LOS CUATRO PRESIDENTES DE UNA
REPÚBLICA EFÍMERA
Para aquellos españoles que no
quieren que el pretérito se convierta dentro del presente en una triste
realidad, como para aquellos otros que poco hayan oído hablar de estos
personajes, valga este humilde recuerdo de un siglo XIX aciago para España,
pues la pérdida de sus colonias como la última derrota de 1898 en Santiago de
Cuba y la pérdida de las Filipinas y el resto de posesiones de Asia como de
Puerto Rico y Cuba, antes el resto de América,
no fueron los únicos hechos noticiables de un siglo enormemente convulso
de progresiva decadencia para España que intentó, allá por 1873, en una
República, recomponer el desbarajuste político que hasta entonces sufría una
nación bajo la égida monárquica.
La huida de Amadeo I, como el
asesinato de su patrocinador, el capitán
general Prim y las continuas disputas en todo el territorio nacional, lo
mismo que en las colonias, forzaron la aparición a cuatro eminentes
intelectuales y políticos, amén de grandes oradores, que se encaramaron en los
bancos de las Cortes para tomar las riendas de España a modo de República.
Cuatro fueron estos actores que
se subieron al estrado de Las Cortes y se propusieron enderezar de otro modo
los destinos de los españoles de entonces, bajo las reglas de la Constitución
de 1869, que no establecía el Poder moderador, dejando que los diputados
eligieran el presidente del Consejo y los Ministros, no existía la Presidencia
de la República; estos fueron: Figueras,
Pi y Margall, Salmerón y Castelar.
Los cuatro fueron bendecidos por
una gran elocuencia parlamentaria, una brillante cultura, enorme talento y
superior moralidad, aunque como gobernantes se estrellaron, ya que el acierto
no les acompañó.
Al comenzar la sesión de las
Cortes del 11 de febrero de 1873, a las tres de la tarde, Ruíz Zorrilla, primer
ministro, presentaba la carta de dimisión de don Amadeo I, dándose cuenta de
inmediato Figueras como toda aquella mayoría de diputados monárquicos que
poblaban las gradas del Congreso, que la Monarquía estaba perdida, y que se
devolvía a las Cortes españolas la integridad de la soberanía y la autoridad, por
lo que el Congreso y el Senado, ambos cuerpos colegisladores y representantes
de la Soberanía Nacional, aprobaron por unanimidad tomar las riendas del
gobierno, entonces ausente del banco azul, por lo que dos tercios elegidos como
monárquicos y el resto de diputados y senadores se constituían de inmediato en
Asamblea nacional y proclamaban la República, con 258 votos a favor y 32 en
contra, siendo proclamado su Poder Ejecutivo en las personas de:
Presidente, Figueras.
Estado (Asuntos Exteriores,
hoy), Castelar
Gobernación (Ministerio del
Interior, hoy), Pi y Margall
Gracia y Justicia, Nicolás
Salmerón
Hacienda, Echegaray
Guerra (Ministerio de la
Defensa, hoy), Córdoba
Marina, Beránger
Fomento, Becerra
Ultramar, Francisco Salmerón
(hermano de don Nicolás Salmerón)
Figueras, don Estanislao
Figueras y Moragas, quizás fuera el menos notorio de las tres figuras que
ostentarían el poder republicano, era un catalán de pura cepa, estudiante en la
Universidad de Barcelona y abogado en Madrid. Era estimado por su gran bondad,
como también algo denostado por el gran dominio que sobre él ejercía su esposa,
muy beata. Dominaba perfectamente el habla castellana con un deje en su
pronunciación del catalán. Aun cuando en las Constituyentes fue uno de los 21
diputados que votaron contra la Monarquía, sin embargo protestó enérgicamente
contra el intento frustrado de regicidio del cura Merino contra Isabel II.
Participó en los hechos revolucionarios de 1866 y 1868, por lo que fue
encarcelado y sufrió destierro, con el triunfo de la Revolución se hizo un
fervoroso e impenitente republicano.
Los diarios de la época
cuentan que en la sesión en que se debatiría el advenimiento de la República,
que duró cerca de 50 horas,fue uno de los principales animadores, por lo que
sería elegido su presidente.
Quince días escasos duró el
primer Gabinete de la República, ya que la disputa entre republicanos y
radicales era extrema, razón primordial de que no arraigara la República como
de su débil raíz, pues estaba cimentada sobre el despecho de los monárquicos
(algo así ocurriría de nuevo en 1931).
Harto de las disputas, una
crisis ministerial anterior, la falta de
entendimiento, la presión extraordinaria de la calle en toda España, como la
pérdida de su esposa, sin hijos y la
única compañera de su vida, sin previo aviso y tras un paseo por el Retiro, en
Atocha tomó un tren que le llevaría directamente a París, sin que nadie supiera
de su partida y terminara la trayectoria presidencial de este hombre, cansado e
incapaz de evitar la deplorable situación social, política y de guerra civil
que se vivía.
Le sucedería otro catalán, don
Francisco Pi y Margall, cuando por todas partes se escuchaban gritos de
muerte contra la unidad nacional, la propiedad, la autoridad, la familia, la
Iglesia y Cataluña, además, se insubordinaba, mientras la indisciplina del
Ejército se apoderaba de los soldados contra sus Jefes, gritándoles en los
cuarteles “que bailen”, y los Carlistas se levantaban también en Cataluña. Dos
asesinatos hechos por la tropa sobre dos militares que luchaban contra los Carlistas:
Cabrineti y Martínez Llagostera, presagiaban lo peor para España.
Este barcelonés, de familia
humilde, fue siempre un brillante estudiante de los Escolapios como luego en la
Universidad, conocedor del latín, el griego, el francés, el inglés y el
italiano, aunque estos últimos no los hablara con la misma facilidad que era
capaz de hacerlo en la lengua del Lacio como en la de Aristóteles. Fue siempre
un hombre tenaz, superior a Figueras, doctor por la Universidad de Madrid en
Derecho, con un una maestría insuperable en la lengua castellana y autor de
libros de excelente ejecutoria y observación, como el de Recuerdos y bellezas
de España, con un referente a Granada de una profunda investigación y cuidado.
Su pensamiento, por su
convencimiento filosófico, era de íntimo sentido panteísta y en política era el
principal abanderado del Estado Federal, como también admirador de la obra de
Proudhon.
Cuando se debatía sobre la
reforma arancelaria, se mostró contrario al librecambio y protector a ultranza
de la industria catalana, aunque fuera perjudicial para la economía y el avance
de otras regiones españolas.
Manifestó que: el catolicismo había muerto en la conciencia
de la humanidad y en la conciencia del pueblo español, adelantándose así a
Azaña, cuando dijo que España ha dejado
de ser católica, esto ya sería años más tarde y en otra frustrada y sangrienta
IIª República.
Su ministerio fue el
siguiente:
Francisco Pi y Margall,
Presidencia y Gobernación
Nicolás Estévanez, Guerra
José Cristóbal Sorní, Ultramar
José López Salgado, Estado
Federico Aurich, Marina
José Fernando González, Gracia
y Justicia
Teodoro Ladico y Fon, Hacienda
Eduardo Benot, Fomento
Los gabinetes ministeriales se
sucedieron, ya que no contaban con la aprobación del resto de la Cámara, ni él
tampoco había podido hacerse acompañar de sus amigos, mientras las escenas
sangrientas de Alcoy, Sevilla, Málaga, Cádiz y Córdoba, le hicieron comprender
que necesitaba poderes dictatoriales, además los cantonales se hacían fuertes en Cartagena
y en Alcoy el alcalde Albor era asesinado y las turbas lo arrastraban por las
calles del pueblo.
Desesperado, e incapaz de
poner fin a la barbarie y guerra civil que ardía por todos los costados de tan
frágil Estado, terminó por abdicar de su cargo, declarando: En épocas bien recientes, así la
administración como la política, ha sido un mar revuelto, donde han
naufragado por cientos los funcionarios públicos . Se han creado multitud de
plazas sólo para corresponder a servicios políticos y domésticos y satisfacer
hambrientos. Gente inepta ha escalado los más altos destinos (Lo que en 2024
hace el PSOE en España con el liderazgo de Pedro Sánchez y su camarilla). El
Estado ha sido pasto de fieras, merienda de negros”.
Nicolás Salmerón Alonso, abogado
destacado, catedrático de Filosofía en la Universidad Central, este almeriense
originario de Alhama la Seca, en cuanto resignó su poder Pi y Margall y él se
hacía cargo de la República, se impuso derrotar el movimiento cantonal y la
guerra civil, por lo que llamó a filas a ochenta mil reclutas, atacó a la
escuadra pirata del cantón de Cartagena, a las órdenes del general Contreras,
que para proveerse de recursos bombardeaba Almería y Alicante, designó a
generales monárquicos como Martínez Campos y Pavía, quien después le daría la
puntilla a la República, para reducir el cantobalismo en Valencia y Andalucía.
La indisciplina del ejército
aún seguía candente, como los principios de Salmerón que tiempo antes había
jurado su oposición a la pena de muerte y a la gracia del indulto, por lo que
cuando en Barcelona la justicia militar sentenciaba a ocho soldados a ser
pasados por las armas, por traidores, condenados por delitos de sedición e
inobediencia, presentaba su dimisión. Se
exiliaría en París y a su regreso, en las Cortes de la Restauración, declaró su
inquina a la Regente doña María Cristina y colaboró en el movimiento
catalanista que se iniciaba en 1917 bajo el nombre de Solidaridad y la
dirección de Francisco Cambó.
No fue la política lo que más
le sedujera, a pesar de su larga actuación, él mismo dirá: Los altos cargos a que en ella
llegué no los considero serios motivos de seducción, apenas como medio para
demostrar cómo se debe vivir para buscar la estimación propia. La filosofía es
lo que profeso, lo que yo puedo ofrecer como fruto más preciado y esto es en
suma, aquello con lo cual, cuando me toque la hora de declinar mi cuerpo a la
madre tierra, yo podré pedir a las gentes un recuerdo, si no eterno, porque
nada hay eterno en lo humano, al menos respetuoso.
Emilio Castelar y Ripoll,
famoso por su elocuencia, fue el que más descolló de los cuatro, siendo quizás
la figura cumbre de la segunda mitad del siglo XIX junto a Cánovas del
Castillo.
Nacido en Cádiz y enamorado de
San Pedro del Pinatar (Alicante), era famoso por su verbo selecto, su pureza,
su fantasía desbordante y su prodigiosa memoria, además de un improvisador y
polemista sin igual.
Además de la política, el
periodismo fue otra de sus pasiones. Era también catedrático de Historia de
España en la Universidad Central. Sintió una viva aversión por los Borbones,
aunque se rindió a Alfonso XIII, independientemente de su persistente espíritu
conspirador.
Tomó el poder de la República
con un grupo de leales.
Emilio Castelar Ripoll,
presidente
José Carvajal, Estado
Del Río, Ministro de Gracia y
Justicia
Contralmirante Oreiro, Marina
Pedregal, Hacienda
Maisonave, Gobernación
Gil Vergés, Fomento
El catalán Soler y Pla,
Ultramar
General Sánchez Bregua, Guerra
Sus primeras palabras fueron
para poner de relieve que la política no era nada sin el orden, la autoridad y
el gobierno.
De los ocho condenados a
muerte, que esperaban en capilla, tras el abandono de Salmerón por ello, dos
fueron fusilados, el sargento González y el soldado Carlos Pérez, lo que puso
fin a la indisciplina y la falta de autoridad de los jefes militares. El cuerpo
de artilleros era rehabilitado y en el caso del Virginius, un barco
norteamericano que llevaba de contrabando armas a los rebeldes cubanos y que
fuera apresado, transigió con el gobierno de Washington para devolver a los
apresados, evitando así un inminente enfrentamiento bélico con los Estados
Unidos, que, sin embargo, en 1868 éstos, con el impulso de Pulitzer y el
magnate de la prensa Randolph Hearst, tras el hundimiento del acorazo Maine.
Y pronto la ofensiva contra
Castelar en la Cámara empezó a mellar la decidida voluntad de don Emilio, pues
veía que la conspiración contra su mandato crecía y el voto de gracias que
había presentado exponiendo la gestión de su gabinete ministerial, de inmediato
se vio que solo había un interés partidista y que fracasaría, por lo que
presentó su renuncia y mientras en el Congreso de Diputados se dirimía la
elección de un nuevo presidente, las cartas en los cuartos de banderas del
Ejército estaban echadas, no lejos de allí, en el palacio de Buenavista, donde poco
ha habían velado el cadáver de Prim, el vencedor de Castillejos, Pavía subía a
su corcel y en compañía de la Guardia Civil entraban por los pasillos de las
Cortes, poniendo fin a la primera e inoperante Primera república española, que
en Sagunto, con Martínez Campos a la cabeza y en Madrid con el malagueño Cánovas del Castillo, volvería a traer la
Monarquía a España, en la persona del hijo de la defenestrada Isabel II, don
Alfonso XII.
Fue un día de intenso frío,
típico de Madrid, aquel 2 de enero de 1874, cuando lo acontecido en el Congreso
llegaba a todos los rincones de la capital y los ciudadanos eufóricos salieron
a pasear por el paseo del Prado, contentos de que aquel enjambre de incapaces
políticos perdieran sus privilegios y su incompetencia.
Cuando a Castelar le
preguntaban qué había pasado para que no se asentara la República en España, dirá: La
triste realidad ¿cuál es?...Que España no es un pueblo republicano…
Todo había empezado un 11 de
febrero de 1873 y concluía con la entrada de Pavía, mientras los diputados
evacuaban el edificio al oír unos pocos disparos al techo en los pasillos, en
un nuevo régimen dispuesto a poner fin a la guerra Carlista y a derrotar la
locura del cantón de Cartagena. Quedaba latente el conflicto de Cuba y en
Filipinas, el endeudamiento del país, la pobreza armamentística y la ruina
general de la nación tras las guerras con los carlistas, el gasto para sostener
un poder colonial que lastraba la economía española y unas infraestructuras
decadentes.



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