EL TRAGALUZ, DE D. ANTONIO
BUERO VALLEJO.
Quizás hoy día pocos conozcan a
este gran autor teatral o dramaturgo de los años 60 o 70, nacido en la
Alcarria, que, a pesar de que su padre militar fuera asesinado por los
republicanos durante la guerra civil, a él no le impidió afiliarse al partido
comunista, que no tardó en abandonar, pasar por las cárceles de Franco y el
destierro, además de verse sometido frecuentemente a la censura de sus obras
por el Régimen.
Pero no es de él que hoy quisiera
hablar, sino de su obra de teatro el Tragaluz, que en la colección Austral, de
Espasa Calpe, editado en formato de libro de bolsillo en 1970, he tenido la
fortuna de encontrarme en mis pesquisas del libro
viejo, que para cualquier buen lector, sin embargo tienen la prez de ser
siempre eternos, por lo tanto conservan siempre el halo de su juventud o de su
primera impresión, a pesar de que algunos puedan sus páginas amarillear o su
contorno padecer los embates del tiempo pasado y de las manos que con mayor o
menor cuidado, desvelaron sus páginas.
De una manera brillantísima,
Buero Vallejo, a quien TVE de aquellos primeros años en España, puso en candelero por
llevar a la caja tonta de los hogares
españoles el teatro, en el fondo o background,
que diría un bilingüe de hoy día, lleva a la escena lo que la conflagración
civil española supuso para sus pobladores, víctimas todos ellos, unos de un
modo u de otro, de esa cruel barbarie, con tan solo un tragaluz, que aparenta
estar casi en el mismo proscenio y hacer que sus habitantes, los padres y sus
hijos Vicente y Mario, en ese sótano donde habitan, sueñen y crean percibir la
realidad del mismo modo que, lustros y siglos antes, Platón nos la describía
con el mito de la caverna, con las sombras que se proyectaban en el fondo.
Él y Ella, dos actores que
resultarían ser de siglos postreros a la trama de la obra, han creído
conveniente explicarnos que se trata de una investigación que hacen del pasado
de unos hombres y nos muestran los hechos y su convencimiento de que, con sus
nuevos métodos tecnológicos, han logrado superar la tragedia de esa familia,
por lo que hacen transgresiones en el climax de los sucesos.
El escenario está dividido en
tres campos: los veladores de un bar, la oficina de Vicente con Encarna y el
subsuelo donde el padre, que parece haber perdido la razón y dedica su tiempo a
leer revistas y recortar personas de las postales que su hijo Vicente la hace
entrega, con unas tijeras, además del sobre que entrega a la madre y que sirve
para sostener a sus padres, que cobran vida conforme la secuencia tenga su
razón de ser en cada una de esos tres apartados.
Vicente, empresario de éxito en
una editorial que acaba de tener un nuevo socio financiero que, sin embargo,
por cuestiones contrarias a la opinión favorable de Encarna y del propio
Vicente, les obliga a separar a uno de los autores por quienes ellos dos más
habían apostado y celebrado, probablemente porque no se deja comprar, como
tampoco está dispuesto su mismo hermano Mario, quien además de rechazar los
ofrecimientos económicos de su hermano en esta nueva editorial, está enamorado
de Encarna, la secretaria y amante del mismo Vicente.
Vicente, que acaba de comprar un
coche, discute con Mario, quien le reprocha su pérdida de valores como su
probable responsabilidad en la muerte de su hermana Elvirita, cuando terminada
la guerra él se subió a un tren y se llevó consigo los botes de leche que
pudieran haber alimentado al bebé, razón de la pérdida de juicio del padre,
todo ello delante del tragaluz, como hacían cuando eran niños, en un juego en
el que la portentosa imaginación de Mario como el sesgo interno de culpabilidad
de Vicente, nos llevarán a que el desenlace esté cercano y que, delante del
tragaluz, la visita de Encarna, la cada vez más frecuente visita de Vicente,
sirva para que cada uno muestre sus cartas.
La pesadumbre de Vicente por su
culpabilidad, cuando tenía diez años, subiéndose al tren, tratando de huir y la esperanza de un mejor
futuro, dejando atrás su familia, cuando ahora todos sus intentos sean de
hacerse perdonar con su ayuda económica y el desprecio que muestra tener hacia
Encarna, precisan para su reconciliación interior conversar con su padre, a
quien el traca-traca, chu-chu y el vagido del tren como de una niña, rondan su
cabeza.
Vicente confiesa ante su padre su
culpa y espera de él el perdón, mientras éste no quiere que suba al tren, que
no es otro en su mente enferma que el pisotear a terceros y obtener riqueza de
explotar a los más pobres, por lo que, con las tijeras con las que recorta
monigotes de las postales que le regalaba su hijo Vicente, lo estraga por la
espalda.
Ya en la última escena, en el
área del bar, delante del velador de mármol y pies de hierro fundido, desvanecido
el camarero y entre neblina la prostituta que acostumbra a apostarse en un
rincón de la terraza, los únicos dos actores que no tienen voz, Mario confiesa
también su culpa por la muerte de su hermano Vicente, a manos del padre, pues
siente que con su denuncia, su hermano, que era bueno y cometió un error como
tantos otros en aquella guerra incivil, pagó con su vida la desdicha que unos
pocos trajeron, mientras en la penumbra del sótano y delante del tragaluz, la
madre enteramente enlutada, alza la mirada cargando en su corazón la pena de
tanto dolor y sufrimiento.
Obra que siempre estará vigente,
a pesar de la sinrazón, la política y los gobiernos, pues como El Quijote,
siempre habrá quien crea ver Gigantes donde sólo son molinos de viento y
defender entuertos y afrentar a los malandrines.

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