martes, 18 de noviembre de 2025

FORTUNATA Y JACINTA, DE BENITO PÉREZ GALDÓS.

 


FORTUNATA Y JACINTA, DE BENITO PÉREZ GALDÓS

Otro de los clásicos de la literatura española, posiblemente también de la literatura universal, junto a los Episodios Nacionales una de las obras más aclamadas del insigne escritor canario don Benito Pérez Galdós, el eterno paseante de Madrid junto a Mesonero Romanos, a quien injustamente no se le otorgó el Nobel, posiblemente por presiones políticas de la época, cuando por su obra, tanto literaria como teatral y su sentido histórico, probablemente sea después de Cervantes, el escritor español más leído y celebrado, a la misma altura  de un Shakespeare, Molière,   Tolstoi, Melville, Lorca,  entre otros de los autores que se sientan en primera fila en el Parnaso de las letras, donde las musas los seguirán cuidado eternamente y que me hicieron ser muy pronto un furibundo lector.

A su regreso de viaje, cuando rondaba los cuarenta y cuatro años, de enero a junio de 1887, y en las Cortes representaba una circunscripción de Puerto Rico, todavía perteneciente a la Corona de España, se dispuso a entregar a la imprenta el trabajo que le ocupaba sobre el paisaje y el paisanaje de aquel Madrid contemporáneo, donde se había vivido la revolución del 68, la Noche de San Daniel en la Puerta del Sol, siendo entonces él un estudiante de la universidad del viejo caserón de la calle San Bernardo, que también vería el exilio de la reina Isabel II, la deposición de la corona por parte de Amadeo I y su entusiasta y admirado Prim,  la Primer República, con aquellos cuatro presidentes: Figueiral, Pi y Margall, Salmerón y Castelar, con la toma del Congreso por parte del general Pavía y la Restauración forjada por Cánovas del Castillo. También daba curso a la tragedia por amor que soportarán dos mujeres de distinta extracción social: Fortunata y Jacinta.

Cuando hoy día la misma Google o Wikipedia le ponen a uno al corriente de la novela y de su autor, con tan solo darle a una tecla, me será permitido creer que puedo añadir otro grano de arena a quien a mí, la primera vez que tuve ocasión de leer Trafalgar, Miau y la misma Fortunata y Jacinta, junto a Dostoievski, El Quijote, Dumas, Julio Verne y Émile Zola, hizo posible que Madrid, como la tragedia de una España cuyos hijos ya no eran conquistadores, ni formaban parte de los Tercios de Flandes, vagaban como emigrantes por Europa, me resultara conocida, sobre todo a partir del momento que, durante cinco años, de los más maravillosos de mi vida, también fuera hospedado en esa Villa y Corte, trasegando por ese viejo Madrid de los Austrias, por esa misma plaza de Pontejos, de la calle Ave María, de la Cava baja, del restaurante Botín, quizás el más viejo de España, por los barrios de la Latina, Chamberí, Palacio o por las calles de Arenal, Mayor, Alcalá,  donde Galdós y los protagonistas de buena parte de sus libros pasearon.

Puede que ese amor enfermo y desinteresado de Fortunata, una humilde manola de un Madrid decimonónico, como el de Jacinta, ésta otra de buena raigambre burguesa con visos aristocráticos y esposa de Juan Santa Cruz, ambas sumamente bellas. Fortunata con los modales y el lenguaje del pueblo, Jacinta con las buenas maneras y el idioma transmitido por las nanies y la buena cuna de las nuevas herederas del comercio y la especulación de sus padres y abuelos, en este siglo XXI se mire con desprecio y sea difícil de entender y compartir,  por cuanto el divorcio rápidamente remedia las infidelidades, posiblemente no las heridas en el corazón siempre las mismas, que en los años 1874 se dispuso a retratar sobre el lienzo del papel, con la pluma y la tinta, el fino observador de la naturaleza, la prosopopeya y la arquitectura madrileña, don Benito Pérez Galdós.

Jacinta, la afortunada esposa del guapo y adinerado diletante Juanito Santa Cruz, que para nada acepta los ofrecimientos de Baldomero II, su padre, en invertir una parte de sus rentas en nuevos negocios, tras obtener su licenciatura en Derecho, pasa su tiempo entre las acostumbradas y diarias tertulias del café, la gozosa y exitosa persecución del llamado género débil, a la vez que con zalamerías y su sempiterno carácter de don Juan, conserva en buena armonía su matrimonio y, pronto, su repentina, inopinada pasión por Fortunata, una humilde dependienta en las covachuelas de la plaza Mayor, en la Cava Baja, pero cuya estampa nada tendría que envidiar a cualquiera de las tres Gracias pintadas por Rubens ni a la misma Maja desnuda de Goya, razón por la que se siente prendado, mientras ella, de unos ojos arrebatadores y un pelo negro como el azabache, si siente que ese acicalado joven es el amor de su vida, un verdadero coup de foudre o flechazo.

Pronto, en su siempre irrefrenable cacería tras las mujeres, Juan Santa Cruz se cansa de Fortunata y rompe con ella, aunque ésta ha quedado embarazada y terminará perdiendo al hijo que engendró, que, sin embargo, serviría postumamente para que un pariente, en ese Madrid que trata de sobrevivir entre la casquería, la quincalla, la Milicia nacional y luego la Guardia Civil, tratara de hacer negocio con el Pitusín y chantajear a Barbarita, la madre del don Juan, que logra, aunque éste nunca crea que es su hijo y, un familiar dedicado a las buenas obras, la santa Guillermina, lo recoja en la inclusa y las buenas obras que siempre llevará a cabo, ayudando a aliviar la miseria de esos bajos fondos madrileños, donde el aún Estado imperial, apenas socorre, más centrado en la corrupción caciquil de la época como en las guerras que promueven por su liberación las colonias del Caribe y Filipinas.

Fortunata, como una vil moneda, pasará de mano en mano y tendrá que prostituirse, cuando Maximiliano Rubin, un adefesio y desventurado estudiante de farmacia, de vestigios ancestrales judíos por su sangre, se encuentre con ella, se enamore y termine casándose, entrando a formar parte de una familia que regenta la Tía, Lupe de los pavos, viuda de Jáuregui, un militar que le dejó una nada desdeñable herencia monetaria que ella, junto a un hábil y honesto corredor bursátil, supo aumentar y proteger a sus tres sobrinos: Juan Pablo, un carlista renegado; Nicolás, un cura a quien la glotonería era su mayor obsesión y Maximiliano, el menor, a quien nunca amó la nueva sobrina de la Tía de los pavos.

Mientras su esposo Maximiliano sufre el rechazo de la bella, ésta vuelve a reencontrarse con Santa Cruz, a cuyos brazos se entrega dentro de un simón en la primer ocasión que éste la vuelve a ver, mucho más mujer y mejorada del abandono que sufrió mientras se prostituyó y ahora es casada.

El autor, en cada uno de los capítulos de esta trágica novela, aprovecha para en sus títulos y en el mismo discurrir del libro, conducirnos por los pasajes de la historia de España del momento, toca ahora Reconciliación, en lugar de Restauración que era lo que acontecía, la entrada de Alfonso XII, tras el Pronunciamiento de Sagunto en 1874 por el General Martínez Campos, motivo de titulares en aquella Correspondencia, el Imparcial, la Época, periódicos que los chiquillos tronaban por las calles y se pasaban de mano en mano por los cafés,  junto con la leche y  el terrón de azúcar o los vinos de Jerez y Moriles,  también triunfaban en los hogares el juego del Tresillo, el Tute, el dominó y, en ocasiones, tras la misa en la iglesia de san Ginés y de confesarse, en la calle Arenal, a escasos metros del Palacio Real o del teatro de la Ópera, donde antaño estuviera la fuente del Abroñigal, la taza de chocolate.

El libro está trufado de sutiles premoniciones, una documentación farmacológica brillante, como la casi imperceptible memoria de las tres salidas del Quijote. Cuando los botones hacen su aparición, según los agujeros y el color de los mismos: negro y blanco,  o es necesario aplicar la farmacopea sobre la demencia de Rubín y tras el último alumbramiento de Fortunata y su fatal desenlace. Tres serán los encuentros y desencuentros entre el nene, Santa Cruz, y su negra, Fortunata.

La hostilidad a los cantones, como también a esa España del funcionariado servil y que ni siquiera con la Restauración de Cánovas sirvió para cambiar el rancio sistema que cada político llevaba tras de sí, impuesto por un sistema de caciques, se plasma perfectamente en los meandros de la novela y lo condena sutilmente el autor.

Fortunata solo alcanza un momento de solaz mental y el soporte entusiasta, ya casi senil, de Feijoo, el alter ego de Pérez Galdós, que le dará los consejos necesarios para saber sobrevivir y volver nuevamente al seno de la familia Rubín y al patronazgo de la Tía Tula de los pavos, insistiéndole en que sea práctica y en los rasgos que ha de conservar para conservar el orden y las apariencias, huyendo de los escándalos y la mala educación.

Ya en el Final, Fortunata, que había vuelto a caer en la red de Juan Santa Cruz, a pesar de las enseñanzas de Feijoo, y quedar embarazada, es nuevamente abandonada y termina regresando a la Cava baja, al lugar donde todo había empezado, donde por vez primera se enamoró, donde dará a luz al verdadero Pitusín, de nombre Juan Evaristo Segismundo, los hombres que más apreció ella, quien antes de morir hará entrega del niño a Jacinta, certificando a la vez la paternidad del disoluto Juan Santa Cruz.

En el libro su autor enfrenta los dictados de la Iglesia en materia de matrimonio, frente a los dictaos de la naturaleza, como son en esta novela las conversaciones y pensamientos que sostiene Fortunata en estimarse el verdadero amor de Juan Santa Cruz, a pesar de que él ya estuviera casado con Jacinta, como tampoco parece mostrar gran escándalo Guillermina, la más conspicua defensora de la religión y de los mandamientos de Jesús.

Su autor es el narrador omnisciente, tanto en la descripción que hace de aquel Madrid de 1874, como del discurrir mental de los protagonistas y los interpretes accesorios, también del momento político y del discurrir histórico de España.

En los diálogos, Galdós otorga a cada interviniente la voz idiomática, las cadencias, períodos y lucidez mental necesaria para fijar cada actor en su momento mental, su estado de ánimo y la personalidad que le asigna, mientras varios años transitan por las páginas de lo que, en principio, fueran cuatro volúmenes publicados, de una maestría literaria difícil de superar y que, aunque hoy Fortunata y Jacinta, probablemente hubieran hallado una más fácil solución, sin embargo, la fuerza del amor de un hombre y una mujer, por mucho que gire la Tierra y avancen los siglos y se impongan las tecnologías y los esperpentos, dudo que no siga arraigándose con igual fuerza en lo más profundo del ser humano, como ayer y como hoy, como cuando don Benito Pérez Galdós supo trasladar de su mente al papel esta bellísima obra.

 

 

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