sábado, 25 de abril de 2026

UN MILLÓN DE MUERTOS, DE JOSÉ MARÍA GIRONELLA, LA GUERRA CIVIL DE ESPAÑA CONTADA COMO NOVELA POR UNO DE SUS INTERVINIENTES

 


UN MILLÓN DE MUERTOS, DE JOSÉ Mª GIRONELLA

En 1954, el ampurdanés José María Gironella, tras su exitosa y premiada novela de los Cipreses creen en Dios, hasta el año 1960, se lanzó a la aventura de escribir lo que fue la guerra civil desde la óptica de los vecinos de Gerona y, principalmente, desde el protagonismo de la familia Alvear, titulando su nueva obra Un millón de muertos, empezando por una aclaración que él consideró indispensable, en el que nos anuncia que se trata de una trilogía, que empezó en las postrimerías de la República y que finalizará en Ha estallado la paz.

En esta novela y tras la dedicatoria a todos los muertos de la Guerra Española de 1936 a 1939 , los distintos capítulos en que la divide: Primera Parte, del 30 de julio al 1 septiembre de 1936; Segunda Parte, del 1 de septiembre al 31 de marzo de 1937; Tercera Parte, del 31 de marzo de 1937 al 25 de diciembre de 1937; Cuarta Parte, del 25 de diciembre de 1937 al 1 de abril de 1939 y el Censo de Personajes, es todo un alegato a la barbarie que España sufrió por parte de los dos bandos que, sin ningún recato, llevaron a cabo una sangrienta disputa, unas veces por cuestiones ideológicas, otras por sentimiento religioso, en otras por envidia, frustración y un odio lacerado que se había apoderado de la gran mayoría, sin que, no obstante, hubiera compuerta alguna que lo pudiera frenar, pues parecía engendrado desde lo más profundo del ser humano, como, quizás, de esa misma tierra dura y seca, en la que el campesino, desde tiempo inmemorial, con su arado arcaico  trató de obtener los frutos que luego un terrateniente se apropiaba.

En la Primera Parte, su autor nos va desgranando cómo los Generales Franco, desde Canarias; Queipo de Llano, en Sevilla; Emilio Mola con sus Requetés y desde Pamplona; Sanjurjo, en Portugal o Goded en Barcelona y Moscardó, entonces Coronel,  en el Alcázar de Toledo, entre otros, han iniciado el Golpe que será conocido como el Alzamiento. Y de qué manera apresurada, tras el puente entre las posesiones españolas de África y Cádiz, el ejército colonial español, ayudado por la aviación italiana que enviara como voluntarios Mussolini, irá subiendo por la Ruta de la Plata hacia Badajoz, que pronto conquistan, destino Madrid, al igual que desde el Norte, el movimiento militar trata de hacer lo mismo, converger hacia la capital.

No hay referencia alguna al asesinato de Calvo Sotelo, bastante a las arengas radiofónicas desde Sevilla de Queipo, como también la muestra de la inoperancia del gobierno republicano en detener a los rebeldes, por lo que sabremos que Lo malo de la política es que los hombres dejan de ser sólo hombres y pasan a ser hombres con leyenda, muy a menudo desafortunada y negra, cometiendo actos que los hacían irreconciliables.

No en todo el territorio nacional cuajó el levantamiento militar, tanto es así que en las grandes ciudades y centros industriales fracasó, como en Madrid, Barcelona, Valencia, Málaga, Bilbao,  por lo que en uno y otro lado la represión fue despiadada, caso de Granada, donde se destacaron varios individuos: el Comandante Valdés Guzmán y fuerzas falangistas, también por parte gubernamental, García Atadell, en Madrid; Aurelio Fernández, en Barcelona y Vicente Apellániz, en Valencia, éste último alardeando que había matado tantos fascistas “que podía encender un pitillo en la boca del fusil”.

García Atadell sólo asesinaba a burgueses, militares y curas, en tanto que en Barcelona, Aurelio Fernández fusilaba también a rivales suyos políticos e incluso a policías de la Generalidad. En Atarazanas ordenó una riza contra los maquereaux y se decía que en sus “cárceles particulares” se ensayaban métodos de suplicio. ¡Las checas!, el vocablo empezaba a hacerse popular, lo había en Barcelona en la calle Muntaner, 321, bajo control comunista, en cuyas paredes habían sido dibujados varios tableros de ajedrez, así como figuras geométricas a todo color, que causaban a los detenidos crisis nerviosas.

En Gerona, las “checas” estaban al mando de Cosme Vila, personaje comunista de ficción en la novela, que lo tenía en la calle Pedret, otra en el Barrio de la Estación.

Además de las checas y de las cárceles estrambóticas, había las cárceles normales, de plantilla, como las Modelo de Madrid y Barcelona.

Trato aparte lo merecían los “chivatos”, los milicianos desconocidos enviados allí , fingiéndose presos. Los llamaban “submarinos”.

Tres clases de reclusos componían el elenco interno: militares, civiles y de delitos comunes.

También se hablaba de batallones de trabajadores, o brigadas de trabajo con los presos. Cinco estaban en territorio “rojo”. Tres en Cataluña, uno en Tarancón y otro en Torrejón.

Cierto es que todos y cada uno de los capítulos de esta novela, dentro de su intento de mostrar cierta ecuanimidad y denuncia de los atropellos fueran de quienes fueran, es visto desde el prisma de la rebelión, aún en esa Gerona del lado de la República, los disidentes, como es la familia Alvear y su entorno, declarados falangistas o proclives a los rebeldes, caso de Mateo, Ignacio, Matías Alvear, su esposa, Pilar, Marta y otro puñado de vecinos, por lo que tendrán que cruzar la frontera o intentar pasarse al otro bando, sobre todo tras el asesinato de César a manos de los milicianos, que era un seminarista e hijo de Matías y Carmen Elgazu, hermano de Ignacio y Pilar.

Indalecio Prieto, socialista y Ministro, diría que lo que más miedo le daba en este mundo era un requeté después de comulgar, y no le faltaban razones, pues pronto conquistaron San Sebastián, alcanzaron la frontera de Irún y se lanzaron contra Madrid, siendo detenidos por los milicianos en la sierra del Guadarrama, a las puertas de la capital, mientras Yagüe, Teniente Coronel, ayudado también por Portugal, pronto ocupó todo el Este, unido a los militares procedentes de Galicia, comandados por el Coronel Antonio Aranda.

La F.A.I., con las columnas de Ortiz, Ascaso y con Durruti a la cabeza, desde Barcelona, lanzaron a todos sus confederados para intentar recuperar Zaragoza, tras la entrega de armamento al pueblo por parte del Presidente de Gobierno Giral, el 19 de julio de 1936, después de que el 18 de julio Casares Quiroga y Martínez Barrio fracasaran en su intento de detener el Golpe de Estado, en conversación telefónica mantenida con el General Mola.

No gran fortuna tuvieron los anarquistas por las carreteras, caminos y pueblos de Aragón. Ascaso lo hizo hacia Huesca, Ortíz hacia Teruel, mientras que Pérez Farrás y Durruti se dirigieron objetivo Zaragoza.

Ascaso era poco hablador, bastante singular, con unos prismáticos enormes y negros, que habían pertenecido al Abad de Montserrat. Durruti, además de odiar a los comunistas, parecía una verdadera torre humana, ya en Barcelona y en el Sur de España, contaba con innumerables seguidores, que en esta ofensiva hacia Zaragoza amplió otorgando a sus fieles vales para una dormida con una mujer fascista y asesinando a mujeres atacadas de enfermedad y homosexuales que estaban dentro de un vagón en vía muerta de una estación de ferrocarril, en Bujaraloz, mientras un almeriense, Sidonio de nombre, que había visto en un circo a una mujer-cañón y se empeñaba que lo disparasen a él como a la mujer del circo. “Caeré sobre los fascistas y ¡zas!”

Pocos admitían la posibilidad de una larga lucha y cada bando daba por descontado su victoria, cuando el clima de guerra todo lo absorbía y se sucedían los decretos militares, uno de ellos ordenando el saludo oficial en adelante, el puño cerrado a la altura de la sien, o para los que llevaran fusil, el puño cerrado en medio del pecho.

En los puertos abundaban los buques-prisión, como el Villa de Madrid y el Uruguay, en Barcelona; el España número 3, en Cartagena; el Sister en Gijón; los Altuna-Medi y Cabo Quilates, en Bilbao; el Isla de Menorca, en el Grao, etc. En Almería, los presos tenían que salir a cubierta para hacer sus necesidades y los milicianos de vigilancia en los muelles se mofaban de ellos y las milicianas los observaban con prismáticos.

Excluyendo la comida agusanada, los mayores tormentos solían ser el hedor de las letrinas y el sueño en voz alta de algunos detenidos durante la noche.

En Barcelona dos fuerzas anarquistas se disputaban el control del proletariado, siendo la FAI la que supo incautarse pronto de los servicios capitales: Teléfonos, Espectáculos, Tranvías y el Palacio de Justicia.  Las fuerzas políticas de la Generalidad, a cuya cabeza estaba Companys, habían perdido la hegemonía, aunque con ellos estaban los masones, la Guardia Civil, Esquerra republicana, una pequeña porción de militares, también el POUM, socialistas, comunistas, Trotsquistas, los milicianos, enemigos todos de la Iglesia, la CEDA, la Liga catalana, los monárquicos y la Falange de José Antonio Primo de Rivera, encarcelado en Alicante.

Si Mussolini inició la ayuda a los rebeldes, con el envío de los aviones que hicieron posible cruzar el Estrecho cargados de soldados de la legión y fuerzas moras, Hitler procuraría convertir a España en un campo de experimentación bélica, mientras que Stalin, por el contrario, trataba de lanzar a las democracias occidentales contra Hitler y muy pronto ayudando a la República con técnicos en armamento, material, a menudo obsoleto y comisarios de guerra, dispuestos a hacer prosélitos y que la “gran Casa, Moscú”, fuera quien ordenaba la respuesta que había que darle a los fascistas.

Stalin y sus asesores sabían bien que su catecismo soviético era imposible que se asentara en España, por nuestro pasado histórico, la cultura y las gentes, a la vez que Azaña siempre fue consciente de que los españoles eran antirrepublicanos, razón del mismo lenguaje y las expresiones populares: comer en república, sinónimo de comer abundante y mal, o esas otras empleadas por los ateos de UGT: pagar religiosamente la cuota. También lo pintoresco de que las prostitutas de Barcelona fundaban el “Sindicato del Amor”, o que tres jefes del Estat Català tiraran a las Ramblas, desde una azotea, como si fueran papeles, un montón de Hostias consagradas y que un nacionalista vasco, que no podía comulgar porque inadvertidamente había comido pan con chocolate, salió de la iglesia y, llevándose los dedos a la garganta, se provocó el vómito. Entre estos ejemplos o ese otro: “¿Qué tal amigo, qué hace usted aquí?”, y la contestación: “matando el tiempo”, los rusos tenían claro que aquel país lejano de Occidente, también era una buena piedra de toque para medir sus fuerzas, su organización comunista y ayudar a su incipiente industria armamentística, bien pagada por el oro español, cuyos depósitos en ese momento eran de los tres más importantes del mundo.

El 6 de agosto, Franco se trasladó de Tetuán a la Península, aterrizó en el aeródromo de Sevilla, para tomar personalmente a su cargo el mando de las tropas en busca de la “unidad”, esa misma que carecía el ejército popular. De Canarias salió el 17 de julio, habiendo hecho escala en Casablanca y, al parecer, disfrazado de mora para pasar inadvertido. La muerte de Sanjurjo, en accidente al despegar su avión, dejaba en sus manos y las de Mola la responsabilidad de las operaciones y de la organización de la retaguardia. Conquistada la ciudad de Huelva, la columna del Sur proseguía su avance por la frontera de Portugal, en tanto que las unidades que bajaban del Norte, estaban detenidas en Somosierra y en lo alto del Guadarrama, por los comunistas y socialistas salidos de Madrid. Mola tras alcanzar Irún, cortó al enemigo su comunicación con Francia por Hendaya.

Frente a los rebeldes, el Gobierno republicano disponía de unos cuantos jefes competentes, entre los que destacaba el general Miaja y los coroneles Villalba, Rojo y Mangada.

En Gerona su población vivió pendiente de todos los acontecimientos gracias a la radio, la prensa y el rumor público. Supo de la condena a muerte y ejecución, previo Consejo de Guerra, de los militares sublevados en Barcelona, y de las reiteradas tentativas de suicidio del general Goded. Supo del fusilamiento y voladura del monumento  al Sagrado Corazón de Jesús erguido en el Cerro de los Ángeles, en el centro geográfico de la Península Ibérica y de la resistencia del coronel Moscardó en Toledo, de Oviedo, de Huesca y del Santuario de Nuestra Señora de la cabeza, en Andújar. Contaba entonces el autor de este libro diecinueve años.

Mientras del lado republicano los jóvenes se alistaban en el ejército popular o miliciano, también dentro de las fuerzas que cada partido y sindicato contaban,  en el de los ahora llamados “nacionales”, los seguidores de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange, con sus 27 preceptos, eran llamados “flechas” y “pelayos” los requetés.

Los militares siempre fueron perseguidos en el campo republicano, como los obispos, muchos de los cuales ya había caído, bajo la llamada justicia del pueblo: el de Jaén, el de Almería el de Ciudad Real.

Las consignas para infundir ánimo o exaltar la combatividad inundaban de pasquines y rótulos las calles y carreteras: “¿Tú que haces para ganar la guerra?”, mientras en el campo de batalla, la Prensa se hacía eco de las necesidades del soldado, con el llamado “Buzón del miliciano”, herramienta para socorrerles, pero también que daba información sobre el lugar y el estado de las fuerzas republicanas.

En el segundo capítulo, las fuerzas “nacionales” desde Galicia tratan de enlazar con el general Aranda, cercado por los mineros asturianos en Oviedo, mientras las fuerzas del general Mola arrollaban al Ejército vasco hasta cortarle la frontera con Francia, parte del cual derrotado se replegó en Bilbao, llevándose en calidad de rehenes a muchas mujeres (La eterna valentía de los vascos, que en el siglo XX conoceremos con sus asesinatos de inocentes, por la espalda y con la Goma 2 en los bajos de los coches, o el encarcelamiento inhumano en zulos, una raza capaz del continuo golpe de pecho y comulgar, como la de la mayor vileza, quizás fruto de su peculiar factor sanguíneo o del terruño, integrados en ETA o en el partido político de Bildu).

Irún fue incendiado. San Sebastián quedó casi intacto, en la maniobra, la escasa Marina “nacional”, prestó gran ayuda, mientras la “roja” se refugiaba en el Mediterráneo.

La victoria del general Mola en un sector tan estratégico como la provincia de Guipúzcoa desató en toda la zona “nacional”, desde Galicia y Castilla hasta Extremadura y Andalucía, una explosión de entusiasmo.

El tercer hecho de armas más importante de aquel mes de septiembre fue la toma de Badajoz y en conse cuencia la unión, el enlace de los Ejércitos “nacionales” del Sur y del Norte, dirección Toledo, cuyo Alcázar seguías resistiendo.

El cuarto hecho de armas de aquel mes de septiembre fue el aborto de la expedición catalana a Mallorca, a las órdenes del capitán Bayo, expedición formada por unos 14.000 hombres, así como el Gremio de los camareros voluntarios gerundenses, bajo la bandera de la Generalidad de Cataluña y no bajo la bandera de la República.

Por estas fechas, la República cuenta con doce submarinos, aunque temen no saber regresar a flote después de la inmersión, mil marcas distintas de aviones y ya la política de NO INTERVENCIÓN ideada por Gran Bretaña y secundada por Francia, solo hacían posible de Francia los 50 aviones Potez que consiguieron de Leon Blum y del ministro de Aire francés Pierre Cot. Los principales jerarcas de la Armada han sido arrojados al mar por la clase de marinería y ahora no saben manejar las naves.

El ejército popular empieza a contar con destacados jefes extraídos casi analfabetos, pero con un desparpajo y una inteligencia natural brillante, son los Líster, un ex cantero gallego; un guerrillero extremeño, apodado el Campesino; un albañil madrileño, Modesto (que derrotará a los italianos en la batalla de Guadalajara), que levantan trincheras a cordel y sin calcular los ángulos muertos, mientras los “nacionales” lo hacen en zigzag.

A finales de otoño de 1936, los “nacionales” contaban con ochenta cazas por trescientos veintitrés sus adversarios, ciento que del más variado origen los aparatos de los “rojos”, además de la escasa combatividad de la mayoría de los pilotos extranjeros, contratados a sueldo eludían en lo posible internarse en campo enemigo, limitándose a una labor defensiva.

En la aviación “roja”, bautizada La Gloriosa por parte de la prensa, destacaban el piloto Rexach; los franceses Gilles y Bourjois y los ingleses Griffith y Martin Drew. En la aviación “nacional”, fueron célebres el capitán Carlos Haya y García Morato, cuya divisa era; “Vista, suerte y al toro”.

En cuanto a la Marina, la superioridad numérica de las unidades “rojas” seguía siendo aplastante y muy escasa su actividad. Por contraste, los “nacionales” se mostraban eficaces en la vigilancia de los puertos enemigos.

La guerra se extendía cada vez más, lo mismo que la crueldad en la retaguardia. En Almería, una miliciana le decía a su hijito: “A ver,  monín, pon la cara que ponían los fascistas en la playa, cuando los mataban.”

En el bando “rojo”, la autoridad seguía dispersa, escondidas las opiniones en el bando “nacional” , dirigido por una Junta de Defensa, instalada en Burgos, que decidió nombrar un jefe único, un jefe de Gobierno que centralizara en sus manos la responsabilidad, que, tras varias incidencias, recayó sobre el General Franco, por considerar que éste reunía en su persona la experiencia, la juventud, la serenidad y su inveterado conocimiento de los asuntos de Marruecos, aspecto básico cuando las fuerzas moras se derramaban por los campos de batalla, aunque el general Mola seguía dirigiendo las fuerzas “nacionales” del Norte, en el Sur estaba el general Queipo de Llano, (consuegro de Niceto Alcalá Zamora) y al defensor del Alcázar, ya liberado, general Moscardó, se le confió la división que se organizaba en Soria.

Los protagonistas de ficción de esta novela, la familia Alvear, los sacerdotes, los monárquicos, los falangistas, los comunistas, los socialistas, los trotsquistas, masones, anarquistas, la Liga catalana, los milicianos y el conjunto de militares  siguen el azaroso discurrir de la vida, según sea el bando al que pertenezcan, aunque en su mayoría el autor los vincula a Gerona, que ve como la Generalidad acaba de crear las cartillas de racionamiento, en un Decreto publicado el 13 de octubre, y martes.

En todos ellos, el recuerdo de la Dehesa, Montilivi, la catedral y su escalinata, las calles de antigua presencia judía, el Gerona C.F , los ríos el Ter y el Oñar, donde Matías Alvear acostumbraba a ir a pescar, la banca Arús, telégrafos o el Seminario, donde entonces estaban encarcelados los “fascistas” y sacerdotes, conforme se pasaban al otro bando o tuvieron que exiliarse, siempre estuvo en la memoria de todos ellos.

Cayó el Gobierno de Giral y asumió la Presidencia el jefe socialista Largo Caballero, conocido como el Lenin español, un 4 de septiembre de 1936, quien además tomaba la cartera del ministerio de la Guerra y eran adjudicadas a la FAI las carteras de Industria, Comercio, Justicia y Sanidad, y daba entrada a los nacionalistas vascos. Largo caballero estaba deseoso de implantar en España la dictadura del proletariado, el marxismo independientemente de Moscú, conocido como “la Casa”.

En este momento, la Milicia contará con mando único, obedeciendo todos los milicianos de los distintos  partidos una única voz, por lo que se decretaba la disolución de los Comités Antifascistas, que en cada pueblo actuaban por cuenta propia y sin rendirle cuentas a nadie.

El anarquista García Oliver, ministro de Justicia, despreciado por el Presidente de la República, don Manuel Azaña, por considerarlo un asesino y pistolero, dio vía libre al establecimiento de las “checas”, que empezaron en Valencia y en Madrid, a la vez que la 5ª columna, germinaba en la sombra, organizado por muchachas falangistas, el llamado Auxilio Azul.

El Comité de No Intervención solía ser burlado por ambos contendientes, pues en París, Londres, Copenhague, Amsterdam, Zurich, Varsovia, Bruselas y Praga, pululaban compradores y vendedores de armas, dispuestos a atender los pedidos para la contienda española, mientras medio millón de kilos de oro acababan de ser embarcados en Cartagena con destino a Odesa, siete mil quinientas cajas, para poder pagar a los rusos, sin contar los otros lingotes depositados en Mont de Marsan.

El embajador ruso en Madrid, Rosemberg, había informado a Stalin de las dificultades de la España republicana, por lo que, por razones de vecindad, pidieron al Partido Comunista Francés, el cometido de formar las Brigadas Internacionales. Thorez delegó en André Marty la jefatura de esta misión  y André Malraux, intelectual y experto en arte, fue nombrado asesor de cuanto se refiere al arma aérea.

A trasvés de las Internacionales Comunistas se abrieron oficinas de reclutamiento  en numerosos países, además de Francia, en toda América del Norte y Centro de Europa. Pero Francia era el aglutinante, con oficinas no sólo en París, sino en Lyon, Marsella, Burdeos, Toulouse y en el lejano Orán.

Thorez, el checo Gottwald, los italianos Palmiro Togliatti (que adoptó el nombre de Alfredo) y Luigi Longo, recorrían constantemente los banderines de enganche, asesorados en el aspecto militar por el general soviético Walter y por otros jefes rusos profesionales.

El reclutamiento fue exitoso, debido a la propaganda y a las condiciones económicas que se ofrecían a los alistados, singularmente a los técnicos. Se les era recogido el pasaporte, sustituido por otro español, con nombres y apellidos españoles, o bien documentos equivalentes a presentar en Perpignan y más tarde en la frontera.

Los voluntarios afluían de todos los países, a veces enviados por los respectivos Partidos Comunistas, además del Partido Laboralista de Gran Bretaña o pontífices como la duquesa de Atoll y, en Bélgica, el presidente de la Segunda Internacional, Henri Debroockère. Por supuesto, el pago fundamental básico, se haría con “el tesoro nacional español”, con el oro, aunque por creer que no bastaría, se ordenó la postulación en todas partes, desde las fábricas de Rusia, has ta la salida de los cines, los estadios y los circos, en Checoslovaquia o en Nueva York.  También fueron animados por Pablo Casas, con su maravilloso viloncelo; el escritor inglés Ralph Foz; el alemán, Ludwig Renn, el ya citado Malraux y el infatigable corresponsal de Pravda, Ilia Ehrenburg.

Muchos de ellos firmaban un documento que rezaba así: “Yo estoy aquí en calidad de volunatrio y estoy dispuesto a dar, si es necesario, hasta la última gota de mi sangre para salvar la libertad del mundo entero”. Contando la mayoría de ellos de cuarenta a cuarenta y cinco años, muchos desplazados, obreros en paro en los puertos del Havre, Marsella o Singapur. Italianos exilados, soldados de la legión extranjera francesa, perseguidos por la justicia y, verdaderos idealistas que, habiendo perdido el amor por la patria que los vio nacer, el sentimiento de dependencia, hallaban sustitución y estimulo  en defender una causa que juzgaban digna y beneficiosa para todo el género humano.

El tren 70, que salía de París por la noche, fue conocido por el “tren de los voluntarios”, que se dirigían a España por la ruta de Toulouse, Perpignan, Cerbere.

“¡Viva la revolución!, ¡Muera el fascismo!, Vivan los voluntarios de la libertad”, eran los primeros carteles que en Barcelona veían esos brigadistas, con un recibimiento aparatoso, organizado al alimón por la Generalidad, con Companys a la cabeza,  y el cónsul ruso Owscensco, que de nuevo los reembarcarían destino Albacete, donde Largo Caballero fijó el cuartel general, llegando los primeros un 12 de octubre, instalándose en la plaza de Toros y en el ex cuartel de la Guardia Civil, donde en el mes de julio sus ocupantes habían sido asesinados y donde aún podían verse las manchas de sangre en sus muros. Se les entregaron los uniformes llegados de Francia, adoptando el casquete de los cazadores alpinos, mientras André Marty coronaba su cabeza con una enorme boina y arengaba a los recién llegados.

André Marty y Luigi Longo supieron desde el primer momento que el único medio para imponer la disciplina era el terror, y que, como comunistas, tendrían que deshacerse de los trotsquistas, además de percatarse pronto que el mejor servicio organizado era el de Sanidad, además de contar en Almansa con la Artillería acampada y en la Roda a la Caballería. Mientras tanto, las fuerzas “nacionales” avanzaban por la carretera de Toledo camino de Madrid, donde se iba llenando de rusos: aviadores en los hoteles Bristol y Gran Vía, periodistas y técnicos en el Gaylord’s, hotel de lujo, en la calle Alfonso XI, número 3, esquina con la calle Valenzuela, en la zona del Retiro.

“La batalla de Madrid” iba a dar comienzo. En el bando “nacional” reinaba la confianza. Las columnas de Yagüe venían cosechando éxitos ininterrumpidos desde la conquista de Badajoz. Nada los detenía y por la misma ruta que siguió el Moro Muza, y que siguieron los almorávides en el siglo IX, superaron Toledo y Maqueda y se encontraban a las puertas de Madrid. Mola, Mizzian, el ídolo de los moros, el general mutilado Millán Astray, y los requetés colgado del cuello su Sagrado Corazón de Jesús, en cuatro columnas se aprestaban a tomar la capital.

En la que pocos años antes fuera la villa y corte, se había nombrado una Junta de Defensa de la capital, presidida por el general Miaja, junto a éste, Rojo, Pozas, Asensio y Masquelet, además del embajador ruso, Rosenberg. Los Partidos y los Sindicatos establecieron centros de reclutamiento, donde se suministraban armas y mal que bien se encuadraban las unidades. Se formaban apresuradamente batallones de toda suerte: batallón de barberos, de dependientes de comercio, de ¡cigarreras de Madrid!. Llegaron Líster y sus hombres: Líster, el cantero comunista, adiestrado en Moscú, llegó el Campesino, con sus labriegos extremeños, que llamaba “despanzaburros” a su fusil ametrallador. Llegó de Andalucía la unidad “Espartacus” y se alineó con rigor el 5º Regimiento, que representaba al marxismo ortodoxo, mientras la CNT contaba con jefes de la talla de Mora, Cipriano Mera y Del Val, con un gran sentido del mando. Se formaron Tribunales Populares, en sustitución de los comités autónomos.

El Gobierno, los Ministerios y sus servicios, el 6 de noviembre de 1936, abandonaba Madrid para trasladarse a Valencia, atenazados por la cercanía del ejército “nacional”, que ahora también tenían que luchar contra los primeros batallones brigadistas, denominados Garibaldi, Dimitroff y Commune de Paris, al mando del general soviético Kleber, judío húngaro y Jefe político el italiano Nicoletti, que contaban con el refuerzo del Bombardero S-B 2, llamado “Katiuska”; los llamados “Chatos”, los “Moscas”, los biplanos “Rasante” y “Natacha” y los velocísimos “Ratas”.

Federica Montseny, la diputada catalana, anarquista, nombrada ministro de Sanidad, convenció a Durruti para que abandonara el frente de Aragón y acudiera a Madrid. “¡Madrid te necesita!”, le dirá al hombre que odiaba a los homosexuales y a las prostitutas enfermas y que quería invadir a Portugal, mientras ella instalaba el Hospital de Sangre en los sótanos del hotel Ritz, y que hacía su entrada triunfal, aclamado por los defensores de la Ciudad Universitaria, aunque no tardaría en ser alcanzado por una bala que le atravesaba los dos pulmones de Buenaventura Durruti, mientras El Salvador otorgaba la primer adhesión oficial extranjera al gobierno de Franco y Mosén Francisco, en Barcelona, a pesar de su mono azul de mecánico trataba de encontrar a quien confesar o llevar el aliento de Cristo.

El general Varela dio la orden y millares de proyectiles cayeron sobre Madrid sembrando el exterminio, mientras los madrileños se refugiaban en las estaciones del Metro, especialmente la de Cuatro Caminos, Tribunal, Progreso, Antón Martín y Atocha. El ¡No pasarán! de carteles y del grito de los defensores, pronto supo Varela y los ejércitos de Franco que un cambio se había producido, pues ya no avanzaban. Los moros, los requetés, los falangistas, los guardias civiles y los legionarios andaban desconcertados. Eran días de noviembre de 1936, días con escarcha, lluvia y mucho frío, cuando Madrid se convertía en cementerio, muladar y ruina.

Por primera vez desde el 18 de julio, los “nacionales” fracasaban. Castejón cayó herido, también el jefe marroquí Mizzian e incluso el general Varela iba a sufrir el arañazo de tres cascotes de metralla. El frente se estabilizó, Madrid no fue conquistado. El general Mola no podría beber el café en el Molinero, que desde comienzo le esperaba.

Entre tanto, Guatemala, Italia y Alemania, también reconocían al Gobierno de Franco en Burgos, mientras José Antonio Primo de Rivera era fusilado en la cárcel de Alicante, el día 20 de noviembre de 1936, y el día siguiente, 21, Durruti encontraba la muerte por una bala disparada desde el Hospital Clínico, probablemente por un comunista o un enemigo personal.

En la diciembre de ese año 1936 y principios de 1937, la Generalidad de Cataluña quiso impedir que se celebraran la Navidad y los Reyes Magos como antaño, y sustituyó esas fiestas por la “Semana del Niño”, a pesar de que la familia Alvear, como otras miles, a su manera, construyeron un belén y lo celebraron a escondidas. También fallecía, el 31 de diciembre, en Salamanca, Unamuno.

Desde el puerto de Génova, tras las arengas de un uniformado del Partido Fascista Italiano, primero cuatro mil “camisas negras”, que llegarían a Cádiz en los primeros días de enero, luego le sucederían otros cuatro mil más y tantos cuantos hicieran falta, en una guerra que se preveía larga, según dijera el Duce.

En el puerto de Hamburgo, un hombre,  con el uniforme del Partido Nazi Alemán, arengaba a trescientos voluntarios, técnicos de servicios auxiliares de aviación que embarcaban para luchar en España, iban a formar parte de la Legión Cóndor y se disponían a subir a un barco que llevaba la bandera de Panamá, que a la altura de la costa francesa izaría el pabellón de Liberia y cuyo destino final era el puerto de Vigo, donde de incognito, inmediatamente, en un tren nocturno, se trasladaban a Salamanca donde Von Faupel, embajador alemán, el general Von Sperrl y el delegado del partido Nazi, Shubert, les esperaban.

El día 13 de enero, Barcelona sufrió su bautismo de sangre, ya que fue bombardeada por mar, cuando el fantasma del hambre empezaba a asomarse en las colas que se formaban para adquirir alimentos con la cartilla de racionamiento.

A principios de febrero del año 1937 ya se encontraban en España los contingentes italianos previstos, los cuales habían formado las brigadas “Flechas Negras” y “Flechas Azules”, actuando como intérpretes españoles entre ellos el tenor Fleta. Que serían puestos a prueba en la operación de Málaga, sobre cuyos pormenores Queipo de Llano y el general Roatta habían llegado a un acuerdo.

El 8 de febrero caían en manos “nacionales” el puerto y la ciudad de Málaga, haciendo su aparición, por primera vez, los lanzallamas y era empleada la aviación proveniente del aeródromo de Tablada, que se adueñaron del cielo, mientras los cruceros Canarias y Baleares bombardeaban la costa, produciéndose la desbandada de su población, que el conde Ciano pretendía que al ejército enemigo se le persiguiera hasta Almería, aunque se detendrían a la altura de Motril por falta de reservas.

En Málaga cayó prisionero el corresponsal inglés Arturo Koestler y fue encontrada una misteriosa maleta propiedad del general Villalba, la cual contenía, al parecer, una extraordinaria reliquia: la mano de Santa Teresa de Ávila, que sería ofrecida, por ser auténtica, al general Franco, quien desde entonces la tuvo siempre presente en la mesa de su despacho.

Los testimonios de quienes quedaron en Málaga sobre las matanzas llevadas a cabo por los anarquistas, antes del abandono de la ciudad, eran espeluznantes, aunque también quienes huían camino de Almería, algunos de cuyos evacuados habían estado detenidos en las cárceles por los milicianos, conducidos a pie, sufrieron los ataques de la aviación y de los barcos, mientras dos trenes de refugiados de Málaga llegaban a Gerona.

El trofeo y el botín de Málaga que dejaron los milicianos, como los barcos Satrústegui y África, además de diez mil toneladas de petróleo, grandes depósitos de aceite, que para Italia se llevarían los fascistas, trenes, ametralladoras,  movió al bando republicano a exigir responsabilidades, siendo detenidos y encarcelados varios generales, entre ellos Asensio, Martínez Monge y Martínez Cabrera, mientras enardecía a los “nacionales”, que contaron con voluntarios portugueses llamados “viriatos”.

Sin descanso, las tropas italianas rápidamente fueron trasladadas a Guadalajara desde Málaga, conducidas por Roatta, levemente herido de un balazo, mientras las tropas españolas cruzarían los ríos Tajuña y Jarama, donde en la zona de Brihuega, el Cuerpo de Tropas Voluntarias italianas sufrió un enorme descalabro, cubriéndose de gloria las Brigadas Internacionales 13, 14 y 15, las tropas de guerrilleros de Líster y del campesino. Mil doscientos muertos y tres mil quinientos heridos italianos, fueron las bajas de esa batalla, que dio lugar en la España “nacional” al sonsonete y la burla: ¡Cobarde Italia!, “Corriere de la Sera” y por la matrícula de sus coche, CTV, pasó a significar ¿Cuándo te vas?

En el interior, en la retaguardia republicana, concretamente en Gerona, como ya era costumbre en la España “nacional”, las carencias alimentarias se suplían con el Plato Único.

En la Tercera Parte, del 31 de marzo de 1937, al 25 de diciembre de 1937, José Mª Gironella nos desvela el carácter tan dispar de los representantes alemanes e italianos en suelo español, como del anuncio de Franco de proceder sin pérdida de tiempo a la unificación del Requeté y de la Falange, creando el Partido Único, mientras que, reunidos en Salamanca en conclave, Hedilla y otros jerarcas falangistas, acodaban oponerse rotundamente.

La Unificación fue un hecho. El decreto salió publicado el 19 de abril. Los falangistas conservarían la camisa azul y llevarían boina roja; los himnos el Oriamendi y el Cara al Sol, serían obligatorios. El nuevo organismo se llamaría Falange Española Tradicionalista y de las JONS. Su único jefe, el General Franco. El Consejo Nacional estaría formado por seis falangistas y seis requetés. Los requetés catalanes del Tercio de Nuestra Señora de Montserrat, de guarnición cerca de Belchite, se pusieron la camisa azul también.

Hedilla se sintió abandonado, pues la mayoría aceptaron este cambio, por lo que él y sus colaboradores más directos, fueron arrestados y encarcelados.

Se iniciaba la época de caudillaje en 1937,  en el momento que estallaba la primavera y que el Papa publicaba en Roma una Encíclica condenando con impresionante energía la doctrina nazi.

Stalín enviaba un nuevo embajador, Gaiskis, para sustituir a Rosenberg, que presentaría sus cartas credenciales en Valencia a Azaña. Estábamos a mediados de marzo y Trotsky era declarado traidor a sueldo de la Alemania nazi, cuando los asesinatos se habían recrudecido, sobre todo en Barcelona, siendo también sus víctimas conocidos hombres de la UGT o de la Izquierda Republicana: un diputado, un tipógrafo de la Publicidad, treinta tranviarios en cuarenta y ocho horas.

Por añadidura, Alvarez del Vayo, al regreso de sus contactos con las grandes democracias europeas, afirmó el desprestigio internacional que representaba contar con cuatro ministros anarquistas en el Gobierno, mientras el ministro de Justicia legalizaba la unión libre de milicianos y milicianas y los anarquistas del POUM obstaculizaban los planes del Partido Comunista respecto al oro español, cuando en La Bajol, en el pirineo catalán y por donde terminarían saliendo los últimos representantes políticos de la República en 1939, dentro de una mina de talco, a profundidad de trescientos metros bajo la cima de la montaña, e instalados dos ascensores para bajar a las cámaras acorazadas, se pretendía en sus galerías, ocultar lingotes de oro y los cuadros del Prado, que a partir de noviembre, iniciada la ofensiva “nacional”, trasladaron desde Valencia.

La FAI y el POUM estaban sentenciados, el 3 de mayo la Generalidad de Cataluña dio orden a los Guardias de Asalto y a los Mozos de Escuadra de que ocuparan la Telefónica de Barcelona, el centro clave en poder de la FAI. Pese a contar con el apoyo de los comunistas, de los socialistas e incluso del Estat Català, la Generalidad se sintió impotente frente a la oleada de fusiles rojinegros y reclamó la ayuda del Gobierno Central.

El Gobierno de Valencia logró derrotar a los anarquistas, por lo que se adueñó de Barcelona y se hizo cargo de la desprestigiada Comisaría de Orden Público y el POUM fue llevado a la picota, que perdería a su líder máximo Andrés Nin,  no así la CNT-FAI, que amenazó con retirar de un golpe todos sus combatientes en primera línea.

La inevitable caída del Gobierno Largo Caballero y con él la de los cuatro ministros anarquistas era inevitable. Subió al poder el socialista y doctor Negrín, hombre culto, políglota, con un apetito insaciable de alimentos y de mujeres, hablador infatigable, entregó a Prieto el Ministerio de la Guerra, quienes todavía contaban con entusiastas adhesiones como míster Attlee, quien felicitó el frente de Madrid para felicitar al Ejército del Pueblo, Clarl Gable, Errol Flynn, Katherine Hepburn y Marlene Dietrich.

En Madrid, la ciudad sitiada, con el frente a escasos metros y al que se podía llegar en tranvía, los cafés conservaban el jolgorio de siempre, aunque el café fuera escaso y la prensa aparecía censurada con numerosos espacios en blanco, los rusos seguían con su obsesión de ejercer el control, especialmente en la aviación, lo que había llevado a Malraux a largarse.

En el mes de julio, los nacionales atacaban Bilbao, cuyos preparativos se iniciaron en marzo, el día 31, tres días antes que el escultor Benlliure empezara a moldear un busto del general Miaja.

Aquella operación no era un secreto para nadie, el propio general Mola había alineado cincuenta mil hombres y se esperaba la rendición, a pesar de la intervención italiana y a los esfuerzos de Inglaterra, convencido el Gobierno del PNV que sus gudaris y el cinturón de hierro inexpugnable, aunque el ingeniero constructor de dicho cinturón, Goicoecha, se había pasado con todos los planos, cuando por tierra y por mar eran evacuados sus moradores.

El general Dávila dio el asalto definitvo, sin que ni el fanatismo vasco, las arengas del ministro bilbaíno Indalecio Prieto, ni los generales republicanos Martínez Cabrera ni Gamir Ulibarri, ni el ministro sin cartera Aguirre, pudieran hacer nada, siendo arrasada Guernica por las bombas de la Legión Cóndor, donde estaba el árbol legendario del nacionalismo vasco, guardadas  la espada de Zumalacárregui y la guitarra del trovador regional Iparraguirre, convirtiéndose el mar, dirección Francia, y la carretera que conducía a Santander, el camino de huida de civiles y soldados vascos, que arrojaban sus fusiles y sus dirigentes nacionalistas trataban de negociar con el Vaticano para que existiera una paz separada del resto de los republicanos españoles, sin éxito, pero dando muestra de la tradicional cobardía e hipocresía vasca.

Se entró en Bilbao el 19 de junio de 1937. Dos días antes, el 17 de junio, el Gobierno de Valencia había adelantado los relojes de una hora, como nuevo horario de verano.

El pueblo de Somorrostro, villa natal de la Pasionaria, los Altos Hornos, los astilleros, las minas, la plaza del Arenal, Loyola, cuna de san Ignacio, todo era hollado por los moros, los requetés y el ejército sublevado.

En acción de represalia, por los diversos ataques en aguas de las islas Baleares del crucero italiano Baltesta y el alemán Deutschland, confundidos los aviadores republicanos,  el 31 de mayo de 1937, cinco buques de guerra alemanes, liderados por el Admiral Scheer, durante una hora estuvieron bombardeando una ciudad indefensa como Almería, causando más de 30 muertos y enormes daños materiales. Lo que originó en Prieto duras diatribas y la disposición de poner la espoleta a una guerra más abierta, que consultado Moscú, , por parte de Negrín, le fue desaconsejado.

Transcurrido un año de guerra, el Gobierno de la República había perdido diez mil kilómetros cuadrados del territorio y siete de las provincias que el 18 de julio quedaban en su poder, sufrían un implacable espionaje, buena parte del producto propueblo español era escamoteado antes de llegar a su destino y el armamento adquirido era pagado a precios fabulosos, con cuyo excedente se alimentaba el Partido Comunista Francés, incluso el periódico Ce soir.

Queriendo abrir un nuevo frente y bajar la tensión que sufría el cerco de Madrid y frenar el avance franquistas del Norte, el Estado Mayor republicano decidió llevar a cabo una ofensiva, entre los días 6 y 12 del mes de julio de 1937, en Brunete, que inicialmente se saldó con victoria, forzó el contraataque del ejército de Franco, los días 18 al 25, saldándose con una enorme sangría, con el despliegue de blindados y medios aéreos por ambos bandos que soportaron  el enorme calor de ese mes.

A pesar de todo, la orden de Franco de acabar con el frente Norte empezó a cumplirse el 8 de agosto, tras la victoria de Brunete, las tropas volvieron al frente de Santander, alineándose unos cuarenta mil hombres y toda la aviación disponible, además de innumerables camiones y más camiones de Frentes y Hospitales, de Auxilio Social y de la Sección Femenina, en previsión de la población civil que sería rescatada, de la masa de prisioneros y heridos.

Los personajes de ficción del autor, como María Victoria y Marta, se integraban en la Sección Femenina de Valladolid.

El día 1 de octubre Covadonga era ocupada, en el primer aniversario de la exaltación de Franco, en Gijón, la Quinta Columna se preparaba ostentosamente para recibir a los vencedores, provocando con su actitud al capitoste “rojo” Belarmino Tomás, mientras los defensores huían en cuanto la Legión Cóndor lanzaba sus bombas y erraba como en Sama, hundiendo la iglesia donde habían sido concentrados los presos, también en el barco-cárcel anclado en el puerto, en el que gran número de personas esperaban la entrada de las tropas.

El día 21 de octubre de 1937, Radio Salamanca anunciaba al mundo que el frente del Norte había dejado de existir. Cien mil eran los prisioneros, el cinc y los metales especiales de Reinosa y Santander, las minas de carbón asturianas, las piritas, el plomo y las metalúrgicas de Bilbao significan un potencial terrible en poder de los “nacionales”, quedando disponibles ciento cincuenta batallones para ser enviados a Aragón o Madrid, y en dirección al Mediterráneo.

El SIFNE  (Servicio de Información del Nordeste de España) con muchos integrantes catalanes, seguía dando cumplida información de las fuerzas populares, algunos de cuyos miembros seguían ostentando en sus gorras las siglas de UHP (Uníos Hermanos Proletarios).

Los canjes de prisioneros, según fuera la relevancia de la familia del apresado, la crueldad en las checas y en las cárceles, los asesinatos y “paseos” de uno y otro bando, las enfermedades, el hambre, los piojos, la búsqueda de alimento en el campo, la cartelería proselitista, los grandes cronistas de guerra “nacionales”: Spectator, Justo Sevillano, Javier de Navarra y Tebib Arrumi (Víctor Ruíz Albéniz, abuelo de Ruíz Gallardón) daban cumplida cuenta de los sucesos de guerra, mientras Madrid seguía resistiendo bajo el eslogan del ¡No Pasarán!

Cuarta parte, Del 25 de diciembre de 1937 al 1 de abril de 1939.

Mateo, el que será marido de Pilar, sale de la Academia de Ávila de alférez, después de haber perdido a muchos amigos y camaradas de Gerona afiliados a Falange, y es enviado al frente de Aragón, mientras que su futuro cuñado, Ignacio Alvear, habiendo conocido la dureza de las batallas, la geografía y la climatología en Brunete y Belchite, ingresa en la Compañía de Esquiadores, cuyo punto de mando estaba en el Balneario de Panticosa, junto a su amigo Moncho, decidido a estar más cerca de Cataluña y algo más alejado del frente.

El día 3 de abril de 1938, las vanguardias del general Yagüe entran en Lérida, no superando el Segre, mientras el Cuerpo de Ejército de Galicia, al mando del general Aranda, recibía orden de penetrar en cuña por el sector de La Pobleta, virando hacia el Levante, tratando de cortar en dos el territorio enemigo, separando a Cataluña de Valencia y de Madrid, llegando a Vinaroz el mismo día del Viernes Santo de ese año.

Hitler acaba de invadir Austria, de ocupar Viena, por lo que la declaración de guerra entre Alemania y las democracias era cuestión de unos pocos meses, lo que animaba a Negrín a sostener la guerra, a toda costa, en la esperanza de que una conflagración general pudiera cambiar la previsible derrota que a todas luces ya casi era una realidad para la República, aunque este hecho, desde un principio, fuera sabido por el mismo Manuel Azaña, buen conocedor del ejército y de la indisciplina de los de su bando, como las traiciones de catalanistas y bizcaitarras.

El hambre y las penurias del lado republicano, en la misma ciudad de Barcelona, habían ocasionado el asalto al Parque Zoológico y que había quien se comiera las ranas y las ratas.

Derrotados en Teruel, tanto por el intenso frío, la nieve y la fortaleza de los “nacionales”, en armamento, convicción y jefes, el Ministro de la Guerra y Presidente de Gobierno, don Juan Negrín, que en el verano del 37 ya había despedido a Prieto, trató de detener el último golpe y llamó a una nueva quinta, los hombres comprendidos entre los dieciséis y los cuarenta y dos años la que sería conocida como la del “Biberón”, además de atacar por el Ebro, de cruzar por sorpresa, en julio de 1938, este río, en el sector de Gandesa, y penetrar en la retaguardia enemiga hasta que el último soldado hubiese perdido el aliento.

Fueron ciento veinte mil hombres, a los que el partido comunista señaló: “Todo soldado que abandone o pierda el fusil, será pasado por las armas. Todo intento de deserción será castigado con la muerte, pudiendo aplicar dicho castigo los mismos camaradas”. Detrás de cada soldado estaban los comisarios políticos, equiparados al grado de capitán, decididos a ser expeditivos, dispuestos a localizar a cuantos se automutilaban a los “fascistas” movilizados. En este frente estaba lo mejor que quedaba de los milicianos. Era la última gran apuesta, por lo que el Jefe de Estado Mayor Central, Vicente Rojo, el teniente coronel Juan Modesto, el mismo Líster, estaban presentes al frente de sus unidades.

El inicio de la batalla tendría lugar el 25 de julio de 1938, precisamente el día de la Fiesta de Santiago Apóstol, Patrón de España. El río se cruzaría a las doce de la noche en punto. Los pontoneros habían preparado los puentes, hábilmente construidos sobre flotadores. Cien barcas al menos fueron transportadas del mar al río Ebro. Cada barca contaría al menos con un oficial y 8 milicianos y parecía una oleada de fantasmas que lograrían arrollar las débiles defensas que, inesperadamente, se veian sorprendidas, dada la brillante ejecutoria de los asaltantes, aunque como pasó en Teruel, el Alto Mando “nacional”, se trasladó al teatro de la lucha, instaló su Cuartel General camuflado en unos vagones de ferrocarril, cerca de Alcañíz, y Franco, de manera templada, declaraba a su entorno, asombrándolo: “No podemos tener más suerte. En treinta y cinco kilómetros tengo encerrado lo mejor del Ejército rojo”. Y prosiguió, ante su auditorio militar: “Señores, anuncio que nuestra victoria del Ebro será absoluta y que, gracias a ella, el año 1939 verá el triunfo definitivo de nuestras armas”.

Mientras tanto, el presidente de la República, Manuel Azaña,  ya se encontraba cerca de la frontera francesa, en el castillo de Perelada, sufriendo por todos los cuadros que del museo del Prado se encontraban escondidos en los sótanos, expuesto todo a ser bombardeado si los milicianos localizaban la ubicación de la Presidencia, en un descontrol ya mayúsculo.

La respuesta de Franco en el Ebro tomó forma con la apertura de las compuertas del pantano de Camarasa, con lo que el nivel del Ebro se elevó, llevándose algunas pasarelas y algunas barcazas, después fueron arrojadas al agua minas de pólvora que al chocar contra cualquier objeto sembraban la muerte a su alrededor, la artillería vomitaba fuego increíblemente certero y, ¡por último!, en oleadas sucesivas la aviación, sin apenas oposición, llevaba a cabo un bombardeo y ametrallamiento continuo sobre el ejército “rojo”.

De los ochenta mil hombres que cruzaron el Ebro, sólo quince mil pudieron regresar a la orilla izquierda, siendo los atacantes unos cuatrocientos mil, que veían como los milicianos se entregaban por secciones enteras, a veces al mando de la oficialidad.

En octubre de 1938, el el día 28, tras un emotivo desfile por las calles de Barcelona, unos seis mil brigadistas internacionales eran despedidos, desmovilizados y repatriados.

Tarragona fue ocupada el 16 de enero de 1939 y Franco instalaba su Cuartel General, llamado “Terminus”, en el castillo de Raymat, cerca de Lérida, por lo que la ruta de Barcelona estaba libre, cuando unos días antesdiez mil italianos regresaban a su patria, siendo despedidos en Cádiz con todos los honores.

Mateo estaba sereno. Sólo gritaba “¡Arriba España!” cuando de lejos vio la cumbre de Montserrat, en cuya ciudad de Barcelona millón y medio de almas aguardaban ansiosos la entrada de los “nacionales” y el fin de la guerra, mientras veintitrés mil milicianos deponían sus armas y se entregaban al general Moscardó, el mismo que había perdido un hijo y que era el héroe del Alcázar de Toledo, en el valle del Francolí.

El éxodo de la población hacia la frontera era ya un tsunami. En la retaguardia republicana sonaban aislados los últimos pistoletazos, bien por suicidio o por eliminar pruebas que pudieran condenar a sus supervivientes, escuchando las últimas estrofas del Himno de Riego.

Negrín, entre tanto, tiempo ha que había depositado en bancos ingleses y suizos, a su nombre, todo el tesoro de la Corona de Aragón y todo el oro guardado durante tantos meses en las minas de talco de La Bajol. También se sabía que Prieto, en América, disponía de una fabulosa suma. El proyecto de Negrín y Prieto consistía en asegurar a los exilados españoles un subsidio mensual.

El veinticinco de enero las tropas del general Solchaga ocupaban las alturas de Vallvidrera, corriéndose hacia el Tibidabo, mientras a la misma hora, las fuerzas del general Yagüe ocupaban Montjuich.

El día siguiente, veintiséis de enero de 1939, las fuerzas “nacionales” se descolgaron de las alturas y ocuparon sin resistencia las calles y bulevares de Barcelona, en conjunción perfecta.

El general Dávila, en el mismo Bando que el general Goded había dejado inconcluso del Alzamiento, firmaba la declaración del Estado Guerra, aunque la multitud se había lanzado a la calle, llenaba los balcones con la bandera bicolor y sus gritos de júbilo, levantando los brazos en forma de V, con los permanentes “¡Arriba España!, ¡Viva España!, ¡Viva Franco!, producían espanto.

¡Misa en la plaza de Cataluña! Allí estaban los generales vencedores y una muchedumbre comparable a la que recibió el primer barco ruso llegado al puerto o la que asistió a los entierros de Macià y Durruti. Don Miguel Mateu, industrial, propietario del Castillo de Perelada, en el que Azaña estuvo instalado, fue nombrado alcalde de la ciudad.

Las checas de Barcelona pudieron ser visitadas, en la calle de Vallmajor, calle Zaragoza, los sótanos de la Diputación Provincial. El Campo de la Bota, la Rabassada y otros lugares donde los “rojos” habían efectuado los fusilamientos masivos y ante cuyas zanjas los militares se cuadraron, al igual que los falangistas..

Por encima del horror, del sufrimiento, de las pérdidas familiares y del hambre padecido, del júbilo y de la purificación, un sentimiento se imponía a cualquier otro, sobre todos los demás: el de veneración por la figura del Generalísimo en toda Cataluña. Para la población doliente, Franco era el salvador. Para los miembros de la Quinta Columna, que sumaban millares, su aureola rozaba la magia. Franco había traído la Misa de la plaza de Cataluña, la vida, el pan, el fuego y la luz.

La pérdida de Cataluña sentenciaba sin apelación posible a los restos del Ejército “rojo”, es decir, a las unidades bloqueadas en Madrid, Levante y Sureste de España. Dichas unidades y la población civil que quisieran huir sólo podrían hacerlo por mar, a pesar de que el Gobierno de la República, reunido en Consejo de Ministros en Toulouse, y habiendo ya dimitido de su cargo de Presidente de la República Azaña, el 27 de febrero de 1939, acordaban seguir resistiendo, cuando todos los gerifaltes comunistas y los consejeros rusos ya estaban instalados en Francia, caso de Thorez, Marty, Togliatty, Gotwald, Pal Maleter, Tito, James Ford, Longo, Karanov, Menoz, Paul Herz, del Partido Socialista alemán, o el mismo intelectual ruso Ilia Ehrenburg.

Mientras los ministros de la República se instalaban en el aristocrático barrio parisino de Dauville, y cuantos capitostes políticos republicanos, separatistas catalanes y vascos asaltaban las cajas fuertes de los bancos, se marchaban con tesoros del pueblo español,  en su exilio, lo mismo que los consejeros rusos, Antonio Machado, acompañado por su madre, cuñada y hermano, llegaba a Colliure para recordar Estos días azules y este sol de la infancia, en sus últimos días de vida, Rusia declaraba que sólo podría admitir a cuatro mil exilados comunistas españoles, los más de cuatrocientos mil eran encerrados en los campos de concentración de las playas de Argeles y Saint-Cyprien, otros en Orán, obligados a trabajar, unos en Siberia, otros en el Transahariano y en la construcción de la Línea Maginot, también ingresarían en la Legión francesa.

De los internacionales sabemos que murieron unos doce mil en suelo español y treinta y cinco mil fueron herdidos.

Acorde con la victoria militar, el Gobierno de Franco se preocupaba de afianzar sus relaciones internacionales, con el general Jordana a la cabeza del Ministerio de Asuntos Exteriores. En Lisboa firmaba el Pacto de Amistad Hispano-Portuguesa, preludio del Bloque Ibérico, mientras varios jurisconsultos eran encargados de redactar la “Causa General”, documento oficial en el que se redactaría la actuación “bárbara y cruel” de la España “roja” y para juzgar a los delincuentes, se estableció la “Ley de Responsabilidades Políticas”, un eufemismo para la inculpación a quienes estuvieron cercanos al bando contrario.

El veintiuno de febrero de 1939, día de la Virgen de Loreto, Franco presidió en Barcelona un desfile gigantesco. Ochenta mil soldados que saludaban al Caudillo y eran objeto del fervoroso aplauso de los catalanes, mientras multitud de mujeres trataban de besar la mano del Generalísimo, esbozando una genufleión. Hipnotizada quedó la población barcelonesa viendo pasar también trescientos carros de combate, cien baterías y doscientos aviones, uno de ellos pilotado por el as español de la aviación, García Morato, aviso claro a la terquedad de Negrín para su “Ofensiva de la Victoria” próxima.

Al día siguiente, veintidós de febrero de 1939, Franco se trasladó a Tarragona, al objeto de pasar revista a toda la escuadra “nacional”. Presentes los navíos Almirante Cervera, Navarra, Vulcano y un total de dieciséis unidades y dos submarinos, el Sanjurjo y Mola.

En Madrid, y con vistas a una petición de armisticio, se formó una Junta de Defensa, presidida por el socialista Julián Besteiro, en calidad de jefe político, y por el coronel Segismundo casado, en calidad de jefe militar, con participación de todos los partidos, excepto el comunista.

Opuesto a la voluntad de Negrín de que prosiguieran la guerra y su aniquilación total, el coronel Casado decidió precipitar los acontecimientos y aplastar los reductos comunistas que todavía se oponían a su gestión, mandados éstos por el comandante Barceló, antiguo militante de ese partido, quien en agosto y septiembre de 1936, asumió en Toledo la responsabilidad de fusilar a Luis Moscardó, hijo del defensor del Alcázar..

El coronel Casado hizo posible la entrada en Madrid de las tropas “nacionales”, que tuvo lugar el 28 de marzo de 1939, entrando por Argüelles, los Bulevares y Vallecas, hallando un Madrid en ruinas.

Desde el Centro los “nacionales” se dirigieron hacia los puertos levantinos, mientras Negrín huía a Francia, en un Douglas, después de que lo hicieran la Pasionaria, Stepanov, Jesús Hernández, el poeta gaditano Alberti y su esposa, la escritora y también comprometida políticamente, María Teresa de León. El Campesino, alcanzó Almería y en un barco pesquero se trasladó a Argel, mientras los restos de la armada “roja” zarpaban desde Cartagena y se entregaban a los franceses en Bizerta.

Empezaba la nueva tragedia, de un lado la reconstrucción, del otro el encierro de los republicanos exilados, ingresados en quince campos de concentración, que establecieron las auroridades francesas en la metrópoli y dos más en Argelia y Túnez, los últimos en las colonias francesas obligados a alistarse en la Legión francesa, como queda dicho anteriormente, o en la construcción del Transahariano, que se proponía enlazar el Mediterráneo con el río Niger, a través del desierto del Sahara, partiendo de Argel y enlazando Tonmbuctú.

El 29 de marzo de 1939 fueron ocupados Jaén, Ciudad Real y Albacete. En Gerona eran encontrados emparedados Mosen Francisco, vicario de la parroquia de San Félix y Laura, la esposa de la Voz de Alerta, dentista de Gerona, director del Tradicionalista y jefe del SIFNE.

El día 30 de marzo de 1939 era ocupada Valencia y el día 31 alcanzaban Almería, Murcia y Cartagena.

El día UNO DE ABRIL DE 1939, el último parte de Guerra, era un alivio:

EN EL DÍA DE HOY, CAUTIVO Y DESARMADO EL EJÉRCITO ROJO, LAS TROPAS NACIONALES HAN ALCANZADO SUS ÚLTIMOS OBJETIVOS MILITARES. LA GUERRA HA TERMINADO”

También ponía punto final a su novela José María Gironella, que empezó en 1954, festividad de la Virgen de Montserrat y que culminó en 1960, el día de San Agustín.

Libro que nos hace reencontrarnos con nuestro pasado, el que hoy, en 2026, los socialcomunistas españoles gobernantes quieren desfigurar, cuando los hechos están ahí y merecen que los conozcamos, para que cada cual extraiga la enseñanza que sea pertinente, de esta novela, en el que he tratado de resumir más los hechos históricos antes que el pulso y los avatares de los personajes de ficción, de una guerra entre hermanos que tuvo un millón de muertos, medio millón de exiliados y cuarenta años sumidos en una Dictadura, sin que por ello pretenda yo calificar este período, del que antes y después, el escritor catalán se ocupará brillantemente, en un sesgo humano y con el dolor de esa guerra fratricida, de esos desaparecidos, de esos muertos que, por intransigencia, insolidaridad, odio y carencia de políticos y de una sociedad dispuesta a evitarlo, nuestros abuelos y padres, conocieron una tragedia que es de esperar nunca más se vuelva a conocer en España.

La familia Alvear, con Matías desde telégrafos en Gerona, su esposa Carmen Elgazu, originaria de Bilbao, sus hijos Ignacio, Pilar y el asesinado seminarista César, sus amigos mosén Alberto, el monárquico La Voz de Alerta, como los falangistas gerundenses María Vicoria, Marta Martínez de Soria, Mateo Santos; los comunistas Axelrod, Eroles, Gorki, alcalde de Gerona, Comisario político en el frente de Aragón, perfumista o Cosme Vila, jefe del partido comunista en Gerona y socialistas como la Torre de Babel, entre otros muchos, conforman ese elenco en el que esta novela y la que le seguirá, estarán muy presentes en la lenta transformación de una España empobrecida y que no le será fácil salir de la autarquía económica, la censura y la imposición religiosa, dentro de una progresiva prosperidad que empezará a notarse a partir de los años 60, con el turismo, aunque esto ya forma parte de otra narración.

Magnífica y valiente trilogía, amén de un testigo y legado de nuestra historia reciente, que merece sea leía y honrado su autor, don José Mª Gironella, un catalán y un español de pro.

 

 

 

 

 

 

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