viernes, 1 de agosto de 2025

 


         DIARIOS 1939-1972, MAX AUB, EDICIÓN DE MANUEL AZNAR SOLER

Que soy un admirador de los pocos libros que he podido leer, de los muchos publicados,  de este exiliado, en México, que me han hecho admirar a  tan desconocido autor de novela, cuentos, relatos y teatro, pero que tanto me han enganchado a su persona, lo confieso, pues en cada uno de los que leí, aquel primero de la Calle de Valverde, o el mismo El laberinto verde, son muestra de su portentosa capacidad literaria, con un manejo de la lengua española brillante, a veces muy cercana a sus protagonistas, y la exposición de los problemas sociales y humanos que conoció y que, también , padeció en carne propia.

Sabido es que nació en París en 1903, (muere en 1972) de padre alemán y madre francesa, por lo que  en 1914, cuando Alemania y Francia se enfrentaron, no les quedó más remedio que alejarse de aquella tierra donde sus mismos paisanos, por parte materna y paterna, iban a dirimir de modo sangriento, sus deseos de expansión y liderazgo europeo, razón de su residencia en El cabañal de Valencia, donde él ahora se nacionaliza  y dará testimonio en lengua española de su pasión por la escritura, a pesar del gran dominio que siempre tuvo del francés.

En estas memorias, desde esa amarga derrota de los republicanos españoles, en 1939, el presidio y los campos de concentración, por donde él transitará, tanto en Francia como en Argelia, siempre tendrá presente su voluntad de narrar cuanto se le ocurre o la mente le lleva a la pluma.

En este libro de memorias, el lector tendrá trabajo, a menudo, en situarse sobre el evento citado o la persona mencionada, aunque España siempre está presente, sobre todo al principio, al igual su decidida apuesta de nunca regresar mientras en Madrid estuviera gobernando Francisco Franco.

También somos testigos de lo que pagó a Picasso por el Guernica que la República le encargó y de su trabajo en el Congreso de Intelectuales que tuvo lugar en Valencia y París, como también de que no le gustaron las memorias de Azaña, publicadas por su amigo Juan Marichal, ya que denostaba este Congreso, que a él tanto trabajo le supuso, como la presencia de los escritores e intelectuales más relevantes del momento.

Sus citas suelen ser breves, aunque cuando viaja a Israel, o en 1972 a España, poco antes de fallecer en México, se extiende y podemos solidarizarnos con su pensamiento.

Como en sus novelas, cuando describe un paisaje, sigue siendo meticuloso, preciosista y evocador, como también en los primeros años de su exilio en Méjico, uno descubre los innumerables desencuentros entre esos mismos españoles desarraigados, que lejos de su tierra, siguen enfrentándose, sobre todo con los comunistas.

Conforme uno avanza en la lectura de esta obra de casi mil páginas, y cincuenta euros de precio, el goteo de fallecidos de los transterrados, como gusta llamar a los exiliados, se va haciendo cada vez más presente y triste, como también su enemistad con la familia de Rivas Cherif, con quien ya discutió y cuyos comentarios sobre su sexualidad no son nada encomiables, muestra también del encono de esos mismos transterrados en la lejana Nueva España.

En numerosas ocasiones se queja con amargura de lo poco que leen o conocen su obra y que escribe porque quiere vivir, dejar testimonio o en buen Román paladino: porque le sale de los cojones.

Debo confesar que esperaba más de estas memorias, que muestran a un escritor ilustrado, amigo de Malraux, de Cassou y de Aragón, entre otros muchos, como también del cineasta español Luis Buñuel, con quien redactó guiones para sus premiadas películas. Que siente una gran admiración por Federico García Lorca y también por Pío Baroja y Galdós. Estos últimos, al igual que Víctor Hugo, los autores que marcaron, según él, su trayectoria de escritor.

Si su pesar siempre fue que no le conocieran y tampoco sus libros, creo que hoy, en España, ya ha subido a ese Olimpo de escritores que forman parte de ese gran elenco de autores cuyos libros no dejan al lector indiferente y que se puede uno encontrar en las librerías.

Si la señora Ayuso, en Madrid, recogiera el guante de dedicar una efemérides a los escritores del exilio, a esos transterrados, después de sus logros en el deporte, con la Fórmula 1, como en la economía, pondría la guinda a su gobierno y honraría a tanto intelectual que, por sus ideas, tuvo que abandonar la tierra que le vio nacer y que tanto amaron y añoraron siempre, aún desde la lejanía, única manera de cerrar esa fosa que aún sigue viva entre esas dos España que, Max Aub, en su Gallina ciega, tuvo tan presente. Mientras que Madrid, el rompeolas de las Españas, la ciudad que tanto amaron todos aquellos que, vinieran de donde vinieran, tuvieron la ocasión de conocer y vivir en ella en algún momento de sus vidas.

Diarios, pues, de una parte de su vida de exilado, en la que también en México nuestros compatriotas dejaron su granito de arena laboral y cultural,  y que los españoles, de generaciones posteriores, sufrimos su pérdida y la oscuridad en la que aquellos dirigentes quisieron sumir a estos hermanos allende los mares, que ahora podemos disfrutar y que tanto tiempo estuvieron ocultos sin su voluntad.

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