SEMANA
SANTA DE GRANADA. ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE
Pocas son las ciudades en el
mundo que puedan presumir que bajo sus
puertas milenarias, Oriente y Occidente estén tan claramente presentes, al
mismo tiempo que lo hacen el Islam y el Cristianismo, la Media Luna y la Cruz,
Cristo y Mahoma, como también el sordo
rumor del Talmud que tiempos atrás, por
estos mismos lugares discutían en sus paseos los rabinos. Ni siquiera la
imperial Toledo, o la Córdoba de Abderramán, quizás tan sólo la Jerusalén por
donde el hijo de Dios hecho hombre paseara, y esta prodigiosa ocasión, cuando
el recuerdo, la devoción, el fervor y la herencia de tanta historia se hacen
realidad en los millares de cofrades y asistentes, como por las sombras en sus
muros, año tras año, lustro o siglo
pasado, cada primavera, se muestra por las calles de Granada. Hermanos cofrades
y simples transeúntes, se extasían ante las portentosas y bellísimas imágenes
religiosas que desfilan, mostrando al Jesús del amor y el perdón, a su santa
madre que sufre por las inclinaciones del hijo, así como la nueva luz que el
Redentor trae a los hombres de buena fe para redimirlos por sus pecados, con la
paz y la fraternidad por bandera. Oriente y Occidente cobran vida
Desde que a las cuatro de la
tarde del Domingo de Ramos en la ciudad
de la Alhambra desfile bajo el Arco de Elvira la singular Borriquilla y las palmas como su cortejo parezcan trasladarnos a
Galilea o Judea; la cruz del Cristo del
Consuelo pase delante de las cuevas del
Sacromonte y la algarabía gitana alumbre los mismos sonidos del ayer de las
zambras, con el nada lejano rumor del Dauro y el eco ancestral de las antiguas
murallas ziríes; o la talla del Cristo de la Misericordia de José de Mora, en
la más absoluta oscuridad y silencio salga de su templo a orillas de la Torre
de Comarex, donde toda Granada le espera, con el tañido solitario de un tambor
y el arrastre fantasmal de las cadenas de los condenados, que por sus votos
quisieran despertar a la antigua alcazaba Cadima, en el corazón del Albayzín; cuando a las cinco
de la tarde, a las cinco de la tarde, a
las cinco en punto de la tarde
por el puente que Ibn al Jatib repararó sobre el río Genil, el Cristo de los
Escolapios parezca un velero áureo que sortea las olas de una arrobada muchedumbre, con la Sabika como dosel y el afluente del
Wad-al-Kibir a sus pies, el antiguo Singilis y hoy Genil de las aguas níveas
terciando las cumbres del Sulayr o de Sierra Nevada; llegamos a la más excelsa
de las procesiones, la que desde el solar de la otrora mezquita y hoy iglesia, donde
un loco acuchillara al sultán Jusuf I del reino Nazarí, la ahora morada de la virgen
de la Alhambra, nuestra Señora de las Angustias y su hijo Jesús yacente, majestuosa obra de Ruíz del Peral y el trono
en plata con la mejor representación de los arcos del Patio de los Leones,
transiten bajo los arcos de herradura de la puerta Judiciaria o de la más bella
y sencilla, como un preciado joyero de taracea, que es la que daba acceso a la
Medina de la Alhambra, la Puerta del Vino, con sus prodigiosos azulejos en
cuerda seca y sus geométricas yeserías, en ese instante Oriente y Occidente, el
ayer y el hoy, se hacen realidad en un cuadro sublime que ni el mismo Fortuny
hubiera querido perderse, y que a Manuel de Falla o el mismo Debussy, habrían
hecho trazar nuevos arpegios en sus cuadernos de notas, cuando la sombra eterna
de Federico, piadosamente bajo su bóveda,
esa misma noche lleve sobre su hombro la cruz y en su mano la media luna,
mientras sus labios salmodian una plegaria que bien pudiera ser un Ave María o
algún pasaje de la Torá, o simplemente una nueva elegía por esa madre y ese
hijo que, cada noche de primavera, en Granada, por la Puerta del Vino, muestran
a la humanidad su profundo dolor y la promesa de un próximo amanecer de
esperanza.
Oriente y Occidente, la Virgen
de las Angustias de Santa María de la Alhambra y la joya de la Puerta del Vino,
parecen haber sido creados por una mano
celestial para que en Granada, cada año, una noche de primavera, se produzca el sortilegio de volver a ver al
hijo de Dios cruzar una puerta sublime, en una ciudad de ensueño.
No hay comentarios:
Publicar un comentario