RAMÓN J. SENDER, EN LA VIDA DE
IGNACIO MOREL, PREMIO PLANETA 1969
Cuando en 1969 el Planeta
premiaba al escritor Ramón J. Sender, nacido en Chalanera (Aragón) el año 1901,
fallecería en San Diego (EEUU) en 1982, lo hacía en la persona de un exiliado y
claro activista republicano, que además de ser el cofundador durante la
República de la asociación de Amigos de la Unión Soviética, había participado
como soldado y alcanzado el grado de Alférez en la Guerra Civil, también un
precoz escritor, pues con 17 años se había iniciado en la literatura y pronto
como periodista en el Imparcial, El País, España Nueva y La Tribuna. De él
también cabe añadir que su primera esposa y su hermano fueron fusilados por los
sublevados en Huesca y Zamora, teniendo que confiar a dos de sus pequeños hijos tras la frontera, mientras él seguía su
decidida apuesta revolucionaria en las filas del ejército Popular.
La historia que nos narra es la
vida de Ignacio Morel, un español emigrado a Francia con sus padres, cuando
cuenta dos años, y que aún señalado como meteco,
como siempre por la perversa sociedad nacionalista francesa, se considera ciudadano francés, tras
ver a su padre muerto en el maquis luchando
contra los alemanes y su madre fallecida trabajando en un hospital, y que, a
pesar de oír siempre en su hogar sangre, odio y miedo, restos del naufragio de
la República española y consecuencias de la guerra civil, se había convertido
en profesor de liceo y escritor, tiene treinta años y carece de educación
mundana, valga añadir amatoria.
No obstante, se siente atraído
por la esposa de un comerciante de telas, Marcelle Saint Julien, que le ha
expresado su felicitación por el relato que en público había hecho del cuento Los cuatro enanitos: una tragedia para marionetas, en la que la
niña Güendoline se va a casar con un rico enano, a pesar de la contrariedad e
indignación que le produce a su
Doncella, hasta que aparece el apuesto y borracho mecánico John, que ha de
arreglar el coche que en la cochera, con sus gases, ha matado a tres enanos
bailarines que Güendoline y la Doncella habían escondido, temerosas de los
celos del futuro esposo, el enano y rico Nabuco, mientras éste se había
ausentado para ultimar la compra de una isla del Caribe como regalo de bodas, y
que también matará John, confundido con los otros tres enanos que Güendoline y
la Doncella habían tratado de ocultar como uno solo en el circo donde
trabajaban. La Doncella y Güendoline se quedarán sin el enano rico, mientras
marcan el teléfono de la policía y John no estaba seguro si no le volvería aparecer
un enano, ya que el que mató bien le decía que era el millonario Smith, aunque
a John le pareciera un truco un enano y rico: - “¿Dónde se ha visto un
millonario enano”, mientras se marcha tarareando una polca y cae el telón.
Un viernes venusto, como de costumbre para ir a Paris desde
Argenteuil, en la parada de los taxis Ignacio se encuentra a Marcelle, que
viaja para ver a su marido enfermo en un hospital, razón por la que desde este
momento, apretujados entre los demás viajeros y ella sobre las rodillas de
Ignacio, pues entonces los taxis del extra radio parisino no partían hasta no
tener completadas las 5 o 6 plazas empezará el idilio amoroso que culmina en la
habitación de un hotel donde, una vez concluida la cópula, Ignacio cree que
está dormida o desmallada o sufriendo un ataque de catalepsia, aunque en
realidad está muerta repentinamente, por lo que huye espantado del hotel
Mercure, donde se habían alojado con un nombre supuesto: Monsieur et madame
Lambert, y no sabe cómo poder explicar la situación a la policía o al mismo
esposo enfermo Monsieur Maisonnave o a los Dubois donde se aloja él.
“Se puede matar a una persona con
el gozo sexual unido a una suprema vergüenza”, eran algunas de las preguntas
que en su mente se hacía el sábado Ignacio, mientras el sirviente asiático de
los Maisonnave, Thuan se ocupaba del niño hidrocéfalo de los anfitriones de la
casa y éste empezaba a temer que ya se
hubiera expandido la noticia y el hallazgo de la muerta esposa de Saint-Julien,
a quienes sin embargo los periódicos habían empezado a relatar el caso, aunque
de la autopsia se sabía que había fallecido de muerte natural.
Entre sus miedos, la vergüenza de
no saber cómo afrontar la mirada del esposo Saint-Julien, demandándole una explicación
recibe la llamada telefónica de Catherine, la novia de su amigo argelino Darlbeida
anunciándole que está encarcelado y que pide verlo.
El domingo Ignacio recibe una
nota de la comisaría de policía rogándole que se persone allí. Tras las
pesquisas e interrogatorio del comisario, en sala aparte, éste le pregunta
sibilina y admirativamente: “cómo lo hizo para que se muriera en plena acción” concsciente de que no era
culpable.
-¿Qué le hizo usted a Marcelle,
aquí, entre amigos? Que le hiciera el comisario, le seguiría rondando la
cabeza, al igual que a Catherine, conocedora de la noticia, por lo que le sugiere
que cambie el final de su cuento, a la vez que el tamaño de algunos personajes
y en entrevista con el ya viudo Saint-Julien, recuperado de su enfermedad, le
mentía sobre lo acontecido, a pesar del acoso que algunas mujeres, como una amiga
de Marcelle, Mme Renoir le hiciera, regalándole el libro de las Mil y una
noches, cuando él lo único que hizo fue amar y desear a Marcelle.
Siguió corrigiendo los exámenes
de Pascua de sus alumnos, seguro de no haber podido conocer el amor y
percatarse que uno nunca juega con la vida, que es ella quien juega con
nosotros y debemos humildemente aceptarlo.

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