lunes, 13 de octubre de 2025

EL TRAGALUZ, DE ANTONIO BUERO VALLEJO.

 


EL TRAGALUZ, DE D. ANTONIO BUERO VALLEJO.

Quizás hoy día pocos conozcan a este gran autor teatral o dramaturgo de los años 60 o 70, nacido en la Alcarria, que, a pesar de que su padre militar fuera asesinado por los republicanos durante la guerra civil, a él no le impidió afiliarse al partido comunista, que no tardó en abandonar, pasar por las cárceles de Franco y el destierro, además de verse sometido frecuentemente a la censura de sus obras por el Régimen.

Pero no es de él que hoy quisiera hablar, sino de su obra de teatro el Tragaluz, que en la colección Austral, de Espasa Calpe, editado en formato de libro de bolsillo en 1970, he tenido la fortuna de encontrarme en mis pesquisas del libro viejo, que para cualquier buen lector, sin embargo tienen la prez de ser siempre eternos, por lo tanto conservan siempre el halo de su juventud o de su primera impresión, a pesar de que algunos puedan sus páginas amarillear o su contorno padecer los embates del tiempo pasado y de las manos que con mayor o menor cuidado, desvelaron sus páginas.

De una manera brillantísima, Buero Vallejo, a quien TVE de aquellos  primeros años en España, puso en candelero por llevar a la caja tonta de los hogares españoles el teatro, en el fondo o background, que diría un bilingüe de hoy día, lleva a la escena lo que la conflagración civil española supuso para sus pobladores, víctimas todos ellos, unos de un modo u de otro, de esa cruel barbarie, con tan solo un tragaluz, que aparenta estar casi en el mismo proscenio y hacer que sus habitantes, los padres y sus hijos Vicente y Mario, en ese sótano donde habitan, sueñen y crean percibir la realidad del mismo modo que, lustros y siglos antes, Platón nos la describía con el mito de la caverna, con las sombras que se proyectaban en el fondo.

Él y Ella, dos actores que resultarían ser de siglos postreros a la trama de la obra, han creído conveniente explicarnos que se trata de una investigación que hacen del pasado de unos hombres y nos muestran los hechos y su convencimiento de que, con sus nuevos métodos tecnológicos, han logrado superar la tragedia de esa familia, por lo que hacen transgresiones en el climax de los sucesos.

El escenario está dividido en tres campos: los veladores de un bar, la oficina de Vicente con Encarna y el subsuelo donde el padre, que parece haber perdido la razón y dedica su tiempo a leer revistas y recortar personas de las postales que su hijo Vicente la hace entrega, con unas tijeras, además del sobre que entrega a la madre y que sirve para sostener a sus padres, que cobran vida conforme la secuencia tenga su razón de ser en cada una de esos tres apartados.

Vicente, empresario de éxito en una editorial que acaba de tener un nuevo socio financiero que, sin embargo, por cuestiones contrarias a la opinión favorable de Encarna y del propio Vicente, les obliga a separar a uno de los autores por quienes ellos dos más habían apostado y celebrado, probablemente porque no se deja comprar, como tampoco está dispuesto su mismo hermano Mario, quien además de rechazar los ofrecimientos económicos de su hermano en esta nueva editorial, está enamorado de Encarna, la secretaria y amante del mismo Vicente.

Vicente, que acaba de comprar un coche, discute con Mario, quien le reprocha su pérdida de valores como su probable responsabilidad en la muerte de su hermana Elvirita, cuando terminada la guerra él se subió a un tren y se llevó consigo los botes de leche que pudieran haber alimentado al bebé, razón de la pérdida de juicio del padre, todo ello delante del tragaluz, como hacían cuando eran niños, en un juego en el que la portentosa imaginación de Mario como el sesgo interno de culpabilidad de Vicente, nos llevarán a que el desenlace esté cercano y que, delante del tragaluz, la visita de Encarna, la cada vez más frecuente visita de Vicente, sirva para que cada uno muestre sus cartas.

La pesadumbre de Vicente por su culpabilidad, cuando tenía diez años, subiéndose al tren,  tratando de huir y la esperanza de un mejor futuro, dejando atrás su familia, cuando ahora todos sus intentos sean de hacerse perdonar con su ayuda económica y el desprecio que muestra tener hacia Encarna, precisan para su reconciliación interior conversar con su padre, a quien el traca-traca, chu-chu y el vagido del tren como de una niña, rondan su cabeza.

Vicente confiesa ante su padre su culpa y espera de él el perdón, mientras éste no quiere que suba al tren, que no es otro en su mente enferma que el pisotear a terceros y obtener riqueza de explotar a los más pobres, por lo que, con las tijeras con las que recorta monigotes de las postales que le regalaba su hijo Vicente, lo estraga por la espalda.

Ya en la última escena, en el área del bar, delante del velador de mármol y pies de hierro fundido, desvanecido el camarero y entre neblina la prostituta que acostumbra a apostarse en un rincón de la terraza, los únicos dos actores que no tienen voz, Mario confiesa también su culpa por la muerte de su hermano Vicente, a manos del padre, pues siente que con su denuncia, su hermano, que era bueno y cometió un error como tantos otros en aquella guerra incivil, pagó con su vida la desdicha que unos pocos trajeron, mientras en la penumbra del sótano y delante del tragaluz, la madre enteramente enlutada, alza la mirada cargando en su corazón la pena de tanto dolor y sufrimiento.

Obra que siempre estará vigente, a pesar de la sinrazón, la política y los gobiernos, pues como El Quijote, siempre habrá quien crea ver Gigantes donde sólo son molinos de viento y defender entuertos y afrentar a los malandrines.

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