DIARIOS 1939-1972, MAX AUB, EDICIÓN DE
MANUEL AZNAR SOLER
Que soy un admirador de los pocos
libros que he podido leer, de los muchos publicados, de este exiliado, en México, que me han hecho admirar
a tan desconocido autor de novela, cuentos, relatos y teatro, pero que
tanto me han enganchado a su persona, lo confieso, pues en cada uno de los que
leí, aquel primero de la Calle de Valverde, o el mismo El laberinto verde, son
muestra de su portentosa capacidad literaria, con un manejo de la lengua
española brillante, a veces muy cercana a sus protagonistas, y la exposición de
los problemas sociales y humanos que conoció y que, también , padeció en carne
propia.
Sabido es que nació en París en
1903, (muere en 1972) de padre alemán y madre francesa, por lo que en 1914, cuando Alemania y
Francia se enfrentaron, no les quedó más remedio que alejarse de aquella tierra
donde sus mismos paisanos, por parte materna y paterna, iban a dirimir de modo
sangriento, sus deseos de expansión y liderazgo europeo, razón de su residencia en El
cabañal de Valencia, donde él ahora se nacionaliza y dará testimonio en lengua española
de su pasión por la escritura, a pesar del gran dominio que siempre tuvo del francés.
En estas memorias, desde esa
amarga derrota de los republicanos españoles, en 1939, el presidio y los campos de
concentración, por donde él transitará, tanto en Francia como en Argelia,
siempre tendrá presente su voluntad de narrar cuanto se le ocurre o la mente le
lleva a la pluma.
En este libro de memorias, el
lector tendrá trabajo, a menudo, en situarse sobre el evento citado o la
persona mencionada, aunque España siempre está presente, sobre todo al
principio, al igual su decidida apuesta de nunca regresar mientras en Madrid
estuviera gobernando Francisco Franco.
También somos testigos de lo que pagó a Picasso por el Guernica que la República le encargó y de su trabajo en el Congreso de Intelectuales que tuvo lugar en Valencia y París, como también de que no le gustaron las memorias de Azaña, publicadas por su amigo Juan Marichal, ya que denostaba este Congreso, que a él tanto trabajo le supuso, como la presencia de los escritores e intelectuales más relevantes del momento.
Sus citas suelen ser breves,
aunque cuando viaja a Israel, o en 1972 a España, poco antes de fallecer en
México, se extiende y podemos solidarizarnos con su pensamiento.
Como en sus novelas, cuando
describe un paisaje, sigue siendo meticuloso, preciosista y evocador, como
también en los primeros años de su exilio en Méjico, uno descubre los
innumerables desencuentros entre esos mismos españoles desarraigados, que lejos
de su tierra, siguen enfrentándose, sobre todo con los comunistas.
Conforme uno avanza en la lectura
de esta obra de casi mil páginas, y cincuenta euros de precio, el goteo de
fallecidos de los transterrados, como
gusta llamar a los exiliados, se va haciendo cada vez más presente y triste,
como también su enemistad con la familia de Rivas Cherif, con quien ya discutió
y cuyos comentarios sobre su sexualidad no son nada encomiables, muestra
también del encono de esos mismos transterrados
en la lejana Nueva España.
En numerosas ocasiones se queja
con amargura de lo poco que leen o conocen su obra y que escribe porque quiere vivir, dejar testimonio o en buen
Román paladino: porque le sale de los
cojones.
Debo confesar que esperaba más de
estas memorias, que muestran a un escritor ilustrado, amigo de Malraux, de
Cassou y de Aragón, entre otros muchos, como también del cineasta español Luis Buñuel, con quien
redactó guiones para sus premiadas películas. Que siente una gran admiración
por Federico García Lorca y también por Pío Baroja y Galdós. Estos últimos, al
igual que Víctor Hugo, los autores que marcaron, según él, su trayectoria de
escritor.
Si su pesar siempre fue que no le
conocieran y tampoco sus libros, creo que hoy, en España, ya ha subido a ese
Olimpo de escritores que forman parte de ese gran elenco de autores cuyos
libros no dejan al lector indiferente y que se puede uno encontrar en las librerías.
Si la señora Ayuso, en Madrid,
recogiera el guante de dedicar una efemérides a los escritores del exilio, a
esos transterrados, después de sus logros en el deporte, con la Fórmula 1, como
en la economía, pondría la guinda a su gobierno y honraría a tanto intelectual
que, por sus ideas, tuvo que abandonar la tierra que le vio nacer y que tanto
amaron y añoraron siempre, aún desde la lejanía, única manera de cerrar esa fosa que aún sigue
viva entre esas dos España que, Max Aub, en su Gallina ciega, tuvo tan
presente. Mientras que Madrid, el
rompeolas de las Españas, la ciudad que tanto amaron todos aquellos que,
vinieran de donde vinieran, tuvieron la ocasión de conocer y vivir en ella en
algún momento de sus vidas.
Diarios, pues, de una parte de su vida de exilado, en la
que también en México nuestros compatriotas dejaron su granito de arena laboral y cultural, y que
los españoles, de generaciones posteriores, sufrimos su pérdida y la oscuridad
en la que aquellos dirigentes quisieron sumir a estos hermanos allende los
mares, que ahora podemos disfrutar y que tanto tiempo estuvieron ocultos sin su
voluntad.

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