LAS RATAS, DE
MIGUEL DELIBES
A buen seguro que la literatura
española ha contado siempre con escritores que, además de amar el campo,
supieron describir sus avatares y la lucha de sus gentes en este medio a modo
de un cuadro de especial belleza, pero también con toda el encarnizamiento
humano que, como fieras, su eterna lucha contra los elementos y el cielo les
proporcionaba la observación, particularmente en la meseta castellana. Aunque
no creo que haya alguien más certero sobre este particular, y nadie otro podría
ser como es, a mí parecer el caso de
Miguel Delibes, quien en su novela Las ratas nos narra la vida de un villorrio castellano,
de seguras raíces visigodas y de escaso nivel cultural, aunque eso sí, bien
conocedores de la naturaleza, particularmente por parte del Nini, un mozalbete
que junto a su tío el Ratero, se alojan en una cueva, de la que se sienten
propietarios y de la que, por nada del mundo, el Ratero quiere desprenderse, a
pesar de que su vida es la de apresar ratas en el ribazo del río, que luego
venderá y que en la taberna de Malvino asarán junto con un chorreón de vinagre.
La vida por los trojes del campo,
las cárcavas y la transmisión oral del viejo Centenario, como la observación
permanente y la memoria que guarda en estos pueblos cada hecho pasado, con el
respetuoso uso del santoral para recordar lo que aquel día pasado ocurrió o
cuando ha de sembrarse o trillar o recoger la siembra, forman parte del
calendario que el mismo Nini maneja a la perfección y que le haga acreedor a
que sus vecinos le consulten y le llamen cada vez que necesiten ayuda o mayor
información.
Aun cuando el Nini y su tío el
Ratero son los protagonistas del libro, es el campo y la vida humilde de un
pueblo castellano la que desfila por esta preciosa obra, con sus desventuras y
sus escasas alegrías, en una lucha perenne frente a la naturaleza y el amor a
su entorno, no siempre así entendido por la competencia de los furtivos, uno de
los cuales, Luis, de Torrecillórigo, terminará perdiendo la vida a manos del
Ratero que siempre consideró a las ratas su propiedad y que, junto a su sobrino
el Nini, siempre supo respetar la época de cría, de éstas como de aquellos
otros animales que cazaban para vivir.
En el desenlace de esta obra,
sangrienta y cruel, el primitivismo del hombre se hace presente en ese
sentimiento de posesión, aunque sea de simples ratas, a pesar de la
inteligencia natural del chiquillo que ya predice que nadie les entenderá y que
tendrán que abandonar la cueva, dando así satisfacción a Justino, el alcalde,
que siempre quiso derribarla o compensar económicamente al Ratero para que la
desalojara y así dar satisfacción al Gobernador civil, pues no era una buena
muestra para el turismo.
Además de una hermosa descripción
de los trabajos del campo, la descripción de los vecinos y el medio en el que
viven, Delibes emplea el español con la maestría de un viejo castellano, de
profunda raigambre campesina y de un sesgo literario nada fácil de encontrar
hoy día, quizás por el avance mecánico y el abandono humano de esos campos, de
esas viviendas hechas de adobe y de esa misma libertad que la urbanidad pronto
va engullendo.

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