domingo, 31 de mayo de 2026

Los Cipreses creen en Dios, una novela para tener bien presente donde nos puede conducir la barbarie y la corrupción.

 


LOS CIPRESES CREEN EN DIOS, DE JOSÉ MARÍA GIRONELLA

Cuando el escritor español ampurdanés,  José María Gironella (1917-2003),  se propuso escribir una trilogía de una parte de la historia de España que le tocó vivir, quizás la más dramática, empezó en el primer libro con un portentoso título: Los Cipreses creen en Dios, cuya obra acabaría de escribir en 1952, que tendrá a todos sus  apareciendo en los restantes libros, a la vez que la ciudad que tan bien él conocía, como es la ciudad de Gerona, aquella que tan arduamente se defendió contra los invasores franceses de Napoleón en 1808 y que, le iba a servir de patrón humano y social, en su aventura de relatarnos lo que él vivió, pues fue partícipe en formaciones tradicionalistas, mientras contaba diecinueve años cuando tuvo comienzo  la Guerra Civil.

El título ya presagiaba la enorme presencia de la Iglesia, como la fuerte oposición que siempre tuvo por su cercanía al poder, sus riquezas y que enfrente, con lo sucedido en Rusia, con la toma del poder por parte de los soviéticos, como después de la Revolución francesa, el pensamiento y la sociedad empezaba a bascular hacia otras nuevas creencias y una mayor liberalidad, como la pausada entrada del comunismo.

La familia Alvear, originarios de Madrid y cuya cabeza de familia era Matías Alvear, por su profesión de telegrafista, había conocido, además de la capital de España por su natalicio, Jaén, Málaga y, ahora a los 45 años, desplazado a telégrafos de Gerona.

Casado con Carmen Elgazu, que cuando le decía loco lo hacía en vascuence, pues era originaria de Bilbao y muy beata, procedía de una familia anticlerical, un tanto anarquista su hermano Santiago, con familiares también residiendo en Burgos, y hacia cuatro años que se alojaban en un piso de la Rambla, a espaldas del río Oñar y antes de que se uniera al Ter. Matías, políticamente, además de muy respetuoso con la enorme devoción de su esposa y de sus suegros y cuñados bilbaínos, era republicano y el más reposado de los otros tres hermanos, totalmente lo contrario del sentimiento de su esposa y de su familia política, también nacionalistas.

La familia Alvear de Gerona contaba con tres hijos, todos ellos nacidos en Málaga: Ignacio, César y Pilar. Cuando les llegó la orden de traslado a Cataluña, Ignacio tenía diez años, nació el 31 de diciembre de 1916, a las doce de la noche; César, ocho años y Pilar, siete.

Tratando de inculcar vocación por el sacerdocio y aconsejada por Mosén Alberto, relevante autoridad eclesiástica, Carmen Elgazu matriculó a Ignacio en el Seminario como interno, visto el temperamento díscolo del chiquillo.

Los tres años en el Seminario de Ignacio serán un fracaso, por lo que decide finalmente no volver e informar a su padre, su más comprensivo aliado, su nula vocación sacerdotal, que, sin embargo, y sin que nadie le empujara a ello, sí será atendida por César, quien, en lugar del vetusto seminario, entrará en el Collell, institución privada de enseñanza, donde tendría que pagárselo actuando como fámulo, mientras que Ignacio, gracias a un amigo madrileño del padre, y policía, García, se colocaba como botones en el Banco Arús, mientras se producía el advenimiento de la República y, de repente, por todas partes, en Cataluña, se exigía que hablaran en catalán, aunque fueran emigrantes andaluces, murcianos y extremeños, por lo que tuvieron que ir a clases de catalán nocturnas, ya que de lo contrario estaban mal vistos y pronto oirían la voz de Azaña decir: España había dejado de ser católica.

En el primer aniversario de la República, las procesiones fueron suprimidas, en su lugar el Jueves y Viernes santo, se oían himnos, sardanas y remolaban muchas banderas, mientras eran relegadas las funciones religiosas al interior de los templos, en un plano medio clandestino.

Tres cursos de bachiller eran superados por Ignacio a la vez y en septiembre iría a por el cuarto. Mostraba así, a su compañero en el banco y próximo impulsor del partido comunista en Gerona, Cosme Vila, como a Mosén Alberto, que las enseñanzas de los tres años en el Seminario y su estudio particular y en una academia después, le habían ayudado.

Iglesias y conventos, por toda España, fueron pasto de las llamas, sin que la fuerza pública hiciera nada por frenar estos atentados, a poco de implantarse la República, por lo que empezó a cundir el miedo en Gerona, también en el fondo de su ser republicano por parte de Matías Alvear.

En agosto de 1932 se alzaba Sanjurjo contra la República, por lo que los limpiabotas del café Cataluña en Gerona pronto pidieron su cabeza, y en septiembre, Ignacio aprobaba el examen de cuarto de Bachiller y en el Banco era ascendido al puesto de meritorio, con un sueldo de 100 pesetas.

Mientras tanto, los partidos políticos se habían ido alineando y ocupando los mejores locales de la ciudad. Izquierda Republicana, la Liga Catalana, Estat Catalá, la CEDA, Partido Socialista unido a la UGT y la CNT junto a la FAI cobraba auge, a la vez que las Juventudes Libertarias. El partido comunista era embrionario y los monárquicos se reunían en la redacción del periódico Tradicionalista, lugar donde los partidarios de Alfonso XIII hacían buenas migas con los que todavía guardaban la boina roja.

El 15 de septiembre de 1932, en Madrid,  el Estatuto de Cataluña era promulgado y la Ley de Reforma Agraria.

En las elecciones de octubre de 1932, las derechas, con Lerroux a la cabeza del Partido Radical, se imponen, por lo que en Gerona las fuerzas de izquierda y los anarquistas tratan de recomponer su figura y ven, con alarma, que los representantes monárquicos y conservadores se pasean ufanos por la Rambla delante de ellos, a los pies de la Catedral o por el Vía Crucis del Calvario, en la calle Platería y por la plaza principal y volvían las procesiones por Semana Santa.

Los profesores Olga y David, socialistas y de avanzadas ideas pedagógicas, y un tanto denostados por Mosén Alberto, prepararan a Ignacio para el 5º de Bachiller, muestra elocuente de esa acendrada disputa entre las enseñanzas de la Iglesia y las nuevas corrientes.

La sorda diputa política ciudadana alcanzará su primer choque con el incendio de la imprenta donde se editaba El Tradicionalista, organizado por miembros de la CNT-FAI, que conmociona a toda Gerona, instalada en el Hospicio, cuando ya era noticia la fundación de Falange Española e Ignacio Alvear acababa de aprobar el Bachillerato.

La nueva Ley de Contratos de Cultivos hace manifiesto el duro enfrentamiento latente entre la Generalidad y el Gobierno Central.

En Valladolid, un repartidor del periódico socialista Claridad es asesinado por parte de una escuadra falangista.

Empieza a hacerse patente un clima de hostilidad social, con una revolución en ciernes, huelgas frecuentes, incendio de la sede de la CEDA en Gerona, los gritos de ¡Viva Cataluña libre! y la presencia de las 4 barras rojas se hacen presente por todas partes y los masones se van infiltrando en todos los estamentos de la Nación.

En el balcón del Ayuntamiento, por fuerzas catalanistas y socialistas, es proclamado el estado Catalán dentro de la República Federal Española. Era un aciago 6 de octubre de 1934, que en Asturias era la causa de una revolución, en la que los mineros se hicieron fuertes en Oviedo y obligaba todo ello, al Estado, declarar el estado de guerra y la Infantería y la Artillería se ponían en marcha para recomponer el estado de derecho.

Al alba, las radios hablaban de la rendición de la Generalidad a las tropas del general Batet. El alzamiento contra España, en Cataluña, había durado 24 horas y fue conocido como la Revolución de Octubre. Azaña, entonces en la oposición, sería hecho preso por encontrarse en Barcelona, y considerarlo el Gobierno un incitador de la rebelión, cuando fue todo lo contrario, un decidido luchador para evitar este golpe de mano de los catalanistas.

El subdirector del Banco Arús, amigo de Ignacio, cree que la masonería se había infiltrado entre los Generales.

El 21 de febrero de 1936, todos los que fueron presos con motivo de la revolución de Octubre de 1934, fueron liberados.

El hijo del jefe de la Tabacalera en Gerona, Mateo, llega a esa ciudad y será el mejor amigo de Ignacio y el novio de su hermana, Pilar.

Son frecuentes los mítines de los políticos y de la CNT-FAI, con discursos alusivos a la violencia y la confrontación.

Mateo, afiliado a Falange, logra en Gerona que se afilien a su formación chicos de la burguesía: Octavio, Roca, Roselló, Haro, Benito Civil, de distinta extracción social.

En Valladolid, el hijo del comandante en Gerona Martínez de Soria, padre de Marta, que será la novia de Ignacio, es asesinado mientras pegaba carteles de Falange, sin que por ello, su padre, pareciera inmutar su compostura, aunque regresó del entierro con el cabello blanco, mientras Marta se encerraba en su cuarto completamente abatida.

Las elecciones de febrero del 36 son anunciadas y toda la maquinaria política de propaganda se ponía en marcha, mientras saltaba a la prensa el negocio del Straperlo, que hundiría a Lerroux y su formación política.

Las derechas van a los comicios fragmentadas, mientras las izquierdas se unen bajo el paraguas del Frente Popular y en el plano internacional Mussolini invade Abisinia, a pesar de las advertencias en contra de la Sociedad de Naciones, organismo presidido por un español liberal.

En las elecciones generales del 16 de febrero de 1936, triunfa la coalición liderada por Azaña, bajo el amparo del Frente Popular.

Mateo reúne a sus siete cofrades en Falange, les entrega una pistola y les avisa que ahora corren peligro y que pronto llegará su hora, pues aunque ellos no estuvieran ni a favor ni en contra del Frente Popular, creían que no serían capaces de enfrentarse a los verdaderos enemigos de España y su integridad territorial.

Ignacio se declara a Marta.

Es detenido José Antonio Primo de Rivera y en Gerona se hace una redada en el domicilio de los reconocidos falangistas, como Mateo.

Companys preside la Generalidad y todos los separatistas exiliados vuelven, pasando la factura correspondiente, mientras agitadores comunistas internacionales llegaban a Barcelona: Losowski, Neumman, Bacine.

Se inicia el control obrero en las Empresas, la obligación de repartir beneficios con los trabajadores, etc., impulsado por la CNT-FAI, en cuya demanda se lleva a cabo una huelga en Gerona.

Atentado en el Museo Diocesano, muere una de las sirvientas de Mosén Alberto.

El partido comunista trata de imponer nuevas normas en Gerona, empezando por cerrar la sede de los partidos de derechas, excepción hecha de la Liga Catalana y propone una huelga general, mientras Mateo se dispone a dar un golpe y mostrar la presencia y disconformidad de Falange.

La comitiva de huelga incendia el Colegio de Hermanos de la Doctrina Cristiana y cae asesinado el hermano Alfredo.

En el Parlamento español, Calvo Sotelo había sido amenazado por la misma Pasionaria.

Mateo seguía escondido en casa del Rubio en Gerona, mientras en la calle se extiende el rumor de un posible levantamiento militar, bajo la égida de Mola, enviado a Pamplona, Goded a Baleares y Franco a Canarias. Sanjurjo seguía exiliado en Portugal.

La mitad de los oficiales en Gerona están decididos a unirse a los sublevados.

Discurso de Calvo Sotelo en el Parlamento señalando el número creciente de víctimas a manos de las izquierdas, amenazando el Presidente del Consejo de Ministros, Casares Quiroga, al mandatario de derechas, respondiéndole de la misma forma que lo hiciera Santo Domingo: “la vida la podréis quitar, pero más no podréis”, mientras en los pasillos de las Cortes la Pasionaria declaraba: “este hombre ha hablado por última vez”. Fue cierto, aunque seguro ninguna responsabilidad directa tuviera la dirigente comunista de Somorrostro, ya que Calvo Sotelo sería asesinado por Guardias de Asalto, los mismos que servían de guardaespaldas a Indalecio Prieto, del PSOE, arrojando su cuerpo asesinado en las puertas del cementerio del Este, donde sería encontrado el 13 de julio de 1936.

El 17 de julio de 1936 llegan las primeras noticias de una probable sublevación en África.

El día siguiente, 18, las radios daban noticias más precisas de ese alzamiento, mientras que en Gerona tenía lugar el día 19, declrándose el Estado de guerra.

Las noticias de combates encarnizados en Madrid y Barcelona, como el enfrentamiento de los fieles a la República y el Frente Popular contra los militares y falangistas.

Goded pronto terminaría rindiéndose en Barcelona y en Madrid, en el Cuartel de la Montaña, el pueblo armado derrotaba al general Fanjul, allí enclaustrado.

En Gerona, el comandante Martínez de Soria tuvo que deponer su actitud alzando una bandera blanca, mientras era detenido por el coronel Muñoz y el General, fieles a la República, conduciendo a los 20 rebeldes a presidio, después de quitarles las insignias, mientras la turba pedía armas y asaltaba los cuarteles en su busca.

Tras estos primeros conatos de la plebe victoriosa, la masa decide asaltar las iglesias de la ciudad. Empezaron incendiándolas, sacar los muertos de sus fosas y exponer sus huesos en la entrada de la iglesia del sagrado Corazón, San Felix, las Escolapias, el convento de las Dominicas.

Los arquitectos Massana y Ribas, son nombrados alcaldes de la ciudad y logran detener a la plebe, decidida ahora a quemar la catedral, que pasaría a ser destinada a museo del pueblo.

No hubo descanso en Gerona, para los 235 sublevados y sus familias, para todo aquel que tuviera las manos finas, llevara pulsera de oro y sombrero.

La autoridad había pasado a manos de partidos políticos y sindicatos, con ideales revolucionarios.

Por la noche, las redadas de la CNT y los comunistas, en los coches requisados, que iban de casa en casa, en busca de civiles considerados fascistas, llevaron el miedo y el terror por toda la ciudad, mientras las puertas del cementerio, dejadas abiertas de par en par, iban recibiendo los cuerpos, ya fríos, de las víctimas.

Unos murieron valientemente, gritando “¡Arriba España!”, otros, con pánico en los ojos. Pensar en la palabra “fascista”, apuntar al corazón o a la cabeza, se hacía tan fácil para los fusileros, y nada más, a la noche siguiente la misma escena, el mismo pavor del apresado, de sus familiares, el mismo frenazo, los mismos culatazos para empujar a la víctima a subir al vehículo que les iba a llevar a la muerte.

Los asesinos siguieron con saña cumpliendo su misión, en cunetas, delante de un árbol, en un bosquecillo o delante de una tapia, enfocados por la resplandeciente luz de los faros de un coche y de un camión.

Ya de mañana., los primeros habitantes con su cántaro de leche o de agua, descubrían con horror el cadáver insepulto al borde del camino o de la carretera, después de haber saqueado los objetos personales de los asesinados.

En este desenfreno infernal, la colonia de emigrados murcianos de los arrabales se hizo presente, despojando también de sus carteras y de los dientes de oro a las víctimas, después de que los coches requisados, con los pistoleros y sus rehenes navegando hacia la muerte, siguieran por la vereda del infierno.

Cierto es que algunas personas se inhibieron, no participaron en la matanza, como se hubiera podido esperar.

Cosme Vila, Casal dirigentes del Partido Comunista y del PSOE, o el Responsable, de la CNT-FAI, seguían creyendo que la cacería humana tendría que durar más noches para castigar a todos los miembros de la CEDA, los Tradicionalistas y de los beatos, curas, frailes  y monjas, aunque sus familiares más cercanos, sus hijas, ya pedían: “basta”, “ya está bien”.

A la mañana siguiente, a eso de las once, los milicianos volvieron a coger los coches, con el mono azul puesto, mientras las mujeres que los acompañaban se apeaban y a cada transeúnte le colgaban una banderita del “Socorro Rojo Internacional” y “Para la Milicia Popular”, recogiendo los donativos, incluso dentro de los confesonarios, ahora enclavados a ambos lados del Puente de Piedra, a modo de garita de arbitrios.

Las denuncias por parte de las criadas fue otro de los seísmos y del miedo generalizado, pues los milicianos seguían pasando por las calles con detenidos, conducidos hacia el Seminario, convertido en cárcel.

No obstante, en Galicia, Navarra, Andalucía occidental, Castilla, Toledo, Aragón y Mallorca, los rebeldes seguían avanzando y cosechando éxitos militares.

Como cada noche, la ausencia de un familiar convertía a la familia en la desesperación y la angustia, mientras los coches seguían con su acostumbrado y diabólico desfile. El seminarista César no había vuelto a casa y la inquietud y la zozobra hundían a la familia Alvear en el peor de los presagios, a pesar de la protección brindada por el miliciano Dimas.

Dimas y su secretario Agustín, dos milicianos puestos en la casa por el policía García para custodiarlos en su defensa, por la acendrada religiosidad de los Alvear, no tanto del patriarca Matías, llegaron tarde. Cosme Vila, había ordenado al Responsable y a Teo, un furibundo cenetista que había perdido a su hermano en la revolución de Octubre, junto a cincuenta milicianos, acudieron al Collell para acabar con los seminaristas allí encerrados. Conducidos todos ellos a la Biblioteca del centro, el lugar más amplio y despojados los anaqueles de sus venerables libros, se les indicó que tenían que desalojar el Collell y subirse en los tres camiones que les aguardaban. César contaba con dieciséis años, tres meses y diez días, cuando terminó cayendo delante de las tapias del cementerio, acribillado a balazos, mientras los milicianos que les habían conducido a la muerte se saludaban entre ellos: “¡Salud!”, “¡Salud, camaradas!”.

Termina esta primer novela, galardonada con el Premio Nacional de Literatura (1953) que continuará luego con Un millón de muertos (1961) y más tarde  Ha estallado la paz (1966), en unos años que, visto ahora desde la lejanía y teniendo como objeto la Guerra Civil de España, en sus diversas fases: República, Guerra y Aperturismo franquista, parece extraño que se pudieran publicar, quizás contó con la venia de Franco por ser su autor uno de los combatientes en las filas de los Requetés, quizás, también, porque era necesario construir para los españoles un nuevo mundo de prosperidad y libertad, que empezaba a atisbarse, primero en economía y en la pujanza del turismo que llegaba a nuestras costas. O a lo mejor, el Régimen no fue tan censor como se nos ha hecho creer.

Esta novela es fiel reflejo de lo que no sólo pasó en Gerona, también lo que se vivió en toda España, en unos bajo la dirección de camisas azules y caqui, en el otro bando, vestidos de un mono azul proletario, donde la barbarie trató de eliminar al oponente, siempre del signo opuesto, también con la misma saña: en cunetas, delante de las tapias de un cementerio, sacadas las víctimas de la cama o conducidos en tropel: seminaristas del Collell o miles de cautivos de la cárcel Modelo conducidos a Paracuellos del Jarama y Torrejón de Ardoz, en 1936, donde serían asesinados sin misericordia.

Todo esto que sufrieron nuestros abuelos, que algo conocieron nuestros padres, nosotros los nietos, tuvimos la fortuna que nada se nos hablara, se intentaba ocultar, pues seguramente, todos esos antepasados nuestros, decidieron que había que hacer realidad aquella petición de Azaña en su último discurso en Barcelona: paz, piedad, perdón.

España, con el rey Juan Carlos I, la inestimable ayuda de Adolfo Suárez, de la UCD y pronto la llegada al poder del PSOE, con brillantes líderes como Felipe González y Alfonso Guerra, siguió una senda de fortalecer la democracia y seguir avanzando en el Estado de las Autonomías, que también aceptó la propuesta el PP, con Aznar, no así el PSOE, que aprovechando una tragedia como fueron los atentados yihadistas del 11 de marzo de 2004, y con la inesperada toma del poder de un despreciable y mediocre abogado como Rodríguez Zapatero (PSOE), se inició un giro en el que la Memoria Democrática se convertía en una revuelta de los considerados “perdedores” de la guerra, ya fallecidos en su casi absoluta mayoría y en el esfuerzo desmedido por desenterrar el pasado tan cercano, no ya a nivel de historiadores, pero ahora a manos de políticos y con visos de perpetuarse en el poder, ahora con el mantra del “no a la guerra” y de dar cumplida satisfacción a quienes estuvieron del lado de la República o eran claramente separatistas vascos y catalanes.

En esa despreciable apuesta política, en la que volvían a enfrentarse las dos Españas, alzándose un nuevo muro de insolidaridad, tras llevar a España a la casi ruina, negociar con ETA sin que todavía los españoles sepamos a qué acuerdos llegaron los terroristas y Zapatero, después de que Rajoy (PP) recondujera la economía que en tan pésimo estado habían dejado los socialistas, brotó en España un clamor contra el bipartidismo, que se manejaba entre el PP y el PSOE, pero entre cloacas donde la corrupción era una parte del entramado que enriquecía a líderes conservadores y socialistas, razón de que en el último momento, el PNV otorgara los votos necesarios al PSOE de Pedro Sánchez Castejón, en esa nueva apuesta de regenerar la democracia española, que presentaba en las Cortes su principal edecán, Ábalos.

Los casos de corruptelas que la prensa pudo filtrar a la opinión pública, desde el pucherazo de Sánchez en la sede de Ferraz, las mordidas de ministro y Secretario de Organización socialista, Abalos; de su guardaespaldas y hombre para todo: Koldo, seguido después por el nuevo Secretario de Organización socialista: Santos Cerdán; el caso del fiscal García Ortíz; el Tito Berni; los ERES en Andalucía; Jordi Pujol con el tres por ciento en Cataluña y, en estos últimos días, los sucios y oscuros negocios del que fuera Presidente de Gobierno socialista, José Luis Rodriguez Zapatero, vinculado al chavismo venezolano, a traficantes venezolanos, han vuelto a mostrar la debilidad en la que se encuentra la democracia española, por fortuna atada al devenir de Europa, como miembro de la Unión Europea, hacen que este libro, como la misma trilogía de José María Gironella, sean necesarios en los colegios, como en la necesidad que tiene la ciudadanía de no dejarse engañar por estos energúmenos que han logrado alcanzar el poder, gracias al atavismo social español, su proverbial ignorancia y el mercadeo que los socialistas acostumbran a hacer con el voto y los empleos, que acostumbran a otorgar de preferencia a familiares y amigos, convirtiendo hoy el PSOE, que ayer fuera ilustre, en una banda mafiosa que precisa regenerarse si no quiere desaparecer como el PRI mejicano.

Como los Diarios de Azaña, la trilogía escrita por José María Gironella y, particularmente, la novela Los cipreses creen en Dios, bien merecen su lectura, pues nos advierten del peligro que siempre tiene encima la democracia, sobre todo en España, donde la sangre tan fácil nos hierve.

 

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