miércoles, 23 de abril de 2025

SEMANA SANTA DE GRANADA, ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE

 



SEMANA SANTA DE GRANADA. ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE





Pocas son las ciudades en el mundo que puedan presumir  que bajo sus puertas milenarias, Oriente y Occidente estén tan claramente presentes, al mismo tiempo que lo hacen el Islam y el Cristianismo, la Media Luna y la Cruz, Cristo y Mahoma, como también  el sordo rumor del Talmud que tiempos atrás,  por estos mismos lugares discutían en sus paseos los rabinos. Ni siquiera la imperial Toledo, o la Córdoba de Abderramán, quizás tan sólo la Jerusalén por donde el hijo de Dios hecho hombre paseara, y esta prodigiosa ocasión, cuando el recuerdo, la devoción, el fervor y la herencia de tanta historia se hacen realidad en los millares de cofrades y asistentes, como por las sombras en sus muros,  año tras año, lustro o siglo pasado,  cada primavera, se muestra  por las calles de Granada. Hermanos cofrades y simples transeúntes, se extasían ante las portentosas y bellísimas imágenes religiosas que desfilan, mostrando al Jesús del amor y el perdón, a su santa madre que sufre por las inclinaciones del hijo, así como la nueva luz que el Redentor trae a los hombres de buena fe para redimirlos por sus pecados, con la paz y la fraternidad por bandera. Oriente y Occidente cobran vida

 

Desde que a las cuatro de la tarde del Domingo de Ramos  en la ciudad de la Alhambra desfile bajo el Arco de Elvira la singular Borriquilla y las palmas como su cortejo parezcan trasladarnos a Galilea o Judea;  la cruz del Cristo del Consuelo  pase delante de las cuevas del Sacromonte y la algarabía gitana alumbre los mismos sonidos del ayer de las zambras, con el nada lejano rumor del Dauro y el eco ancestral de las antiguas murallas ziríes; o la talla del Cristo de la Misericordia de José de Mora, en la más absoluta oscuridad y silencio salga de su templo a orillas de la Torre de Comarex, donde toda Granada le espera, con el tañido solitario de un tambor y el arrastre fantasmal de las cadenas de los condenados, que por sus votos quisieran despertar a la antigua alcazaba Cadima,  en el corazón del Albayzín; cuando a las cinco de la tarde, a las cinco de la tarde, a las cinco en punto de la tarde por el puente que Ibn al Jatib repararó sobre el río Genil, el Cristo de los Escolapios parezca un velero áureo que sortea las olas de una arrobada  muchedumbre,  con la Sabika como dosel y el afluente del Wad-al-Kibir a sus pies, el antiguo Singilis y hoy Genil de las aguas níveas terciando las cumbres del Sulayr o de Sierra Nevada; llegamos a la más excelsa de las procesiones, la que desde el solar de la otrora mezquita y hoy iglesia, donde un loco acuchillara al sultán Jusuf I del reino Nazarí, la ahora morada de la virgen de la Alhambra, nuestra Señora de las Angustias y su hijo Jesús yacente,  majestuosa obra de Ruíz del Peral y el trono en plata con la mejor representación de los arcos del Patio de los Leones, transiten bajo los arcos de herradura de la puerta Judiciaria o de la más bella y sencilla, como un preciado joyero de taracea, que es la que daba acceso a la Medina de la Alhambra, la Puerta del Vino, con sus prodigiosos azulejos en cuerda seca y sus geométricas yeserías, en ese instante Oriente y Occidente, el ayer y el hoy, se hacen realidad en un cuadro sublime que ni el mismo Fortuny hubiera querido perderse, y que a Manuel de Falla o el mismo Debussy, habrían hecho trazar nuevos arpegios en sus cuadernos de notas, cuando la sombra eterna de Federico, piadosamente  bajo su bóveda, esa misma noche lleve sobre su hombro la cruz y en su mano la media luna, mientras sus labios salmodian una plegaria que bien pudiera ser un Ave María o algún pasaje de la Torá, o simplemente una nueva elegía por esa madre y ese hijo que, cada noche de primavera, en Granada, por la Puerta del Vino, muestran a la humanidad su profundo dolor y la promesa de un próximo amanecer de esperanza.

 

Oriente y Occidente, la Virgen de las Angustias de Santa María de la Alhambra y la joya de la Puerta del Vino,  parecen haber sido creados por una mano celestial para que en Granada, cada año, una noche de primavera,  se produzca el sortilegio de volver a ver al hijo de Dios cruzar una puerta sublime, en una ciudad de ensueño.

 




























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