figura cumbre de la segunda mitad del siglo XIX junto a Cánovas del Castillo.

Nacido en Cádiz y enamorado de San Pedro del Pinatar (Alicante), era famoso por su verbo selecto, su pureza, su fantasía desbordante y su prodigiosa memoria, además de un improvisador y polemista sin igual.

 

Además de la política, el periodismo fue otra de sus pasiones. Era también catedrático de Historia de España en la Universidad Central. Sintió una viva aversión por los Borbones, aunque se rindió a Alfonso XIII, independientemente de su persistente espíritu conspirador.

 

Tomó el poder de la República con un grupo de leales.

 

Emilio Castelar Ripoll, presidente

José Carvajal, Estado

Del Río, Ministro de Gracia y Justicia

Contralmirante Oreiro, Marina

Pedregal, Hacienda

Maisonave, Gobernación

Gil Vergés, Fomento

El catalán Soler y Pla, Ultramar

General Sánchez Bregua, Guerra

 

Sus primeras palabras fueron para poner de relieve que la política no era nada sin el orden, la autoridad y el gobierno.

 

De los ocho condenados a muerte, que esperaban en capilla, tras el abandono de Salmerón por ello, dos fueron fusilados, el sargento González y el soldado Carlos Pérez, lo que puso fin a la indisciplina y la falta de autoridad de los jefes militares. El cuerpo de artilleros era rehabilitado y en el caso del Virginius, un barco norteamericano que llevaba de contrabando armas a los rebeldes cubanos y que fuera apresado, transigió con el gobierno de Washington para devolver a los apresados, evitando así un inminente enfrentamiento bélico con los Estados Unidos, que, sin embargo, en 1868 éstos, con el impulso de Pulitzer y el magnate de la prensa Randolph Hearst, tras el hundimiento del acorazo Maine.

 

Y pronto la ofensiva contra Castelar en la Cámara empezó a mellar la decidida voluntad de don Emilio, pues veía que la conspiración contra su mandato crecía y el voto de gracias que había presentado exponiendo la gestión de su gabinete ministerial, de inmediato se vio que solo había un interés partidista y que fracasaría, por lo que presentó su renuncia y mientras en el Congreso de Diputados se dirimía la elección de un nuevo presidente, las cartas en los cuartos de banderas del Ejército estaban echadas, no lejos de allí, en el palacio de Buenavista, donde poco ha habían velado el cadáver de Prim, el vencedor de Castillejos, Pavía subía a su corcel y en compañía de la Guardia Civil entraban por los pasillos de las Cortes, poniendo fin a la primera e inoperante Primera república española, que en Sagunto, con Martínez Campos a la cabeza y en Madrid con el malagueño  Cánovas del Castillo, volvería a traer la Monarquía a España, en la persona del hijo de la defenestrada Isabel II, don Alfonso XII.

 

Fue un día de intenso frío, típico de Madrid, aquel 2 de enero de 1874, cuando lo acontecido en el Congreso llegaba a todos los rincones de la capital y los ciudadanos eufóricos salieron a pasear por el paseo del Prado, contentos de que aquel enjambre de incapaces políticos perdieran sus privilegios y su incompetencia.

 

Cuando a Castelar le preguntaban qué había pasado para que no se asentara la República en España,  dirá: La triste realidad ¿cuál es?...Que España no es un pueblo republicano…

 

Todo había empezado un 11 de febrero de 1873 y concluía con la entrada de Pavía, mientras los diputados evacuaban el edificio al oír unos pocos disparos al techo en los pasillos, en un nuevo régimen dispuesto a poner fin a la guerra Carlista y a derrotar la locura del cantón de Cartagena. Quedaba latente el conflicto de Cuba y en Filipinas, el endeudamiento del país, la pobreza armamentística y la ruina general de la nación tras las guerras con los carlistas, el gasto para sostener un poder colonial que lastraba la economía española y unas infraestructuras decadentes.

 

 

 

 

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario