lunes, 8 de junio de 2026

EL HEREJE, DE MIGUEL DELIBES. LOS PRIMEROS PASOS PROTESTANTES EN LA ESPAÑA DE CARLOS V

 


                                           El hereje, de Miguel Delibes

Es posible que en España pocos sepan que hubo un momento, aún con la enorme presencia de la Inquisición, en el que algunos de sus pobladores se inclinaban hacia la nueva religión que proponía Lutero, fue un grupo de destacados personajes castellanos, en su mayoría vallisoletanos, quienes se reunían en conventículos para reforzar sus creencias y aunar esfuerzos en su obra proselitista, aunque de manera precavida, pues el Santo Oficio podía detener a quienes hicieran apostasía de la causa Católica, Apostólica y Romana, que en España, tanto a nivel popular como en los órganos cercanos a la Monarquía y la Iglesia, tenían siempre  preeminencia.

Todo esta historia tiene lugar en el siglo XVI, en el reinado de Carlos V y también al poco de tomar el testigo de su padre, por parte de su sucesor Felipe II, lo que permitirá al gran escritor español Miguel Delibes (1920-2010) construir una atractiva novela  que, además obtendrá el premio Nacional de Narrativa 1999, está inserta en esa época y en esa geografía de Valladolid, su páramo y los pueblos vecinos.

El principal protagonista, sobre el que gira todo el relato, es Cipriano Salcedo, hijo de don Bernardo, un rico hacendado dedicado a la venta de pieles en Flandes, lo que sabremos por medio del primer capítulo: Los primeros años, donde conocemos la estirpe de don Bernardo, su hermano Ignacio, un relevante oidor en la Chancillería de Valladolid, sus negocios y la tardía llegada del infante Cipriano, como también la pérdida de su madre, poco después del alumbramiento,  y el odio que le generará al padre, por creerlo culpable de la muerte de la esposa.

Fechas en las que los castellanos se alzan contra el Rey, en lo que se llamó el Levantamiento de las Comunidades, hastiados de las enormes prerrogativas que ostentaban los flamencos que acompañaban al monarca.

Para alimentar a Cipriano, don Bernardo contratará en el páramo a Minervina, una joven de dieciséis años que acaba de perder a su hijo y en sus pechos tiene aún  leche bastante para ahora alimentar al huérfano de madre,  Cipriano, ambos apartados del discurrir del hogar del comerciante Salcedo, en la segunda planta, donde el niño y la nodriza se pasan los días juntos, sin que en el amo y padre despierte algún sentimiento. El cariño entre el chiquillo y la nodriza suplirá las pérdidas que ambos habían tenido y, mutuamente, sellarán un amor superior al materno-filial.

Tras las primeras oraciones que le enseña Minervina, don Bernardo se percata que ha de contratar a un perceptor, que será don Álvaro Cabeza de Vaca, y poco después será ingresado Cipriano interno en el Hospital de los Niños Expósitos, pagando otras cinco plazas y con el auxilio de su hermano Ignacio, abogado en la Real Chancillería, y directivo de la Cofradía de San José y de Nuestra Señora de la O, regidores de esta institución de beneficencia, centro afamado por el alto nivel de su profesorado.

Son fechas en las que el pensamiento de Erasmo de Rotterdam está muy presente, razón de una gran Conferencia en Valladolid a la que acuden miles de clérigos  que, sin embargo,  no podrá celebrarse por la llegada de la peste, momento en que, para protegerlo,  Cipriano es acogido en la casa de su tío Ignacio, que cuenta con una biblioteca con más de 500 libros, que el sobrino empezará a desflorar.

Ya con 14 años, Cipriano se volverá a encontrar con Minervina, con la que se abrazó íntimamente.

Descubiertos desnudos  por la esposa de su tío, Minervina será expulsada del servicio de don Bernardo, donde seguía trabajando.

Doctorado en Leyes, Cipriano tratará infructuosamente  de buscar por todas partes a Minervina, ya que su amor por ella no se ha desvanecido.

Cipriano es nombrado doctor, y  empieza a distraerse con el negocio del padre y a viajar por las distintas tierras de su propiedad y comercio, por lo que conoce a Segundo Cendón y a su hija Teodomira, apodada la Reina del Páramo,  por lo bien que esquila a las ovejas, con la que terminará casándose, a pesar de que no sienta un gran amor por ella y sí una fuerte pasión por la abundancia de “carne” de la que es portadora la moza del páramo, cuyo único deseo es quedarse embarazada.

A mediados del siglo XVI, la Corte española instala su capital en Valladolid.

En el segundo capítulo, Cipriano inicia su enorme atracción por hallar la verdad en la religión que profesa, ha viajado a Alemania, sus negocios le van muy bien, cuando Carlos V muere, apenado de no haber dado muerte a Lutero en Worms y exigiendo a su hijo Felipe II que castigue a los herejes.

Su relación matrimonial es infecunda y este hecho le causa grandes tormentos y disputas con su esposa Teo, tanto es así que terminará ella perdiendo la cabeza y encerrada en un manicomio, mientras él ya llevaba tiempo teniendo conventículos con hombres de la talla del Doktor Cazalla, doña Leonor de Vivero, madre del Doktor, Carlos de Seso y un buen número de adictos a la lectura de libros prohibidos y a las enseñanzas que les remite el sucesor de Lutero, Felipe Melenchton.

En un descuido de uno de los “hermanos” de esta secta que se reúnen semanalmente en conventículo, , que es denunciado a la Inquisición, Cipriano tratará de escapar, a través de Navarra y por el mismo lugar y la misma persona con quien tiempo antes había logrado cruzar la frontera para llegar a Alemania.  Huyendo en cuanto le llegan noticias del primer apresamiento en Pedrosa, camino de la frontera, pero ya en el paso que otrora usara para entrar en Francia, por Navarra, era apresado. Conducido devuelta hacia Valladolid, junto a otros relapsos, por las fuerzas del Santo Oficio, comprobarán  en cada pueblo por el que pasaban, que eran objeto del escarnio público, incluso de intentos de linchamiento, difíciles de contener por la fuerza pública, sobre todo por tierras navarras.

En el tercer capítulo, el del auto de fe, es la progresiva caída del grupo de disidentes católicos, que habían abrasado el protestantismo, en su primer célula castellana, que se irán delatando entre ellos mismos y apresados, en cárceles ocultas, donde sufrirán todo tipo de estragos para denunciar a sus cofrades o abandonar esta corriente herética, a lo que siempre se opondrá Cipriano, no así el resto de sus compañeros, excepción hecha de Beatriz, por lo que todos terminarán en la hoguera y ajusticiados a garrote.

Veinte serían las víctimas: los Cazalla y los restos de doña Leonor de Vivero, fray Domingo García, tres mujeres de la villa de Pedrosa, el bachiller Herrezuelo, el fámulo Juan Sánchez.

En una última confesión podían cambiar la suerte de la sentencia, la hoguera por el garrote. El cadáver de doña Leonor  de Vivero, fue desenterrado, ya que ella estaba muerta y enterrada,  y el solar de su casa sembrado de sal para escarmiento de las generaciones futuras.

En su encierro, Cipriano Salcedo, y a través de las notas que le pasaba un ayudante del carcelero, a cambio de la moneda correspondiente, se enamorará de la joven Ana Enríquez, que quisiera que se confesara para eludir la condena, y que ya él conocía de los últimos conventículos, aunque quedará libre tras una pena leve, “pues era demasiado hermosa para quemarla”, dirá él al conocer la noticia de la sentencia de liberación de ella.

Seguía el martilleo de los carpinteros, que a pesar de las gruesas paredes de la celda, le llegaba desde la plaza del Mercado, donde se llevaría a cabo la sentencia, con la asistencia del mismo Felipe II y toda su corte. Ya no podía tenerse en pie, pues los distintos tormentos a los que fue sometido terminaron rompiendo físicamente, no así su mente.

Algún día, le musitará al oído su tío, “estas cosas serán consideradas como un atropello contra la libertad que Cristo nos trajo”, tras anunciarle cuál será su condena: la hoguera.

Las campanas de toda la ciudad doblaban al unísono a partir de la una de la madrugada, en toques lentos de agonía. Una vez que cesó su tañido, empezó a oírse el rumor del gentío, los cascos de las caballerías en el empedrado, el rechinar de las ruedas de los carruajes.

A las cuatro de la madrugada entraron a despertarlos. El desayuno fue copioso, aunque Cipriano no probó bocado como seguro no harían ninguno de los reos puestos ya en capilla.

En la cárcel reinaba el desorden. Gentes que entraban y salían, los guardianes repartiendo por las celdas corozas y sambenitos, mientras los familiares de la Inquisición, con sus altos bombines marrones, esperaban en el patio, charlando en corrillos, a que se organizara la procesión.

Minervina volvió a coger el atalaje sobre el que iba Cipriano, que le conduciría al crematorio, entre los abucheos, las lágrimas y el rezo de la enorme muchedumbre.

Mientras crepitaban las maderas y ascendían las llamas que irían abrasando el palo sobre el que estaba atado Cipriano Salcedo, ningún gesto movió su faz ni ni ninguna exclamación brotó de su garganta, salvo su cabeza que se inclinó a un lado y, en pocos minutos, todo su cuerpo era presa del fuego.

En conclusión, tras la lectura de esta bellísima novela, no ya por su rico castellano y el dominio de vocablos hoy un tanto arcaicos, pero de enorme resonancia y razón de ser, al lector  le queda la amargura de que esos antepasados nuestros, de un elevado nivel intelectual, por esa aspiración humana de trillar otros caminos, de seguir otras veredas, terminaron con sus vidas en la hoguera, o ajusticiados por medio del cruel garrote.

Cierto es que fue el Papa quien impuso la Inquisición, cierto es también que fueron los RRCC quienes dieron entrada en su reino a esta policía religiosa que perseguía a todo aquel que discrepara de las normas de la Católica y Romana orden impuesta desde el Vaticano, que en el Concilio de Trento enmendó algunos desmanes de los clérigos de entonces, como que la Contrarreforma aprendió de sus errores y de la separación que llevaron a cabo hombres como Lutero y Calvino, pero es duro constatar que en España, buena parte del progreso que hubiera permitido una mayor liberación religiosa, como una mayor prosperidad y libertad, por culpa de la intransigencia religiosa, particularmente de la Inquisición, nunca pudo liberarse del lastre de un Catolicismo y una Iglesia fuertemente aferrada a la política del Reino, como a la dependencia administrativa de sus jerarcas.

Cabe reseñar que, visto con ojos y enseñanzas del siglo XXI, no es acertado denunciar ese pasado, que también otras grandes naciones padecieron, aunque visto y conocido el sufrimiento de esos compatriotas que aspiraban por otras vías culturales, por otras lecturas y por otras enseñanzas a otra verdad, su sufrimiento, su martirio y su muerte en la hoguera, no dejan de dejar un triste recuerdo y un enorme pesar por quienes tamaña barbarie sufrieron.

Pero todo este camino, de tragedias y hechos notables, es por el que España ha transitado en Europa y en América, gracias al cual la Iglesia católica ha contado recientemente con un Papa de raíz argentina y escuela Jesuítica, Francisco,  y ahora, en 2026, es un norteamericano, muy influido por la cultura que vivió en el Perú, con escuela Agustiniana, León XIV, de apellido Prevost.

 

 

 

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