domingo, 4 de mayo de 2025

CÉSAR Y LAS VEINTITRES PUÑALADAS. Un breve relato con el nombre de sus asesinos.

 


CÉSAR Y LAS VEINTITRES PUÑALADAS  

Se acercaban los Idus de marzo, en Roma ya se habían acabado las celebraciones por los lupercales, la fiesta que purificaba la ciudad y acrecentaba la fertilidad, las más antiguas y populares, de rituales de enormes connotaciones sexuales, donde Marco Antonio a la cabeza de los luperci Julii, desnudo, había mostrado en carrera su prodigiosa mentula mientras el desenfreno  y las orgías se habían enseñoreado  por las calles en el interior del Pomerium y delante de la misma gruta llamada Lupercal, con la asistencia y la falta de moderación en la plebe, la desvergüenza del rebaño formado por la meretrix mascula, saltatrix tonsa y de los vecinos de la Subura, todo ello con escasa dignitas y con la silenciosa desaprobación del paterfamilias romano y de la clase patricia, mientras César a su regreso de Hispania, y tras derrotar en Munda los últimos restos del ejército republicano que alentara Catón y haber incinerado en Egipto los despojos  del derrotado Pompeyo  en Farsalia,  antiguo compañero de Triunviro, además de aprovechar para conocer mejor al joven Octavio, que a no mucho tardar sería el famoso Augusto, se disponía a organizar la guerra contra los Partos, tras ordenar su testamento y pasar con Cleopatra y el hijo de ambos, Cesarión, unos tiernos días en la villa que la reina había adquirido en el Trastevere, a espaldas de su tercera esposa Calpurnia.



Mientras tanto, una sorda conspiración entre los hombres boni o ultraconservadores, además de unos pocos opuestos al régimen dictatorial de Julio César, otros por envidias y sentirse desconsiderados por el Gran Hombre, también  alentados por el filósofo y senador Cicerón, aunque sin la participación de éste,  iban incrementando el grupúsculo de hombres decididos a asesinar a César. Algunos de ellos con cierto parentesco, amistad o habiendo estado juntos en las guerras de las Galias, por lo que instigados por Trebonius Caius y en la cella del templo de Ceres, en la noche,  tramaban cómo y cuándo matar a Julio César, además de buscar una justificación que pudiera salvar sus pellejos si por fin lo llevaban a cabo.



César había decidido prescindir de los doce lictores que le acompañaban por mandato y que podrían haberle defendido, seguro del aprecio de la gens, especialmente de los proletarii y la gran masa de clientes que siempre seguían sus pasos,  como de gran parte del pueblo de Roma, quienes en cuanto le veían pasar a pie,  montado sobre su caballo Articulus, o dentro de una carpentum conducida por un carpentarius para llevarlo directamente al ager publicus o al comitium, sin que por ello su nariz aguileña, sus ojos azules, su delgada contextura física,  su toga alba bordeada de hilado púrpura o roja y su frente ceñida por una meritoria corona de hojas de roble, pasaran desapercibidos en la marabunta habitual de las innumerables vías que cruzaban la que sería nombrada Ciudad Eterna.


Cierto es que algún grito de Rex, nada espontáneo, había brotado entre la multitud para mayor ofensa y enfado de Cesar, que se consideraba solamente dictador y que siempre desaprobaba el término rey, como cuando el viejo augur y vidente Spurinna, poco antes de su muerte, le prevenía sobre los Idus de marzo o su misma esposa, esa misma mañana del año 44 a J.C, antes del alba, le relataba el sueño que había tenido, en el que vio lo que antes del mediodía sería una realidad, el asedio y asesinato de César al pie de las gradas de la Curia Pompeya.

Trebonius Caius, antiguo compañera de César en las Galias  antes de que éste cruzara el Rubicón, era el cabecilla de la conspiración y, por fin, lograba que alguien de la eminencia de Marco Junio Brutus, hijo de Servilia, antigua amante de César, y de la familia de César, se sumara a la causa de asesinar al Pontifex Maximus, ahora con el sentido y marchamo de Libertadores.


Aun cuando el rumor de que César pudiera ser asesinado no había tenido gran eco en los distintos foros romanos, vista la cautela de todos los cofrades y a pesar de que la sobrina de Catón y reciente esposa de Brutus, Porcia, estuviera al tanto y se alegrara por ello, los dados estaban echados y antes de la reunión del Senado y de los edictos que pretendía presentar César, a los pies de la estatua de Pompeyo, el Gran Hombre, debería haber muerto.

Trebonius, a conciencia y conforme quedó acordado en la última reunión de los confabulados, debería retener a Marco Antonio, lo que impediría también que Dolabella entrara en el recinto de la Cámara, momento en el que los otros veintidós conjurados deberían asestar las veintitrés puñaladas que dieran por tierra con César.


(1)Pablo Servilio Casca, por la espalda, fue el primero en dar el primer golpe, al que le siguieron por dos veces, frontalmente, los de (2) Decimus Brutus, uno de ellos por el ausente Trebonius Caius, que acabaría siendo asesinado en su cama en Esmirna, mientras Decimus, que figuraba en el testamento de César,  sería ejecutado por un jefe galo a las órdenes de Marco Antonio.

Los demás, ya enloquecidos, siguieron apuñalando a César, quien sabedor que ya su suerte estaba dictada, con su mano izquierda y un trozo de su toga, se cubrió la cara, mientras que con la derecha y con el resto del paño, se tapaba las piernas, dándose definitivamente por vencido, pero conservando la dignidad que siempre caracterizara su personalidad.

Los restantes magnicidas, autores de las otras puñaladas, fueron:

3. Pontius Aquila. Político. Entonces amante de su propia madre,  terminaría su vida asesinado.

4. Tillius Cimber. Político y militar. Gobernador de Bitinia y Ponte. Muere en la batalla de Filipos, bajo la comandancia de Casio.

5. Cayo Casio Longino. Senador. En Siria logra derrotar a Dolabella y termina siendo asesinado a instancias de Marco Antonio.

6. Staius Murcus. En su día ascendido por César a la provincia de Siria.

7. Quintus Ligarius. Militar. Miembro del Ordo Equester, a quien César le tenía prohibido regresar a Roma desde Africa y finalmente, atendiendo los ruegos de familiares, le autorizó a regresar.

8. Minucius Basilus. Político y militar. De execrable comportamiento con sus esclavos, que terminarían vengándose y asesinándole.

9. Decimus Turullius. Legionario romano.

10 y 11. Hermanos Caecilius

12. Popilius Liguriensis.

13. Petronius

14. Rubrius Ruga

15. Otacilius Naso

16. Caesennius Lento. Había sido antes culpado de asesinato.

17. Caius Casca. Hermano de Pablo Servilio

18. Cassius Parmensis.

19. Spuris Maelius

20. Servius Sulpicius Galba

21. Antiustus Labeo

22. Decimus Turullius.

23.- Brutus. Político y militar, sobrino de César. Brutus se suicidó arrojándose sobre su propia espada cuando iba a ser capturado por Marco Antonio, quien sin embargo honró sus restos.


Cometido el asesinato, mientras el resto de senadores que vagaban, leían o conversaban unos instantes antes emprendían la huida al grito de ¡César ha muerto! y los mismos muñidores de este crimen huían todos despavoridos, sin que ni siquiera el propio Cicerón pudiera convencerlos que se detuvieran y dijeran al pueblo que ellos eran los libertadores de la República, y la enorme sala de la Curia Pompeia quedaba desierta, con tan sólo el cuerpo derrotado del César y el continuo brotar de su sangre que manchaba de rojo el suelo de mármol.

Marco Antonio, abierto el testamento de César, descubrió, a su pesar, que Cayo Octavio, entonces de dieciocho años, era elegido para sucederle, por lo que decidió amnistiar a los veintitrés cómplices de asesinato, ya que también temía que Roma cayera en otra nueva guerra civil, por lo que dos días después, cuando César iba a ser incinerado, el pueblo de Roma, ajeno a los entresijos y mañas de sus élites, encendieron la pira funeraria, y su clamor y rabia contenida por la muerte de su venerado César, terminó incendiando el mismo templo de Júpiter, a cuyos pies habían depositado para su cremación al amado Julio César.

Atrás quedaba para el recuerdo y la historia la obra imponente de un hombre que con su maestría política y guerrera alcanzo el Olimpo de los dioses y que dejaría su lejado en manos de Cayo Julio César Octavio Augusto, su hijo adoptivo y próximo emperador de la Roma imperial más grande y extendida, mientras Cleopatra, con el hijo del Grand Hombre, Cesarión, regresaba a Alejandría y Marco Antonio, Dobella y los hijos de aquella prodigiosa Roma, seguirían escribiendo buena parte de la historia de la humanidad desde Britania hasta el Eufrates.

FUENTES EMPLEADAS: César et Cléopatre, de Colleen Mc Cullough

                                           César de William Shakespeare

 

 

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