FORTUNATA Y JACINTA, DE BENITO
PÉREZ GALDÓS
Otro de los clásicos de la
literatura española, posiblemente también de la literatura universal, junto a
los Episodios Nacionales una de las obras más aclamadas del insigne escritor
canario don Benito Pérez Galdós, el eterno paseante de Madrid junto a Mesonero
Romanos, a quien injustamente no se le otorgó el Nobel, posiblemente por
presiones políticas de la época, cuando por su obra, tanto literaria como
teatral y su sentido histórico, probablemente sea después de Cervantes, el
escritor español más leído y celebrado, a la misma altura de un Shakespeare, Molière, Tolstoi,
Melville, Lorca, entre otros de los
autores que se sientan en primera fila en el Parnaso de las letras, donde las
musas los seguirán cuidado eternamente y que me hicieron ser muy pronto un
furibundo lector.
A su regreso de viaje, cuando
rondaba los cuarenta y cuatro años, de enero a junio de 1887, y en las Cortes
representaba una circunscripción de Puerto Rico, todavía perteneciente a la
Corona de España, se dispuso a entregar a la imprenta el trabajo que le ocupaba
sobre el paisaje y el paisanaje de aquel Madrid contemporáneo, donde se había
vivido la revolución del 68, la Noche de San Daniel en la Puerta del Sol,
siendo entonces él un estudiante de la universidad del viejo caserón de la calle
San Bernardo, que también vería el exilio de la reina Isabel II, la deposición
de la corona por parte de Amadeo I y su entusiasta y admirado Prim, la Primer República, con aquellos cuatro
presidentes: Figueiral, Pi y Margall, Salmerón y Castelar, con la toma del
Congreso por parte del general Pavía y la Restauración forjada por Cánovas del
Castillo. También daba curso a la tragedia por amor que soportarán dos mujeres
de distinta extracción social: Fortunata y Jacinta.
Cuando hoy día la misma Google o
Wikipedia le ponen a uno al corriente de la novela y de su autor, con tan solo
darle a una tecla, me será permitido creer que puedo añadir otro grano de arena
a quien a mí, la primera vez que tuve ocasión de leer Trafalgar, Miau y la
misma Fortunata y Jacinta, junto a Dostoievski, El Quijote, Dumas, Julio Verne y
Émile Zola, hizo posible que Madrid, como la tragedia de una España cuyos hijos
ya no eran conquistadores, ni formaban parte de los Tercios de Flandes, vagaban
como emigrantes por Europa, me resultara conocida, sobre todo a partir del
momento que, durante cinco años, de los más maravillosos de mi vida, también
fuera hospedado en esa Villa y Corte, trasegando por ese viejo Madrid de los
Austrias, por esa misma plaza de Pontejos, de la calle Ave María, de la Cava
baja, del restaurante Botín, quizás el más viejo de España, por los barrios de
la Latina, Chamberí, Palacio o por las calles de Arenal, Mayor, Alcalá, donde Galdós y los protagonistas de buena
parte de sus libros pasearon.
Puede que ese amor enfermo y
desinteresado de Fortunata, una humilde manola
de un Madrid decimonónico, como el de Jacinta, ésta otra de buena raigambre
burguesa con visos aristocráticos y esposa de Juan Santa Cruz, ambas sumamente
bellas. Fortunata con los modales y el lenguaje del pueblo, Jacinta con las
buenas maneras y el idioma transmitido por las nanies y la buena cuna de las nuevas herederas del comercio y la
especulación de sus padres y abuelos, en este siglo XXI se mire con desprecio y
sea difícil de entender y compartir, por
cuanto el divorcio rápidamente remedia las infidelidades, posiblemente no las
heridas en el corazón siempre las mismas, que en los años 1874 se dispuso a
retratar sobre el lienzo del papel, con la pluma y la tinta, el fino observador
de la naturaleza, la prosopopeya y la arquitectura madrileña, don Benito Pérez
Galdós.
Jacinta, la afortunada esposa del
guapo y adinerado diletante Juanito Santa Cruz, que para nada acepta los
ofrecimientos de Baldomero II, su padre, en invertir una parte de sus rentas en
nuevos negocios, tras obtener su licenciatura en Derecho, pasa su tiempo entre
las acostumbradas y diarias tertulias del café, la gozosa y exitosa persecución
del llamado género débil, a la vez
que con zalamerías y su sempiterno carácter de don Juan, conserva en buena
armonía su matrimonio y, pronto, su repentina, inopinada pasión por Fortunata,
una humilde dependienta en las covachuelas de la plaza Mayor, en la Cava Baja,
pero cuya estampa nada tendría que envidiar a cualquiera de las tres Gracias pintadas
por Rubens ni a la misma Maja desnuda de Goya, razón por la que se siente
prendado, mientras ella, de unos ojos arrebatadores y un pelo negro como el
azabache, si siente que ese acicalado joven es el amor de su vida, un verdadero
coup de foudre o flechazo.
Pronto, en su siempre
irrefrenable cacería tras las mujeres, Juan Santa Cruz se cansa de Fortunata y
rompe con ella, aunque ésta ha quedado embarazada y terminará perdiendo al hijo
que engendró, que, sin embargo, serviría postumamente para que un pariente, en
ese Madrid que trata de sobrevivir entre la casquería, la quincalla, la Milicia
nacional y luego la Guardia Civil, tratara de hacer negocio con el Pitusín y chantajear a Barbarita, la
madre del don Juan, que logra, aunque éste nunca crea que es su hijo y, un
familiar dedicado a las buenas obras, la santa Guillermina, lo recoja en la inclusa y las buenas obras que siempre
llevará a cabo, ayudando a aliviar la miseria de esos bajos fondos madrileños,
donde el aún Estado imperial, apenas socorre, más centrado en la corrupción
caciquil de la época como en las guerras que promueven por su liberación las
colonias del Caribe y Filipinas.
Fortunata, como una vil moneda,
pasará de mano en mano y tendrá que prostituirse, cuando Maximiliano Rubin, un
adefesio y desventurado estudiante de farmacia, de vestigios ancestrales judíos
por su sangre, se encuentre con ella, se enamore y termine casándose, entrando
a formar parte de una familia que regenta la Tía, Lupe de los pavos, viuda de Jáuregui, un militar que le dejó una
nada desdeñable herencia monetaria que ella, junto a un hábil y honesto
corredor bursátil, supo aumentar y proteger a sus tres sobrinos: Juan Pablo, un
carlista renegado; Nicolás, un cura a quien la glotonería era su mayor obsesión
y Maximiliano, el menor, a quien nunca amó la nueva sobrina de la Tía de los pavos.
Mientras su esposo Maximiliano
sufre el rechazo de la bella, ésta vuelve a reencontrarse con Santa Cruz, a
cuyos brazos se entrega dentro de un simón en la primer ocasión que éste la
vuelve a ver, mucho más mujer y mejorada del abandono que sufrió mientras se
prostituyó y ahora es casada.
El autor, en cada uno de los
capítulos de esta trágica novela, aprovecha para en sus títulos y en el mismo
discurrir del libro, conducirnos por los pasajes de la historia de España del
momento, toca ahora Reconciliación, en lugar de Restauración que era lo que
acontecía, la entrada de Alfonso XII, tras el Pronunciamiento de Sagunto en
1874 por el General Martínez Campos, motivo de titulares en aquella
Correspondencia, el Imparcial, la Época, periódicos que los chiquillos tronaban
por las calles y se pasaban de mano en mano por los cafés, junto con la leche y el terrón de azúcar o los vinos de Jerez y
Moriles, también triunfaban en los hogares
el juego del Tresillo, el Tute, el dominó y, en ocasiones, tras la misa en la
iglesia de san Ginés y de confesarse, en la calle Arenal, a escasos metros del
Palacio Real o del teatro de la Ópera, donde antaño estuviera la fuente del
Abroñigal, la taza de chocolate.
El libro está trufado de sutiles
premoniciones, una documentación farmacológica brillante, como la casi
imperceptible memoria de las tres salidas del Quijote. Cuando los botones hacen
su aparición, según los agujeros y el color de los mismos: negro y blanco, o es necesario aplicar la farmacopea sobre la
demencia de Rubín y tras el último alumbramiento de Fortunata y su fatal
desenlace. Tres serán los encuentros y desencuentros entre el nene, Santa Cruz, y su negra,
Fortunata.
La hostilidad a los cantones,
como también a esa España del funcionariado servil y que ni siquiera con la
Restauración de Cánovas sirvió para cambiar el rancio sistema que cada político
llevaba tras de sí, impuesto por un sistema de caciques, se plasma
perfectamente en los meandros de la novela y lo condena sutilmente el autor.
Fortunata solo alcanza un momento
de solaz mental y el soporte entusiasta, ya casi senil, de Feijoo, el alter ego
de Pérez Galdós, que le dará los consejos necesarios para saber sobrevivir y
volver nuevamente al seno de la familia Rubín y al patronazgo de la Tía Tula de
los pavos, insistiéndole en que sea práctica y en los rasgos que ha de conservar para conservar el orden y las apariencias, huyendo de los escándalos y la mala
educación.
Ya en el Final, Fortunata, que
había vuelto a caer en la red de Juan Santa Cruz, a pesar de las enseñanzas de
Feijoo, y quedar embarazada, es nuevamente abandonada y termina regresando a la
Cava baja, al lugar donde todo había empezado, donde por vez primera se enamoró,
donde dará a luz al verdadero Pitusín,
de nombre Juan Evaristo Segismundo, los hombres que más apreció ella, quien
antes de morir hará entrega del niño a Jacinta, certificando a la vez la
paternidad del disoluto Juan Santa Cruz.
En el libro su autor enfrenta los
dictados de la Iglesia en materia de matrimonio, frente a los dictaos de la naturaleza, como son en esta novela las
conversaciones y pensamientos que sostiene Fortunata en estimarse el verdadero
amor de Juan Santa Cruz, a pesar de que él ya estuviera casado con Jacinta,
como tampoco parece mostrar gran escándalo Guillermina, la más conspicua
defensora de la religión y de los mandamientos de Jesús.
Su autor es el narrador
omnisciente, tanto en la descripción que hace de aquel Madrid de 1874, como del
discurrir mental de los protagonistas y los interpretes accesorios, también del
momento político y del discurrir histórico de España.
En los diálogos, Galdós otorga a
cada interviniente la voz idiomática, las cadencias, períodos y lucidez mental
necesaria para fijar cada actor en su momento mental, su estado de ánimo y la
personalidad que le asigna, mientras varios años transitan por las páginas de
lo que, en principio, fueran cuatro volúmenes publicados, de una maestría
literaria difícil de superar y que, aunque hoy Fortunata y Jacinta,
probablemente hubieran hallado una más fácil solución, sin embargo, la fuerza
del amor de un hombre y una mujer, por mucho que gire la Tierra y avancen los
siglos y se impongan las tecnologías y los esperpentos, dudo que no siga
arraigándose con igual fuerza en lo más profundo del ser humano, como ayer y
como hoy, como cuando don Benito Pérez Galdós supo trasladar de su mente al
papel esta bellísima obra.

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