lunes, 13 de octubre de 2025

LAS RATAS, DE MIGUEL DELIBES. La vida campesina de ayer en la meseta castellana.

 


                             LAS RATAS, DE MIGUEL DELIBES

A buen seguro que la literatura española ha contado siempre con escritores que, además de amar el campo, supieron describir sus avatares y la lucha de sus gentes en este medio a modo de un cuadro de especial belleza, pero también con toda el encarnizamiento humano que, como fieras, su eterna lucha contra los elementos y el cielo les proporcionaba la observación, particularmente en la meseta castellana. Aunque no creo que haya alguien más certero sobre este particular, y nadie otro podría ser como es, a mí  parecer el caso de Miguel Delibes, quien en su novela Las ratas nos narra la vida de un villorrio castellano, de seguras raíces visigodas y de escaso nivel cultural, aunque eso sí, bien conocedores de la naturaleza, particularmente por parte del Nini, un mozalbete que junto a su tío el Ratero, se alojan en una cueva, de la que se sienten propietarios y de la que, por nada del mundo, el Ratero quiere desprenderse, a pesar de que su vida es la de apresar ratas en el ribazo del río, que luego venderá y que en la taberna de Malvino asarán junto con un chorreón de vinagre.

La vida por los trojes del campo, las cárcavas y la transmisión oral del viejo Centenario, como la observación permanente y la memoria que guarda en estos pueblos cada hecho pasado, con el respetuoso uso del santoral para recordar lo que aquel día pasado ocurrió o cuando ha de sembrarse o trillar o recoger la siembra, forman parte del calendario que el mismo Nini maneja a la perfección y que le haga acreedor a que sus vecinos le consulten y le llamen cada vez que necesiten ayuda o mayor información.

Aun cuando el Nini y su tío el Ratero son los protagonistas del libro, es el campo y la vida humilde de un pueblo castellano la que desfila por esta preciosa obra, con sus desventuras y sus escasas alegrías, en una lucha perenne frente a la naturaleza y el amor a su entorno, no siempre así entendido por la competencia de los furtivos, uno de los cuales, Luis, de Torrecillórigo, terminará perdiendo la vida a manos del Ratero que siempre consideró a las ratas su propiedad y que, junto a su sobrino el Nini, siempre supo respetar la época de cría, de éstas como de aquellos otros animales que cazaban para vivir.

En el desenlace de esta obra, sangrienta y cruel, el primitivismo del hombre se hace presente en ese sentimiento de posesión, aunque sea de simples ratas, a pesar de la inteligencia natural del chiquillo que ya predice que nadie les entenderá y que tendrán que abandonar la cueva, dando así satisfacción a Justino, el alcalde, que siempre quiso derribarla o compensar económicamente al Ratero para que la desalojara y así dar satisfacción al Gobernador civil, pues no era una buena muestra para el turismo.

Además de una hermosa descripción de los trabajos del campo, la descripción de los vecinos y el medio en el que viven, Delibes emplea el español con la maestría de un viejo castellano, de profunda raigambre campesina y de un sesgo literario nada fácil de encontrar hoy día, quizás por el avance mecánico y el abandono humano de esos campos, de esas viviendas hechas de adobe y de esa misma libertad que la urbanidad pronto va engullendo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario