LA BODA DE CHON RECALDE, DE GONZALO
TORRENTE BALLESTER
Posiblemente no sea la mejor
novela escrita por este brillante autor español, Gonzalo Torrente Ballester
(1910-1999), aunque en su dedicatoria, a su nieto Matthew, a los pescadores
gallegos y a Fernando Lara Bosch (1957-1995), in memoriam, se apresuró a
relatar la vida de las humildes aldeas gallegas, en su lucha con el mar y la
tierra, como la enorme presencia de la Armada española en el Ferrol y por sus
costas, que, por tanto, junto a las personas de su dedicatoria, merecían un
claro homenaje y constancia escrita de su presencia y su lucha, donde las
costumbres sencillas, los habituales rituales religiosos y el matrimonio
centran el relato.
De cualquier manera, como toda su
obra, los habitantes, las personas de esa verde y siempre húmeda campiña, a la
vera del océano, en su humilde deambular, en sus sencillas y humanas
aspiraciones, son los protagonistas de este librito, en el que final y
felizmente dos personajes encuentran la felicidad con su boda, el comerciante,
Regino Sanz, dueño de una tienda de efectos navales y manco, por lo que no
había podido alcanzar su sueño de ser marino, ahora, ya veterano, estaba delante del altar para darle el “sí
quiero” a una de las hijas menos agraciadas del capitán de navío Recalde, que
había sido fusilada por no oponerse a la República y orden del Consejo de
Guerra.
El relato principia en Villarreal
de la Mar y va navegando como las mismas notas de los movimientos sinfónicos de
Gustav Mahler, en un adagio por el que discurren las palabras castellanas como
olas que suavemente golpean el casco de los bous y veleros en el que las velas
de pronto parecen desplegarse, suavemente, in crescendo, mientras los cabos
golpean ligeramente la arboladura.
Bonita y pausada historia, donde
la prosa, la imaginación y el siempre latente paisaje marítimo próximo al
Finisterre, que bien conociera Torrente
Ballester logran que el lector sueñe con meigas
en una saudade de olas, naufragios, combates navales y una mar donde el sol
acostumbra allí a terminar su eterno periplo.

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