domingo, 14 de junio de 2026

 


      LA BODA DE CHON RECALDE, DE GONZALO TORRENTE BALLESTER

Posiblemente no sea la mejor novela escrita por este brillante autor español, Gonzalo Torrente Ballester (1910-1999), aunque en su dedicatoria, a su nieto Matthew, a los pescadores gallegos y a Fernando Lara Bosch (1957-1995), in memoriam, se apresuró a relatar la vida de las humildes aldeas gallegas, en su lucha con el mar y la tierra, como la enorme presencia de la Armada española en el Ferrol y por sus costas, que, por tanto, junto a las personas de su dedicatoria, merecían un claro homenaje y constancia escrita de su presencia y su lucha, donde las costumbres sencillas, los habituales rituales religiosos y el matrimonio centran el relato.

De cualquier manera, como toda su obra, los habitantes, las personas de esa verde y siempre húmeda campiña, a la vera del océano, en su humilde deambular, en sus sencillas y humanas aspiraciones, son los protagonistas de este librito, en el que final y felizmente dos personajes encuentran la felicidad con su boda, el comerciante, Regino Sanz, dueño de una tienda de efectos navales y manco, por lo que no había podido alcanzar su sueño de ser marino, ahora, ya veterano,  estaba delante del altar para darle el “sí quiero” a una de las hijas menos agraciadas del capitán de navío Recalde, que había sido fusilada por no oponerse a la República y orden del Consejo de Guerra.

El relato principia en Villarreal de la Mar y va navegando como las mismas notas de los movimientos sinfónicos de Gustav Mahler, en un adagio por el que discurren las palabras castellanas como olas que suavemente golpean el casco de los bous y veleros en el que las velas de pronto parecen desplegarse,  suavemente, in crescendo, mientras los cabos golpean ligeramente la arboladura.

Bonita y pausada historia, donde la prosa, la imaginación y el siempre latente paisaje marítimo próximo al Finisterre,  que bien conociera Torrente Ballester logran que el lector sueñe con meigas en una saudade de olas, naufragios, combates navales y una mar donde el sol acostumbra allí a terminar su eterno periplo.

 

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