CÉSAR Y LAS VEINTITRES
PUÑALADAS
Se acercaban los Idus de marzo, en Roma ya se habían
acabado las celebraciones por los lupercales,
la fiesta que purificaba la ciudad y acrecentaba la fertilidad, las más
antiguas y populares, de rituales de enormes connotaciones sexuales, donde
Marco Antonio a la cabeza de los luperci
Julii, desnudo, había mostrado en carrera su prodigiosa mentula mientras el desenfreno y las orgías se habían enseñoreado por las calles en el interior del Pomerium y delante de la misma gruta
llamada Lupercal, con la asistencia y la
falta de moderación en la plebe, la
desvergüenza del rebaño formado por la meretrix
mascula, saltatrix tonsa y de los vecinos de la Subura, todo ello con escasa dignitas
y con la silenciosa desaprobación del paterfamilias
romano y de la clase patricia,
mientras César a su regreso de Hispania, y tras derrotar en Munda los últimos
restos del ejército republicano que alentara Catón y haber incinerado en Egipto
los despojos del derrotado Pompeyo en Farsalia, antiguo compañero de Triunviro, además de
aprovechar para conocer mejor al joven Octavio, que a no mucho tardar sería el
famoso Augusto, se disponía a organizar la guerra contra los Partos, tras
ordenar su testamento y pasar con Cleopatra y el hijo de ambos, Cesarión, unos
tiernos días en la villa que la reina había adquirido en el Trastevere, a espaldas de su tercera
esposa Calpurnia.
Mientras tanto, una sorda
conspiración entre los hombres boni o
ultraconservadores, además de unos pocos opuestos al régimen dictatorial de
Julio César, otros por envidias y sentirse desconsiderados por el Gran Hombre, también
alentados por el filósofo y senador
Cicerón, aunque sin la participación de éste,
iban incrementando el grupúsculo de hombres decididos a asesinar a
César. Algunos de ellos con cierto parentesco, amistad o habiendo estado juntos
en las guerras de las Galias, por lo que instigados por Trebonius Caius y en la
cella del templo de Ceres, en la
noche, tramaban cómo y cuándo matar a
Julio César, además de buscar una justificación que pudiera salvar sus pellejos
si por fin lo llevaban a cabo.
César había decidido prescindir de los doce lictores que le acompañaban por mandato y que podrían haberle defendido, seguro del aprecio de la gens, especialmente de los proletarii y la gran masa de clientes que siempre seguían sus pasos, como de gran parte del pueblo de Roma, quienes en cuanto le veían pasar a pie, montado sobre su caballo Articulus, o dentro de una carpentum conducida por un carpentarius para llevarlo directamente al ager publicus o al comitium, sin que por ello su nariz aguileña, sus ojos azules, su delgada contextura física, su toga alba bordeada de hilado púrpura o roja y su frente ceñida por una meritoria corona de hojas de roble, pasaran desapercibidos en la marabunta habitual de las innumerables vías que cruzaban la que sería nombrada Ciudad Eterna.
Cierto es que algún grito de Rex, nada espontáneo, había brotado entre la multitud para mayor ofensa y enfado de Cesar, que se consideraba solamente dictador y que siempre desaprobaba el término rey, como cuando el viejo augur y vidente Spurinna, poco antes de su muerte, le prevenía sobre los Idus de marzo o su misma esposa, esa misma mañana del año 44 a J.C, antes del alba, le relataba el sueño que había tenido, en el que vio lo que antes del mediodía sería una realidad, el asedio y asesinato de César al pie de las gradas de la Curia Pompeya.
Trebonius Caius, antiguo compañera
de César en las Galias antes de que éste
cruzara el Rubicón, era el cabecilla de la conspiración y, por fin, lograba que
alguien de la eminencia de Marco Junio Brutus, hijo de Servilia, antigua amante
de César, y de la familia de César, se sumara a la causa de asesinar al Pontifex Maximus, ahora con el sentido y
marchamo de Libertadores.
Aun cuando el rumor de que César pudiera ser asesinado no había tenido gran eco en los distintos foros romanos, vista la cautela de todos los cofrades y a pesar de que la sobrina de Catón y reciente esposa de Brutus, Porcia, estuviera al tanto y se alegrara por ello, los dados estaban echados y antes de la reunión del Senado y de los edictos que pretendía presentar César, a los pies de la estatua de Pompeyo, el Gran Hombre, debería haber muerto.
Trebonius, a conciencia y
conforme quedó acordado en la última reunión de los confabulados, debería
retener a Marco Antonio, lo que impediría también que Dolabella entrara en el
recinto de la Cámara, momento en el que los otros veintidós conjurados deberían
asestar las veintitrés puñaladas que dieran por tierra con César.
(1)Pablo Servilio Casca, por la espalda, fue el primero en dar el primer golpe, al que le siguieron por dos veces, frontalmente, los de (2) Decimus Brutus, uno de ellos por el ausente Trebonius Caius, que acabaría siendo asesinado en su cama en Esmirna, mientras Decimus, que figuraba en el testamento de César, sería ejecutado por un jefe galo a las órdenes de Marco Antonio.
Los demás, ya enloquecidos,
siguieron apuñalando a César, quien sabedor que ya su suerte estaba dictada,
con su mano izquierda y un trozo de su toga, se cubrió la cara, mientras que
con la derecha y con el resto del paño, se tapaba las piernas, dándose definitivamente
por vencido, pero conservando la dignidad que siempre caracterizara su
personalidad.
Los restantes magnicidas, autores
de las otras puñaladas, fueron:
3. Pontius Aquila. Político. Entonces
amante de su propia madre, terminaría su
vida asesinado.
4. Tillius Cimber. Político y
militar. Gobernador de Bitinia y Ponte. Muere en la batalla de Filipos, bajo la
comandancia de Casio.
5. Cayo Casio Longino. Senador.
En Siria logra derrotar a Dolabella y termina siendo asesinado a instancias de
Marco Antonio.
6. Staius Murcus. En su día
ascendido por César a la provincia de Siria.
7. Quintus Ligarius. Militar.
Miembro del Ordo Equester, a quien César le tenía prohibido regresar a Roma
desde Africa y finalmente, atendiendo los ruegos de familiares, le autorizó a
regresar.
8. Minucius Basilus. Político y
militar. De execrable comportamiento con sus esclavos, que terminarían
vengándose y asesinándole.
9. Decimus Turullius. Legionario
romano.
10 y 11. Hermanos Caecilius
12. Popilius Liguriensis.
13. Petronius
14. Rubrius Ruga
15. Otacilius Naso
16. Caesennius Lento. Había sido
antes culpado de asesinato.
17. Caius Casca. Hermano de Pablo
Servilio
18. Cassius Parmensis.
19. Spuris Maelius
20. Servius Sulpicius Galba
21. Antiustus Labeo
22. Decimus Turullius.
23.- Brutus. Político y militar,
sobrino de César. Brutus se suicidó arrojándose sobre su propia espada cuando
iba a ser capturado por Marco Antonio, quien sin embargo honró sus restos.
Cometido el asesinato, mientras el resto de senadores que vagaban, leían o conversaban unos instantes antes emprendían la huida al grito de ¡César ha muerto! y los mismos muñidores de este crimen huían todos despavoridos, sin que ni siquiera el propio Cicerón pudiera convencerlos que se detuvieran y dijeran al pueblo que ellos eran los libertadores de la República, y la enorme sala de la Curia Pompeia quedaba desierta, con tan sólo el cuerpo derrotado del César y el continuo brotar de su sangre que manchaba de rojo el suelo de mármol.
Marco Antonio, abierto el
testamento de César, descubrió, a su pesar, que Cayo Octavio, entonces de
dieciocho años, era elegido para sucederle, por lo que decidió amnistiar a los
veintitrés cómplices de asesinato, ya que también temía que Roma cayera en otra
nueva guerra civil, por lo que dos días después, cuando César iba a ser
incinerado, el pueblo de Roma, ajeno a los entresijos y mañas de sus élites,
encendieron la pira funeraria, y su clamor y rabia contenida por la muerte de
su venerado César, terminó incendiando el mismo templo de Júpiter, a cuyos pies
habían depositado para su cremación al amado Julio César.
Atrás quedaba para el recuerdo y
la historia la obra imponente de un hombre que con su maestría política y
guerrera alcanzo el Olimpo de los dioses y que dejaría su lejado en manos de Cayo
Julio César Octavio Augusto, su hijo adoptivo y próximo emperador de la Roma
imperial más grande y extendida, mientras Cleopatra, con el hijo del Grand
Hombre, Cesarión, regresaba a Alejandría y Marco Antonio, Dobella y los hijos
de aquella prodigiosa Roma, seguirían escribiendo buena parte de la historia de
la humanidad desde Britania hasta el Eufrates.
FUENTES EMPLEADAS: César et
Cléopatre, de Colleen Mc Cullough
César de William Shakespeare







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